MEDITACIÓN Nº 28

Oracion

Buscar es la acción que obedece a la ruta marcada de nuestro inconsciente. La propia naturaleza del flujo mental nos impele a la búsqueda y la búsqueda nos conduce al caos revelador, a la colisión de nuestros conflictos, al límite por el cual identificamos lo concreto y en lo concreto la insatisfacción de ese corto recorrido que nos devuelve a la búsqueda.

Buscar es el verbo silente de la inquietud, el mandato subterráneo que orienta nuestras decisiones. Es el maestro ciego que espolea con su bastón nuestra voluntad de llegar.

Desde el origen, hemos sabido del nacimiento y la muerte como las divisorias inherentes a la existencia, y nuestro pensamiento acabó siendo modulado por la contradicción de buscar límites para definir entidades permanentes. Todo lo que existe debe existir por estar sujeto a un principio y a un fin.

El hombre moderno pasa su vida definiéndose, apuntalando sus valores, su carácter, promocionando y defendiendo una imagen – sorteándose la mayoría de las veces -, reivindicando una visión de sí mismo interesante e interesada. En definitiva, creando un objeto de su presencia, el modelo o referencia a seguir, la aparente solidez en contraposición a lo fluido, porque la percepción de lo sólido proporciona la validez psíquica de algo duradero para engarzarse en la secuencia temporal de un continuo sin fin.

Establecemos una imagen en calidad de concepto dentro del variado repertorio de las vanidades, y, a la par vivimos como si nunca fuéramos a morir. Este modo de pensar es una fuente interminable de conflicto porque no podemos habitar lo finito y lo infinito al mismo tiempo. Pretender ser un concepto inalterable es precisamente confinar la existencia en las dimensiones de una caja, y esto choca con nuestra íntima y arrogante interpretación de una vida sin tope.

El camino sigue aunque no exista pasarela. El mundo no acaba frente a la pared de una montaña ni se pierde en la hondura de los bosques ni se detiene ante el vértigo de un rascacielos. El agua lo sabe y atraviesa de un lado a otros todas esas barreras. ¿Adónde queremos llegar entonces si en la definición subyace la inmovilidad? Y, ¿adónde queremos ir si ni siquiera lo sabemos y nos empeñamos en teatralizar o ritualizar nuestra terquedad para imponer un viso de perpetuidad a lo efímero?

No somos nuestra meta sino el curso de lo que somos.

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