La belleza

Si pudiera retener esa fuerza reunida en la eclosión
de alguna estación aún no revelada,
ajena a las flores que brotan y a las flores que marchitan,
si pudiera retener todos los despertares de esa somnolienta realidad,
la infinitud misma no sujeta a sus vastos e interminables dominios
sino a la pasajera percepción de lo imperecedero,
la infinitud enredándose en la lasciva aprehensión de los sentidos.

Si pudiera retenerla y usarla a mi antojo
y perderme en el vaivén de sus matices armónicos
como un punto infinitesimal de su reverberación,
si pudiera contarlo para que el mundo supiera
de lo imposible en el mágico placer de revivirlo,
y una y otra vez demostrara como un dios
a los ojos de los escépticos sus prodigios;
si pudiera ser sólo ese lapso y morir de vivo,
y serlo todo aunque no volviera a ver nunca despuntar el alba
y ese nunca fuera el fin abrupto, la extinción del mundo…

Si pudiera retenerla en mis manos, conservarla en mis ojos,
como un órgano más cuya función fuera amar infinitamente
e infinitamente muriera; si pudiera, sería el acto de sus obras,
sería la causa de todo lo que existe y la comprensión del caos.

Tal vez por eso escribo, sólo por eso.

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