El odio

Hieres en la niebla de una disputa atrapada
con el señuelo ronco de dos gargantas,
la que habla de amor y nada entiende,
la que habla de ti y no es suficiente.

Herido hieres de la propia herida que abres,
erizas el mohín para ser el animal protegiéndose de otro
como si la maquinación del odio pasara hambre
y tú fueras la presa expuesta a la amenaza del lobo.

En el polvo buscas la venganza de lo abrupto,
infliges con las artes de lo imaginario tu mordisco,
la sangre serpentea por la piel lanuda de tu embrujo,
derramada del hollejo abierto que cubre el arbitrio
de un pensamiento harto de beber la sed de ese jugo.

El grito protegido de rabia se hace oír
con la presa viva en las fauces del engaño,
y la verdad aprende a mentir
escondida entre el lobo y el rebaño.

Con disimulo odias la mentira que no cesa,
ese extraño pulso entre el todo y la nada
al que llamas amor en la mazmorra que te niega,
esa infame duna en la que a veces lloras.

Esa ansia de libertad tanto tiempo postergada,
ese jarabe amargo de un daño convertido en gracia.

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