Los fisgones

Entre surcos jalonados de matas de rosas,
entre alcornoques arrancados del alcornocal,
entre sabinas en los flancos de la puerta,
entre hierbajos altaneros y zarzas ariscas,
bajo la imponente encina que domina la escena
camina absorto un hombre apartado de los hombres,
a un lado de vecinos anotando en sus colmenas,
entre miradas en los flancos del jardín
que caen implacables del enjambre que le observa.

Se pega al arriate como un tallo más
de algo que quiere brotar si le dejan,
si no le acusan las indiscretas miradas
de aquellos que compiten en humanidad
con las macetas del alféizar
o con la familia unida a la mesa,
de aquellos que estrechan conocidas manos
y hablan como si no se conocieran,
de aquellos que escuchan y miran al dictado
y esperan del otro la misma avenencia
para no caer del racimo, para no caer
del pedestal levantado con la mímica.

Aislados en costumbres y tradiciones,
consienten ser el mismo redoble año tras año,
la mecánica absurda de la maza,
farisaicos bienhechores que arrojan su veneno
contra el vecino nuevo que aprende de la encina.

La humanidad avanza de rodillas mientras se engalana,
como una cáscara cada vez más rugosa
que intacto deja el fruto amargo fuera de toda duda.

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