Recomponiendo los muros del alba

Primero fuimos uno con el dolmen y luego uno con la hiedra,
por más que la existencia intentará defenderse de su reclamo,
por más que la roca intentara defenderse de su dureza,
nos vencerían con los efluvios de una vela en el desamparo,
nos dejarían indefensos las horas de vivir como la piedra,
una sobre otra tan cerca, tan cerca del peligro del espacio,
tan aislados, tan tremendo el olvido de la primavera,
tan derrumbados que comenzamos a amar otra construcción
que escapara de la fatalidad de siglos de tristeza.

Hoy duele lentamente el rascacielos en el suelo de mi descampado,
entre moles insensibles de reflejos que desvelan su maldad
a golpes de recuerdo que desenmascaran el azogue de amor inventado,
aunque le pusieran visillos y el amor sonara a un himno secular.

Me quedé a la intemperie de tanto buscar la arquitectura sin riesgo,
se nos había roto el vidrio del edificio gris que oscureció nuestra cabaña,
los búhos ululaban en el pecho al avistar ratones siguiendo nuestros rastros
de piezas cortantes que reflejaban en sus caras la luna solidaria.

Ahora, con los cantos de un río levanto las defensas de un halcón,
y desde lo alto compruebo la voluntad de los puntos cardinales,
y hoja a hoja construyo espacios inexpugnables para el desamor,
con el corazón de cantero los saco de la tierra y los hago más longevos.

Cuando el amor no es amor en su raíz, es amor en los muros del deseo,
igual que una flor sin su raíz parece una flor, el amor parece amor, sin serlo

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1 comentario en “Recomponiendo los muros del alba”

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