La manada

Con la tinta en la pluma de un ave migratoria,
el amor firmó su contrato para ser feliz,
se reunieron las partes con la utopía fedataria
y acordaron darse el uno al otro un dichoso porvenir.

La felicidad se prodigaba en los espasmos del deseo,
desnuda en el dormitorio, grácil en las miradas cortas,
pretenciosa en los varones, inmediata en los comercios.

Con la tinta en la pluma de un ave migratoria
el amor firmó su testamento y dejó de albacea
a la felicidad misma pidiendo cambio de pareja;
con la tinta en la pluma de un ave migratoria,
se firmó el contrato de compraventa.

Vivos por el impacto de sucedáneos equilibrios,
compramos un helado cuando vamos descalzos
con la voluntad de unos pies fríos al calor antojadizo,
hacemos que no paramos en la parada de lo transitorio.

Yo no sé lo que es ser feliz y no sé lo que persigo,
me muevo por los parajes interiores de esta aventura,
y digo en alto que la felicidad es una palabra absurda
en la boca de quien sólo a ratos cree sentirse vivo.

Creo que hay que parar el tiempo de este desbocado animal
para saber con qué soñamos si soñamos, o está salivando sin más.

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