Celos

Creí que habrías hecho como yo haría
y otra vez mi par fue mi contrario,
creí tus ojos despiertos en mis pupilas,
creí tu felicidad fuente de mi ingenio
y otra vez la sed delataba su mentira,
creí que te habrías ido lo bastante lejos
y otra vez me ignorabas y volvías.

Habría sido mejor la peor de las tristezas
y no esperar perdido en tu frontera
a que consintieras el paso de mi cautividad,
allí esperaba saciar el apetito de la rabia
con el daño de tu dañina libertad.

En el fondo deseaba tu desidia,
preguntar adónde ibas o qué hacías
para emboscarme en mi selva,
cada pregunta era la hoja ancha
que aguantaba la lluvia
de mis aventuradas sospechas,
y esperé largas jornadas
con el proceloso rumor en las venas
condenando tu traición tras la maleza.

Cuando mis conjeturas fueron claras
de modo que tuvieran su amanecer
en el lecho de mi desahogo,
matando colibríes
saqué las garras de mi propia herida
y desgarré toda tu piel.

Sobre tu espalda – ahora tan mía -,
grabé la promesa de la felicidad
clavando mi espera en la esperanza
de encontrar la llaga que abriría.

La misma esperanza que todavía brota
de mi cuerpo rendido en la espesura,
la misma que busca renovadas fronteras
donde vengar el daño en vuelo del zarpazo.

Una vida no puede controlar a otra,
sin despreciarse, sin perderse,
sin parecer hostil por remota,
una vida no puede dejar de ser vida
y afirmar en la agonía su reforma.

Ya vienen los enterradores,
ya vienen a enterrar su inquina,
bajo el manto de escorpiones
que descansa con sus víctimas.

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