La vulva del ermitaño

Nadie se sintió más preso de su libertad. Nadie.

Nada que pueda liberarse en la vagina. Nadie.
Salvo el propio sexo que obra en sus paredes.

Nada hay abierto salvo la cavidad
donde el placer trabaja su ascesis
y el ermitaño su deseo en soledad.

Aun con el gemido empapando gota a gota,
la revelación suena a estertores lastimeros,
placer sin aliento, placer que se ahoga.

Placer roto en los muros de una hembra,
placer cautivo que expía su libertad,
placer sin placer buscándose en la caverna.

El ermitaño goza y la majestad del sufrimiento
con dificultad escucha sus plegarias,
y le envía la vulva imaginaria para su consuelo.

El sexo es sexo y si fuera otra cosa no sería libre,
seríamos la búsqueda de mil formas para liberarlo,
la máscara de carnaval para que parezca un despiste,
o el nuevo sacramento en la custodia del ermitaño.

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