Aparentemente normal

Clavándose, más fuerte, cuidadosa y lentamente,
me inflaman las cadenas que adhieren mi piel a lo cotidiano,
como un daño más de los que subliman al hombre
a cotas insospechadas de vaporosidad sobre el mostrador
atestado de cañas con los bordes manchados de viernes;
clavándose, más adentro, cada vez más cerca del átomo,
la soledad del último trago se rodea de gente
que imita la norma con la hilarante rigidez del espasmo,
a voces, apartando los ojos a codazos entre dientes.

Clavándose, este clavo estrecho entra en mis costillas
como un hueso más del músculo que pierde mi esqueleto,
y mi osamenta será la más recia, y también la más querida.

Y la muerte mía. Solamente mía.

El extranjero

Soy el hombre aparte entre los hombres que recorre paseos recoletos
y huele con esfuerzo las magnolias; si pudiera ser como mis congéneres,
llenaría los carrillos de esta inmunda desazón y tragaría el humo,
entraría en un bar y con el ceño fruncido pediría un whisky doble,
tomaría el vaso entre mis manos, vería el licor agitarse en un mar diminuto,
vería el sol en sus adentros, sumergido con toda la carga diaria de expectativas,
vería perros entre las flores, pajarillos sobre el asfalto, el tiempo a la carrera,
niños y niñas jugando a ser hombres y mujeres de este mundo,
mochilas y pulóveres en las aceras marcando postes de falsas porterías,
vería ancianos sonriendo a bebés, mansas plantas en autárquicas jardineras,
vería los años irse sin espera, vería a timoratos rezando en las iglesias,
vería a ignorantes accionando con las manos en terrazas atestadas,
como diciendo algo, como si tuviera importancia en mi litoral de vidrio.

Si fuera como cualquier hombre vería ebrio a todos sobrios,
entretenidos con lisonjas que germinan en labrantíos de ironía.

Y si fuera lo que soy, ¿quién sería sino mi desilusión?,
el fatal sueño apresurándose desesperado a su escisión
en la mitad que se lleva la belleza inalcanzable,
en la mitad que cargo a cuestas como si fuera un cadáver.

Si fuera entero y no hecho como todos a ratos de ingratas complacencias,
no me importaría la pequeñez de una hormiga fuera de su hormiguero,
vería que todos frecuentamos alguna vez los mismos túneles de la existencia.

Sombras chinescas

Qué fácil es combinar los dedos de las manos,
saludar o despedirse, alzar o bajar los hombros,
usar los puños, reclinar la cabeza,
qué fácil vivir contra el fondo blanco
y convertirse en sombrías siluetas
a coro convulsas, a coro lúgubres,
mientras la piel se dobla como un papel
y como un papel al fin se deja la letra,
qué fácil es volver al mismo teatro
y perder el guion ante el aforo
de tantos personajes en la cuenta.

Qué difícil llegar al final
y no moverse sin parecer una sombra
confundiéndose en la oscuridad,
y no creer que terminó la obra.

Y no gritar. Y no llorar hasta dejar otra mar bajo la luna.

Así parecen esas vidas que van y vuelven y no se pronuncian.

Y no dicen: yo soy.

Infelicidad

Me haces tan feliz, sin ti no sería nada,
nunca antes siempre cobró tanto sentido,
juntos somos esa rotunda unidad
que a solas no se reconoce,
soy feliz contigo y basta,
mi día comienza al sentir la palidez
de las horas pensadas para ti,
otro mundo es posible
en la gravedad de la biosfera
que gira entre mi pensamiento
y el rubicundo deseo de tu piel.

Me basta saber que soñar despierto
es el vasto sueño en el que creo
y dormir el daño de soñar que muero.

Me haces tan feliz a tu lado,
que sin ti igualmente
sería tu voluntad,
el acto vacío de substancia,
la idea que no soporto,
la escena avergonzada
que se aparta del horizonte,
la noche revuelta,
la parva del ayer,
el ajonje en la hierba
atrapando pájaros cantores,
sin ti soy esa falacia que dijo
ser feliz contigo y basta.

Sin ti sigo siendo tuyo en la niñez
de los días que no dejaste crecer
con el dolor jugando entre los dedos.

Al amparo de las soledades

Dos fuerzas derrengadas, dos tildes en vuelo sin acento,
dos fatigas aireadas sobre el tapete de ganchillo de la cómoda,
la edad no encuentra el pasador de la puerta
para no dejar entrar los años que ya no pueden disimularse
sobre las torpes piernas de la anciana,
y el hijo permanece como si fuera el vástago de la vejez
contra la boca abierta en la cabezada a deshora,
contra la sombra de lo que fue la resistencia a envejecer,
contra la realidad inmediata hasta hoy disculpada en la distancia,
como si fuera el antídoto contra la separación de lo indisoluble,
el hijo permanece en la gota aislada de una lágrima
que se derrama por las mejillas del niño que sigue siendo,
para frenar la tristeza de las últimas risas de una boca sin dientes
con la palabra mordida de una boca sana que habla de tiempo.

A ratos la anciana ríe. A ratos el hijo se deja envejecer.

A ratos nada más importa y vivir encuentra su fluido
en la ataraxia de dos modos de existir apartados del bullicio.