Al amparo de las soledades

Dos fuerzas derrengadas, dos tildes en vuelo sin acento,
dos fatigas aireadas sobre el tapete de ganchillo de la cómoda,
la edad no encuentra el pasador de la puerta
para no dejar entrar los años que ya no pueden disimularse
sobre las torpes piernas de la anciana,
y el hijo permanece como si fuera el vástago de la vejez
contra la boca abierta en la cabezada a deshora,
contra la sombra de lo que fue la resistencia a envejecer,
contra la realidad inmediata hasta hoy disculpada en la distancia,
como si fuera el antídoto contra la separación de lo indisoluble,
el hijo permanece en la gota aislada de una lágrima
que se derrama por las mejillas del niño que sigue siendo,
para frenar la tristeza de las últimas risas de una boca sin dientes
con la palabra mordida de una boca sana que habla de tiempo.

A ratos la anciana ríe. A ratos el hijo se deja envejecer.

A ratos nada más importa y vivir encuentra su fluido
en la ataraxia de dos modos de existir apartados del bullicio.

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