Sombras chinescas

Qué fácil es combinar los dedos de las manos,
saludar o despedirse, alzar o bajar los hombros,
usar los puños, reclinar la cabeza,
qué fácil vivir contra el fondo blanco
y convertirse en sombrías siluetas
a coro convulsas, a coro lúgubres,
mientras la piel se dobla como un papel
y como un papel al fin se deja la letra,
qué fácil es volver al mismo teatro
y perder el guion ante el aforo
de tantos personajes en la cuenta.

Qué difícil llegar al final
y no moverse sin parecer una sombra
confundiéndose en la oscuridad,
y no creer que terminó la obra.

Y no gritar. Y no llorar hasta dejar otra mar bajo la luna.

Así parecen esas vidas que van y vuelven y no se pronuncian.

Y no dicen: yo soy.

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