El año que no pudimos ser

No me digas…, no me digas que el año ya ha pasado…
No me digas que es hora de mudanza en mi reloj,
que debo guardar en cajas el tiempo que murió
y no podré llorarlo porque el año cierra los velatorios,
que tronarán los cielos con lágrimas deportadas
a la repudiada patria de la más profunda noche,
y explotarán en estruendosos gritos de un sordo ser
más oscuro entre palmas, serpentinas e hilaridad,
más extraño, más histriónico y sin esperanza
fuera del mundo escondido en el útero del mundo
que yace bajo amenaza de aborto en el hospital,
y los pacientes harán saltar las flemas, correr la sangre
por suelos artificiales como si de un río se tratara
ya lejos de sus casas, ya fuera de su cauce.

No me digas…, no me digas que el año me lleva
como un proscrito más a sus mudas confesiones,
donde nadie las oye, salvo los que aprendimos
a morir en los brazos de una silenciosa madre:
a callar entre delirios de espontáneas curaciones.

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Black Friday

Quién pudiera reflejarse en el agua
y no volver a ser opaco,
quién pudiera refugiarse en la savia
y no volver a ser el hacha
del nuevo día en su nueva rabia.

Quién pudiera sentarse en la hierba
sin morir de pena
por todo el asfalto de su desamor,
quién pudiera ganar el aire
sin comprarlo tan escaso
y no vivir del oxígeno en botellas.

Quién pudiera ser, sin más.

La insidia

Te recorre, te persiste, te destroza,
crees dejarla atrás, repudiada, marginal,
y te das la vuelta apenas unos segundos
para comprobar que es un punto
estorbando la rasante del límite del mal
que no traspasarás desde esa distancia
tan prolongada, interminable entre ambas.

Sí, la insidia que te niega, por un lado,
y por el otro la insidia que te afirma,
ambas separadas por el compromiso
de seguir juntas apartándote.

Quien pensó en el bien y el mal,
no estaba en casa.
Llamaron al timbre y contestó la criada.

La madeja

Te preguntarás qué hago en estas líneas,
qué palabras podrían abarcarte
y llenar el vacío de esta melancolía,
te preguntarás al leer tal presunción
quién al otro lado dice amarte y calla
con la tapa de un féretro en su abertura,
quién abre y cierra con tanta saña
la esperanza de su hermosa ruina
ahora que el atardecer es su palabra,
la mañana y la desdicha en su victoria;
te preguntarás al imaginarme
en esos labios densos que me ignoran,
quién al otro lado te robaría aquel beso
que se llevará a la tumba mientras viva,
porque tú y yo no somos más que versos
derrochando a ambos lados sus crueldades
entre todos los espacios que nos separan.

La piedad

En minúsculas especias, los aromas y sabores,
el dolor y la paciencia, la locura,
en minúsculas especias de uno mismo
parecemos querer, creemos ser,
presumimos tener, notamos el terror
correr como sangre nuestra
por los confines del vacío que nos arroja
al abismo del petulante y profundo
accidente de una vida o de una broma.

En minúsculas especias de nuestro apetito,
en platos de fe, a bocados de inocencia,
flotando en caldosas victorias o espesas derrotas,
caldos de ingenua grandeza, o caldos de miseria
repoblando el mundo en sus mesas
con hambre, con urgencia, con ausencia,
en minúsculas especias de uno mismo
cae el infinito con el sabor de las horas.

Marcapasos

La rabia discurre tras el pulso
lindante con los intentos de amarnos,
la sangre salta con el agua dulce
de recuerdos imaginarios
y nos convierte en soflamas líquidas
derramándose por las comisuras
del tiempo que llora y sonríe
mientras cerramos la boca
con el gesto inmolado de la anemia,
y las montañas hablan de los ríos
que las circundan, hasta ablandarse
con la pureza del manantial que fuimos,
ahora vasto en distancias
que nos señalan y acusan de perjurio.

La rabia discurre por cada latido
que a ti y a mí nos une sin palabras,
vida de otra vida, año de otro año
consumiendo la fuerza del mañana.

La confabulación del rocío

Vienes a mí incontenible, en pequeñas gotas,
dispersa en sobrecogedoras fórmulas
que hienden los fluidos de nocturnas derrotas,
vienes con el tiempo, a esperarte,
corres por mis hojas mientras te escribo
con el tallo alto, firme y verde de la memoria
que juega a ser tu piel despierta en la dormida,
o tus ojos adentrándose en tímidos crepúsculos
de la frase reprimida con la insistencia
de tus cálidos labios en los labios descarnados
de los sueños que no quieren despertarse.

A pesar de la luz que acompaña a tu sonrisa,
vienes a perderme poco a poco, lentamente,
en las lágrimas que armo de mi melancolía,
en las veces que te quiero sin mirarte,
en las horas de mis manos tristes y vacías
que aprendieron a tenerte y a tocarte
así de viva, así de mía, así de limpia;
vienes cuando llega el día y la hora
y todo lo que viene después y no termina,
porque el tiempo no puede pasar sin ti,
ni nada vivo que al morir poco a poco,
día a día, con decirte adiós reviva.

Vienes a mí, incontenible, en pequeñas gotas,
y así deseo amarte para no ahogarme
en ese otro amor de tu oleaje que me hunde
con los viejos navíos que surcaron sus mares.

Valhalla

Putas que arquean sus insinuantes cuerpos
sobre edredones de colores encendidos
y bordados de pretenciosas flores de inocencia,
putas que jadean al compás de violentas embestidas,
sudor que corre por venas ocluidas de rabia,
muñecos y muñecas que saltan de una mano a otra
de la bestia en cuevas de exiguas hogueras,
sombras que se yerguen más densas
y se agachan y se tienden con la luz suficiente
para no golpearse la frente con la leña,
putas que se llevan a la boca el sexo candente,
cerdos que viven como hombres con licencia,
alcohol que agrieta las gargantas secas
y se sirve por barriles en grandes jarras
mientras cantan sin saber lo que suena,
mientras hablan salivando frases sedientas
y comen con el estómago dilatado de ansia,
de putas que se tragan, de putas que se inventan
en las comisuras de sus babas grasientas,
guerras con victorias del filo ensangrentado
de hemorragias en el único interior de sus carteras,
copas que golpean, jarras que levantan
y derraman toda la espuma sobre charcos de ignorancia,
como la calma a la deriva en las olas de una mar crispada,
como el miedo de los perros que se espanta a ladridos,
frustración que aplaude en el fondo del teatro,
culpa que levanta sus herejes crucifijos,
pena que enturbia las aguas que circundan la razón,
pesar que gotea de techos escombrados,
dolor que bebe de su esencia y se revuelve
como ese animal de firmes patas que todo lo patea
y se gusta en la embriaguez de una gran pelea,
y corre por las noches bajo la promesa de una luna
en las lóbregas horas que se sientan con él a la mesa.

Devora sus anhelos y nunca consigue saciarse,
se alimenta de la miseria del hambre
que solloza como un niño entre las piernas del creyente,
y se arma de fe, y resiste en la libido de la debacle.

Y el primero que abrió sus puertas
creó el mundo en que vivimos,
hermoso y nauseabundo en sus argucias.

La mente no tiene principio

¡Oh Preciado y Venerable Dharmakirti!
Dime que la mente nos arrastra por caminos sin fin,
dime que somos la ruta empedrada, polvorienta,
abrupta y efímera del hilo que dejamos atrás
para engendrar las causas del origen y el destino
con el vago devanar de olvidadas hilanderas.

¡Oh Preciado y Venerable Dharmakirti!
Por muy acertados que sean nuestros cálculos,
por muy afinado que sea el malévolo instrumento
que escudriña la insondable mirada del átomo,
la mente está de paso por órganos, piel y huesos,
la ignorancia es su líquido amniótico en esta placenta
que golpean nuestros puños y rasgamos con el duelo,
la mente no se puede medir, no se puede guardar
en caja alguna de precisión sin que falten números.

¡Oh Preciado y Venerable Dharmakirti!
Dices que la mente no tiene principio porque es mente,
dime entonces que soy un todo indescifrable,
en un instante mi pasado, mi futuro y mi presente,
dime entonces que los años son ilusiones
que traspasan nuestros daños como salvas de oro y plata,
que la mente no tiene ahora, ni luego, ni entonces,
dime que soy lo que soy por el ser atrapado
en el nudo que reúne las costillas con su rítmico corazón.

¡Oh Preciado y Venerable Dharmakirti!
Dime que el Big-Bang todavía no ha terminado
de descargar su rabia en el orden que resuelva
el dolor abigarrado de su sempiterna causa,
dime que la mente está haciendo su trabajo,
que nunca fue nada ni nunca fue algo,
que nunca existió y siempre lo hizo,
pues la mente no tiene duración que la duela
ni eternidad que la mate en la jornada
de senderos y veredas que expande paso a paso.

Venerable, dímelo, porque estoy viendo
en los remansos de mi lucha,
bajo las implacables ruedas de Samsara,
que la mente me envuelve con un manto
de miríadas de voces y acentos,
de miríadas de gustos, olores y tactos,
todo converge en un remoto y cálido tejido
que tapa el frío entendimiento de las horas,
como si fuera la aspiración del cosmos
en la solitaria boca de un mortal suspiro.

El reencuentro

Sinceramente: no sé si te esperaba.

Si los días me contaban en el ábaco,
si mi tiempo no era mío sino tuyo,
y la arrogancia me hacía desaparecer
en la memoria al recordar
cada una de las suturas de la herida,
al querer amar a la desesperada
tu silencio, o tu falta, o tus desplantes
en la asombrosa imaginación de la nada
que te justificaba en el eje de mi vida.

Qué extraña fuerza maquinas sin saberlo,
que te encuentro a mi pesar
en perfectas y monocordes despedidas
de mis soledades como otra soledad más
que vibrante se une a la mía,
y juntos somos y no somos a la par,
y juntos nacemos y morimos
como si hubiéramos existido alguna vez,
y alguna otra vez volviéramos a existir
en alguna parte de algún tiempo por venir
de todas con las que achicamos el universo
desde que creo reconocer en tu sonrisa
la inseparable expresión de un reencuentro.

Intento ser racional. Y no puedo.
Solamente hablo para ser la boca de un sueño.