Día: 23 enero, 2018

Naturaleza

No era mía la cascada que partió arrolladora
por el desigual lecho de mis contradicciones,
sus furibundas caídas me aplastaron
hasta someter el esqueleto a la pulpa
de atolondrados motivos y tempranos atardeceres;
no era mía la fuerza que te apartaba
junto al barro de mí en las pérfidas lindes
del imparable curso de los sueños,
no eran míos el dolor y los placeres,
no era mía la duda o la certeza, no eras mía.

No era mía esa fuente embravecida
de los errores que me llevaron derrotado
a ser el despertar de esta rabia,
no era mía la evanescencia de pañuelos blancos
rizando la superficie de rabiosas volutas
que ahora me inquietan al caer los años
y entender que igual que llegabas te ibas,
igual que el impulso de la cascada, igual y tanto,
igual que la ribera recibo las gotas de la vida
cuando despierto y miro mi ahora recordando,
igual que el barro rendido a los caprichos de la orilla.

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