La casa

Eco lento del manantial del tuétano,
indomable flaqueza que erige el torso
de la titubeante jornada del vencejo,
eco lento cuyo chorro suena en lontananza,
sorbo a sorbo, boca a boca y beso a beso,
confirmando el bulo de nuestra leyenda
al pasar el tiempo con sus plumas empapadas
sobre el papel de afectada tinta negra,
llueve con la lluvia encinta del cielo incendiado
y descansamos sobre cómodos perfiles
de correctos toboganes y esponjosos pensamientos.

Eco lento del manantial del tuétano
deslizando su cavernosidad por el cerebro.

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El hábito de lo extraordinario

Amar, ocaso, ecos encontrados, desconcierto,
contumaces intentos de dar caza
al imparable trasiego de fugaces prodigios,
felicidad estrechando las líneas de las manos,
piel a piel en el reloj de arena y sal,
beso a beso de la promesa en su cumplimiento,
sorbo raudo al lento gozo, verbo al desencanto,
hiedra resistiendo en las fachadas de la vanidad,
cuerpo al cuerpo, voladura, resto al resto:
amar, ocaso, ecos encontrados, desconcierto,
alba en la costumbre de mirar,
alba en la costumbre de existir
como un objeto más de todos los que caen
y al caer se dicen todo lo que pesan.

Transformar las frescas costumbres en gemas
para el gran espectáculo de bellas construcciones,
verbo para quedarse en la boca y en escena,
cópula para traer al pubis sus propias contracciones
y nacer en el ser marmóreo de paso por la urgencia,
verbo para fijarse a tiernas ensoñaciones
y despertar con una frase más de la cadena
que nos ata al muro de poderosas ilusiones.

Amar otra vez: cuidado con pronunciarlo.
No hagamos de la única noche, un hábito.

Veinte años

Que ocurrió. Que ocurría. Que voló mi tren contra la vía.
Que la noche cayó sin caer, dejando un resquicio
entre nuestros límites y la voracidad de la luna.
Veinte años que se sumaron a la rosa del primer día,
veinte espinas recogiendo el tiempo en su contractura,
veinte ramblas, veinte, veinte veces veinte a cada cuenta,
como si el olvido tuviera dedos para su memoria,
y uno a uno juntara nuestras manos huesudas
contra el cristal de lo vivido sin saber si estamos vivos,
o somos el vago intento de alguna suerte de supervivencia.

Que volvía a nacer y moría. Que llegué a mi destino.
Que los días se sucedieron como áureas sortijas
de cada encuentro, de la vaporosa estancia
de mis sueños en las calles de Barcelona,
veinte años de otra ciudad en otro planeta,
veinte años de una aguja clavada en mi entraña
que recorrió las despegadas horas de una esfera,
que sonaron con la misma sirena de ambulancia,
infectando el sonido diario de cruces y avenidas,
de pasos subterráneos, anegando el campo abierto
con su urgencia cuando la enfermedad se esmeraba
en jugar a ser la llaga sobre el tablero de la muerte
y los dedos de la vida nos cambiaban de casilla.
Veinte años que te amaron en la audacia de un instante.

Que ocurrió. Que ocurría. Que voló mi tren contra la vía.