Veinte años

Que ocurrió. Que ocurría. Que voló mi tren contra la vía.
Que la noche cayó sin caer, dejando un resquicio
entre nuestros límites y la voracidad de la luna.
Veinte años que se sumaron a la rosa del primer día,
veinte espinas recogiendo el tiempo en su contractura,
veinte ramblas, veinte, veinte veces veinte a cada cuenta,
como si el olvido tuviera dedos para su memoria,
y uno a uno juntara nuestras manos huesudas
contra el cristal de lo vivido sin saber si estamos vivos,
o somos el vago intento de alguna suerte de supervivencia.

Que volvía a nacer y moría. Que llegué a mi destino.
Que los días se sucedieron como áureas sortijas
de cada encuentro, de la vaporosa estancia
de mis sueños en las calles de Barcelona,
veinte años de otra ciudad en otro planeta,
veinte años de una aguja clavada en mi entraña
que recorrió las despegadas horas de una esfera,
que sonaron con la misma sirena de ambulancia,
infectando el sonido diario de cruces y avenidas,
de pasos subterráneos, anegando el campo abierto
con su urgencia cuando la enfermedad se esmeraba
en jugar a ser la llaga sobre el tablero de la muerte
y los dedos de la vida nos cambiaban de casilla.
Veinte años que te amaron en la audacia de un instante.

Que ocurrió. Que ocurría. Que voló mi tren contra la vía.

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