Dulce presencia

Es amar la única forma de llegar
a esos ojos de tu mirada tibia,
dime si no cómo hacerte mirar
a estos otros que no te olvidan
y esbozan otra realidad
en la caverna de sus mentiras,
como que no existes sin soñar,
como que eres algo mía.

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Desolación

Son las diez de la noche y no vuelve,
fuera crepitan madejas de yerbajos
a su paso por la fría soledad de los caminos,
nadie es el reino de la calle desarmada,
la corona del tirano levanta sus puntas
hasta clavar su veneno en alas descuidadas,
nadie llama a la puerta, nadie pregunta,
nadie dice, nadie calla, nadie vive aquí,
suena el teléfono y nadie levanta el auricular,
fuera crepitan las nubes al paso de los coches,
la espera se eriza y erosiona el torso,
los párpados caen como persianas
en el hogar adonde nadie regresa,
nadie gana su batalla y son las diez de la noche,
cada jornada martillea la misma hora
y amanece a golpes con el trino y las voces.

La noche devuelve la esperanza.

Gabriel (D.E.P)

Que la mar sea tu afluente
y el río te deje en tierra,
que la pesca sea abundante
en el tiempo que te lleva,
y vuelvas con tus padres;
a tierra firme, a la carrera,
como siempre, como antes,
como el niño a su naturaleza.

Y ahora: la mar es tuya,
solamente tuya, inmensamente tuya.

El adulto lactante

Nada parecía real en este cementerio,
el cielo plomizo abotargaba la certeza,
la tierra parecía cubrir invernaderos
y el anulado gorjeo ensordecía la hierba.

La humanidad se extinguía esta mañana,
los ojos se evitaban, las bocas enmudecían,
los autómatas palidecían de esperanza,
una vela indiscreta alumbraba la mirada sombría.

Padeceríamos para llorar luciérnagas,
nunca espinas de un rosal en la cuneta,
no era ese el plan trazado en la infancia
por la piel ceñida al juego sin fronteras.

Nunca fueron las pequeñas manos pequeñas
por aprender a contar con los dedos las estrellas.