La rivalidad

Se cierne en su mausoleo, opípara, redundante,
al resguardo de sus propias defensas;
observa precavida el movimiento,
señala con bordón las barbas del horizonte
cuando el sol sale con el primer temblor
de sus sedimentos bajo la corteza musculada,
se cierne como un rey depuesto ante el vasallaje
de un mediocre reino de pobres batallas,
golpe a golpe en la misma herida,
daño a daño con la misma sangre
de la voluntad contraída por la paradoja:
estar vivo en el seno de la amenaza
de una muerte segura, entre dos enemigos
bajo el mismo fuego de su carnaza;
morir a cada lado de una delgada línea roja
que separa la ignorancia de su discusión,
disparando, combatiendo, razonando,
sintiendo, abreviando la humana víscera
en la humana aspiración a ser más que humana.

Pobres deidades corrompiendo el foso del castillo
que otrora levantara la fuerza del tropismo,
ahora símbolo, ruina, empuñadura de otro siglo.

Ahora, preguntas sin respuesta al galope en nuestros campos.

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