Luna roja

Ahora nos dejas ver tus heridas,
hoy es a tu pesar, uno de esos días
en que sangras con toda tu rabia
y tu corazón late dividido en millones
de astros rompiendo la diástole,
confundidos en la hecatombe de la fe,
levantados contra la paciencia de la luz
entre tenebrosas risas del frugal amanecer,
refugiados en hoces, cañones o grietas
donde confluyen el muro y la lagartija
parapetando la alternancia de la vida;
ahora, vemos en nuestra profundidad
que también como nosotros sangras
de alguna sombría presencia en ti cautiva,
como si fueras el pedestal de la miseria
que triunfante se revela en severas derrotas
de la aspiración del día cuando amanezca,
otra vez, como siempre, en diminutas estrellas
que soportan nuestros hombros cuando sueñan.

Ahora nos dejas ver tus heridas, ahora…
Sobradamente nacidos, adultos, esquinados,
después que te creímos, después que te nombramos
blanca, hermosa, pertenecida como esa gota
de nuestras lágrimas que no se rinde: y luchamos.

Ahora nos dejas ver tus heridas, soliviantada,
porque no hay nada más en el amor que el amor mismo
y no hay cómo llegar, y no hay cómo perderse
para no existir más en la señal de un cruce de caminos,
como a todos nos pasa, tan sola, tan humana.

Tú nos recuerdas la gran pregunta
y de la gran respuesta con esfuerzo nos apartas,
a pesar de la sangre que te arropa así desnuda.

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Estacada

Si te dicen que te amo:
Escúchalos.
No me robes la verdad,
no retires mi vendaje a ciegas
mientras sangro de ti a tientas,
en la soledad que abres,
en la lejanía de tus ojos crepusculares,
a lo lejos, demasiado lejos,
donde solamente puede llegar
la certidumbre de la noche
que precede a tu diáfana vastedad.

La danza del moscardón

Motas de alquitrán, negro espumillón, reflejos,
caucho en el calzado de la pista,
ruido, ruido amortizando la sordera,
paso firme al frente, paso tardo a un lado,
motas de alquitrán desprendidas del suelo,
mirada de soslayo, mirada raramente entera,
aplauden los ladrillos en sus ropas de alquiler,
casi desnudos al paso cambiado de las horas
que revolotean inútilmente junto al oído,
motas de alquitrán en la garganta,
motas de malvados en el descaro del grito,
pasan las mañanas como saltamontes
de una tarde macilenta, pasan con la urgencia
de las flores en la soledad de sus jardines,
paso a paso con los pies en la cuenta de los años,
giros de perpendiculares al olvido
que mecen la cuna del frenesí de las ciudades
en el balbuceo de futuras revanchas
y mudos presentes al calor del zumbido.

Fiestas como brotes de amargura en el imposible salón
de una calle, en las azoteas de la sonora invención,
suenan los tacones al oír las evoluciones del moscardón.

Habito la ciudad resistiéndome en la miel de una abeja.

Vanagloria

Me han dicho las cariátides que no sonríen,
a sus pies les habla el pan ácimo
de las bocas sin dientes que imploran el bocado,
de los falsos cielos que sostienen,
al oído les susurran laureados hálitos
pertrechados de acentos aromados,
rotundos, embriagadores e inminentes,
levedad que sostienen en volátiles racimos
de uva endulzada con fermentos celestes,
sobre sus cabezas cajas de caliza,
a sus pies polvo, gravedad y cualidad de hambre.

Me han dicho las cariátides que no sonríen,
que prometen, que fascinan, y desaparecen
con la dureza de mentiras sostenidas en el aire.

Detonantes

En la explosión del mundo
los cascotes nos despiertan,
sutiles o burdos poetas
recorren los bordes obtusos
de esquirlas perfectas
o de añejas astillas en bodega,
en la explosión del mundo
fisionadas fórmulas se acercan
y recuperan la ley o su sistema,
una malograda destrucción sin rumbo
traga saliva y se reinventa
en cuerpos de oportuna vestimenta,
en la explosión del mundo
hablamos de amor con la boca pequeña
y los cascotes nos golpean.

Una y otra vez, cada cual se sucede
como la cenefa de una ruina
en la cortina del impostor que descubre,
una y otra vez la casa acogedora tiembla
y los cascotes caen de su derrumbe.

En la explosión del mundo
crecer en una ojiva es más seguro.

Inmerso

Detenido en tus fuentes de coral
bajo el chorro dulce del silencio,
detenido en tus profundidades
con el agua contra el pecho.

Detenido en candorosas sinuosidades,
mientras arrimo la boca del tiempo
a la inundación de la garganta
que me ahoga o me prefiere sediento.

Detenido en estos obstinados versos,
en las palabras que sumerjo
si no puedo decirte a flote que te quiero.

Ojos grandes que me pierden

Ojos que me vieron y no pueden verme,
ojos grandes que vinieron
con su blanca falta a envolverme,
ojos insondables que se fueron,
ojos que a mí se adhieren
como el solitario eco
de una dudosa suerte
al grito de su nombre en mis sueños,
ojos de mi vida y de mi muerte
en la osadía de sus frágiles intentos.

Ojos en los míos que me pueden,
ojos grandes que no olvido
y me llevan a un punto de su eje
donde soy imperceptible y fortuito,
ojos grandes de mis redondeces,
ojos de un adiós torpe e insumiso
que el amor sobrevenido ensordece,
ojos grandes en un ajustado resquicio,
ojos que me vieron y me duelen.

¿Cuándo volverán esos ojos a verme?

Tonto es el que hace tonterías

No es más listo o más lista quien mejor engaña,
quien mejor engaña es la honda mentira
y mentirosos son los tentáculos de sus larvas,
alojadas en el parecido al que juegan las letrinas
cuando dicen amar y con esfuerzo aman,
cuando dicen vivir y pronuncian con infamia la vida.

No es más listo o más lista quien mejor engaña:
es la máscara de su agonía, la plenitud ficticia,
es la presa fácil en el reflejo de sus trampas,
es la farsa que dice ser cuando hace tonterías.

Qué lástima. Hasta la belleza engaña.
Y ahora, después de tanto ¿qué nos queda?
Un mundo que gira contra el alba,
un náufrago de este barco en la soledad más sincera.

Qué la risa te dure hasta que mueras,
luego no cabrá artimaña alguna en tus engaños,
sentirás el desamparo de una gélida certeza,
la vida absurda despoblando sus baldíos campos.

Vivir era otra cosa ¿no te lo contaron?

Conciencia

Alguien rompe los cordeles que nos atan,
los nudos observan la parada del brazo ejecutor
con la irónica mueca del destino entre sus dientes,
alguien busca la tijera bajo la almohada
y acomoda el filo al corte imperceptible
mientras los nudos callan su lengua anudada,
y vaticinan eras empedradas de frío suelo bajo la experiencia,
cruda encrucijada de horrísonas dudas
que nos condenan o nos liberan, y siempre nos amordazan.

Alguien rompe los cordeles que nos atan,
alguien rompe las febriles complacencias de seculares trampas.