La danza del moscardón

Motas de alquitrán, negro espumillón, reflejos,
caucho en el calzado de la pista,
ruido, ruido amortizando la sordera,
paso firme al frente, paso tardo a un lado,
motas de alquitrán desprendidas del suelo,
mirada de soslayo, mirada raramente entera,
aplauden los ladrillos en sus ropas de alquiler,
casi desnudos al paso cambiado de las horas
que revolotean inútilmente junto al oído,
motas de alquitrán en la garganta,
motas de malvados en el descaro del grito,
pasan las mañanas como saltamontes
de una tarde macilenta, pasan con la urgencia
de las flores en la soledad de sus jardines,
paso a paso con los pies en la cuenta de los años,
giros de perpendiculares al olvido
que mecen la cuna del frenesí de las ciudades
en el balbuceo de futuras revanchas
y mudos presentes al calor del zumbido.

Fiestas como brotes de amargura en el imposible salón
de una calle, en las azoteas de la sonora invención,
suenan los tacones al oír las evoluciones del moscardón.

Habito la ciudad resistiéndome en la miel de una abeja.

Anuncios