Luna roja

Ahora nos dejas ver tus heridas,
hoy es a tu pesar, uno de esos días
en que sangras con toda tu rabia
y tu corazón late dividido en millones
de astros rompiendo la diástole,
confundidos en la hecatombe de la fe,
levantados contra la paciencia de la luz
entre tenebrosas risas del frugal amanecer,
refugiados en hoces, cañones o grietas
donde confluyen el muro y la lagartija
parapetando la alternancia de la vida;
ahora, vemos en nuestra profundidad
que también como nosotros sangras
de alguna sombría presencia en ti cautiva,
como si fueras el pedestal de la miseria
que triunfante se revela en severas derrotas
de la aspiración del día cuando amanezca,
otra vez, como siempre, en diminutas estrellas
que soportan nuestros hombros cuando sueñan.

Ahora nos dejas ver tus heridas, ahora…
Sobradamente nacidos, adultos, esquinados,
después que te creímos, después que te nombramos
blanca, hermosa, pertenecida como esa gota
de nuestras lágrimas que no se rinde: y luchamos.

Ahora nos dejas ver tus heridas, soliviantada,
porque no hay nada más en el amor que el amor mismo
y no hay cómo llegar, y no hay cómo perderse
para no existir más en la señal de un cruce de caminos,
como a todos nos pasa, tan sola, tan humana.

Tú nos recuerdas la gran pregunta
y de la gran respuesta con esfuerzo nos apartas,
a pesar de la sangre que te arropa así desnuda.

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