Mes: agosto 2018

La norma

Los comienzos son difíciles, los comienzos son confusos,
parece que perdemos, nos alejamos,
nos atrapa la pereza, la apatía, nos atrapa en su adherencia
y sentimos el peso de la nada como una piel gruesa
recobrando cada músculo, cada gesto al recobrar el aire
que nos deja la pringue del hombre o la mujer que somos,
parece que nos vamos, nos echan,
las sirenas suenan en la calle como una amenaza
en la cavidad nasal de la premura
que reposa encadenada en densos calabozos,
los comienzos nos persiguen con una bata blanca
por la arboleda que esconde a los locos,
y nadie nos cree, ni siquiera nosotros,
estamos hechos de residuos de cordura,
los comienzos son utópicos entre camaleones,
son resbaladizos porque no nos pertenecen,
nos visten, nos señalan, nos dirigen a sus focos,
nos colorean, nos silencian con sus lenguas pegajosas,
cuando quieres gritar ‘soy yo’ otros te dicen ‘tú eres’,
y dudamos hasta dejarnos caer en el pegamento
del deber y sus deudores, de todo lo que nos corrige,
por si acaso alguna vez fuéramos hombres o mujeres libres.

Parece que nos vamos, nos alejan… ¿De dónde?
Esto debe animarnos a continuar.

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La fuerza entre nosotros

Quise ser por un instante el centelleo sobre el agua
al trenzarse el sol con el cabrilleo de las olas,
me detuve en lo alto de un acantilado, me hice al aire,
confundido con las aves que llegaban de muy lejos,
me detuve a ver más allá de toda forma,
y mi cuerpo se mostró como una masa informe
en otro mar de apetecidas islas
donde posar la savia contenida de su deformación,
quise ser la luz a lomos de la bestia,
alejada de sus garras, aferrado a los destellos
como un túnel sin mí a su través,
sin todas las pasiones que quisieron llegar
y cayeron en el suelo frío de cálidas conversaciones,
sin todos los labios que igual cayeron con los míos
como una boca más que engulle y se harta,
sin todos los juegos que me distrajeron de la gran ironía
—la que ensalza al inocente mientras lo descuartiza—
y me convirtieron en el blanco fácil de sus armas,
sin la infancia que un mal padre sustrajo a golpes,
sin el desgarro que me encerró en sus jirones,
sin las copas que bebí cuando era esa ilusión
que se sube a la cabeza y la cabeza una canción
sonando sin parar para no oírme;
sin esa madre doliente a la que limpio las heridas
como si todavía él la estuviera golpeando
con esa mano tosca y sucia, con esa boca maloliente,
a cuchillo en el costado, a disparos apuntándonos…

Quise ser la luz sin que nadie la viera,
a pequeños logros del alba que me despertara,
lejos del interruptor de dioses y demonios,
sin la importancia que otros buscan con avaricia
y que luego apagan a oscuras bocanadas,
mientras resoplan después del mordisco
al cuello de las ventanas de su cómoda tiniebla.

Quise ser esa luz que trabaja con la inmensidad
para que no me encontraran,
y me detuve en lo alto de toda mi firmeza,
me detuve, crucé las piernas, sostuve el tiempo
como el brote de una flor entre mis manos áridas,
tracé la esencia con el polen de mis dedos
en la holgura de mi desaparición,
y dejé de ser desdibujado al calor de otros,
y dejé de ser la gélida estancia
del dolor que divide al ser humano en sus daños.

Quise ser por un instante el centelleo del agua,
me detuve a ser sin forma alguna en mi parada,
y aunque todavía siento la violencia de las olas
contra sobrias cavidades de recuerdos,
y noto la marea de manadas aproximándome
a sus babas o a sus trampas,
ahora puedo saltar de una cresta a otra
al contemplar desde mi devastación
la penumbra que abriga sus pequeñas lámparas.

Y seré eso que llaman amor y que yo enmudezco
para que suene dentro con todas sus palabras,
épicos fulgores en su origen recitando sobre el mar
el valor indisoluble de las moradas del alba.

La espiral en línea recta

Avanzamos, poco a poco, lentamente,
por la oposición de nuestros radios,
avanzamos en las vueltas de una vida sobre otra,
en la emergencia de un ser sobre otro
al que lapida con el rostro del crepúsculo
en deshumanizada por definitiva ausencia,
y con humana prisa ensarta el nuevo eje
de la renovada presencia en sus indicios;
y, allá donde más alto planta la circunferencia,
vuelve a caer y a trepar por la liana de sus muertos,
y luego a tremolar la atormentada levedad,
y a sentir su propio peso gotear
en pequeña rabia del llanto que lo mataba,
y por fin a empezar con la nueva carga que duerme
en la balanza giratoria que nos lleva,
nos enferma, nos consume, nos condena y nos precede.

El giro de la rueda

Siempre volvemos: el radio nos dirige al perímetro.

Aunque tratemos de engañarnos con alternativas aparentes,
compremos hasta hartarnos, vistamos cómodas ropas
y creamos rutas imaginarias al principio del camino
con el polvo imaginado en la piel curtida de su encrucijada;
aunque marchemos sin mirar atrás a patadas con la yerba
que enmudece el dibujo del trayecto que nos deja a salvo,
impostemos contrariados un grito de victoria en medio de la nada,
y corramos por el fondo del reloj como una aguja más
de todas las que pinchan el globo que inflamos,
el mundo moverá la tierra hasta encontrarnos temblorosos
en sus fallas, enjugando las lágrimas que nos restaron
mientras creímos ser entre todas sus vueltas la diferencia,
y volveremos a girar de la misma dureza de nuestro centro
hasta que volvamos al punto que apartamos,
y hagamos lo que tenemos que hacer para vencer el miedo
en toda su distancia, en todos sus radios.

Somos con retraso la respuesta a la amenaza del destino,
el peso que centrifuga la violencia de nuestros giros.

Siempre volvemos. Esto es el mundo.