Día: 23 agosto, 2018

La fuerza entre nosotros

Quise ser por un instante el centelleo sobre el agua
al trenzarse el sol con el cabrilleo de las olas,
me detuve en lo alto de un acantilado, me hice al aire,
confundido con las aves que llegaban de muy lejos,
me detuve a ver más allá de toda forma,
y mi cuerpo se mostró como una masa informe
en otro mar de apetecidas islas
donde posar la savia contenida de su deformación,
quise ser la luz a lomos de la bestia,
alejada de sus garras, aferrado a los destellos
como un túnel sin mí a su través,
sin todas las pasiones que quisieron llegar
y cayeron en el suelo frío de cálidas conversaciones,
sin todos los labios que igual cayeron con los míos
como una boca más que engulle y se harta,
sin todos los juegos que me distrajeron de la gran ironía
—la que ensalza al inocente mientras lo descuartiza—
y me convirtieron en el blanco fácil de sus armas,
sin la infancia que un mal padre sustrajo a golpes,
sin el desgarro que me encerró en sus jirones,
sin las copas que bebí cuando era esa ilusión
que se sube a la cabeza y la cabeza una canción
sonando sin parar para no oírme;
sin esa madre doliente a la que limpio las heridas
como si todavía él la estuviera golpeando
con esa mano tosca y sucia, con esa boca maloliente,
a cuchillo en el costado, a disparos apuntándonos…

Quise ser la luz sin que nadie la viera,
a pequeños logros del alba que me despertara,
lejos del interruptor de dioses y demonios,
sin la importancia que otros buscan con avaricia
y que luego apagan a oscuras bocanadas,
mientras resoplan después del mordisco
al cuello de las ventanas de su cómoda tiniebla.

Quise ser esa luz que trabaja con la inmensidad
para que no me encontraran,
y me detuve en lo alto de toda mi firmeza,
me detuve, crucé las piernas, sostuve el tiempo
como el brote de una flor entre mis manos áridas,
tracé la esencia con el polen de mis dedos
en la holgura de mi desaparición,
y dejé de ser desdibujado al calor de otros,
y dejé de ser la gélida estancia
del dolor que divide al ser humano en sus daños.

Quise ser por un instante el centelleo del agua,
me detuve a ser sin forma alguna en mi parada,
y aunque todavía siento la violencia de las olas
contra sobrias cavidades de recuerdos,
y noto la marea de manadas aproximándome
a sus babas o a sus trampas,
ahora puedo saltar de una cresta a otra
al contemplar desde mi devastación
la penumbra que abriga sus pequeñas lámparas.

Y seré eso que llaman amor y que yo enmudezco
para que suene dentro con todas sus palabras,
épicos fulgores en su origen recitando sobre el mar
el valor indisoluble de las moradas del alba.

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