Mes: septiembre 2018

Marcapasos

La rabia discurre tras el pulso
lindante con los intentos de amarnos,
la sangre salta con el agua dulce
de recuerdos imaginarios
y nos convierte en soflamas líquidas
derramándose por las comisuras
del tiempo que llora y sonríe
mientras cerramos la boca
con el gesto inmolado de la anemia,
y las montañas hablan de los ríos
que las circundan, hasta ablandarse
con la pureza del manantial que fuimos,
ahora vasto en distancias
que nos señalan y acusan de perjurio.

La rabia discurre por cada latido
que a ti y a mí nos une sin palabras,
vida de otra vida, año de otro año
consumiendo la fuerza del mañana.

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La confabulación del rocío

Vienes a mí incontenible, en pequeñas gotas,
dispersa en sobrecogedoras fórmulas
que hienden los fluidos de nocturnas derrotas,
vienes con el tiempo, a esperarte,
corres por mis hojas mientras te escribo
con el tallo alto, firme y verde de la memoria
que juega a ser tu piel despierta en la dormida,
o tus ojos adentrándose en tímidos crepúsculos
de la frase reprimida con la insistencia
de tus cálidos labios en los labios descarnados
de los sueños que no quieren despertarse.

A pesar de la luz que acompaña a tu sonrisa,
vienes a perderme poco a poco, lentamente,
en las lágrimas que armo de mi melancolía,
en las veces que te quiero sin mirarte,
en las horas de mis manos tristes y vacías
que aprendieron a tenerte y a tocarte
así de viva, así de mía, así de limpia;
vienes cuando llega el día y la hora
y todo lo que viene después y no termina,
porque el tiempo no puede pasar sin ti,
ni nada vivo que al morir poco a poco,
día a día, con decirte adiós reviva.

Vienes a mí, incontenible, en pequeñas gotas,
y así deseo amarte para no ahogarme
en ese otro amor de tu oleaje que me hunde
con los viejos navíos que surcaron sus mares.

Valhalla

Putas que arquean sus insinuantes cuerpos
sobre edredones de colores encendidos
y bordados de pretenciosas flores de inocencia,
putas que jadean al compás de violentas embestidas,
sudor que corre por venas ocluidas de rabia,
muñecos y muñecas que saltan de una mano a otra
de la bestia en cuevas de exiguas hogueras,
sombras que se yerguen más densas
y se agachan y se tienden con la luz suficiente
para no golpearse la frente con la leña,
putas que se llevan a la boca el sexo candente,
cerdos que viven como hombres con licencia,
alcohol que agrieta las gargantas secas
y se sirve por barriles en grandes jarras
mientras cantan sin saber lo que suena,
mientras hablan salivando frases sedientas
y comen con el estómago dilatado de ansia,
de putas que se tragan, de putas que se inventan
en las comisuras de sus babas grasientas,
guerras con victorias del filo ensangrentado
de hemorragias en el único interior de sus carteras,
copas que golpean, jarras que levantan
y derraman toda la espuma sobre charcos de ignorancia,
como la calma a la deriva en las olas de una mar crispada,
como el miedo de los perros que se espanta a ladridos,
frustración que aplaude en el fondo del teatro,
culpa que levanta sus herejes crucifijos,
pena que enturbia las aguas que circundan la razón,
pesar que gotea de techos escombrados,
dolor que bebe de su esencia y se revuelve
como ese animal de firmes patas que todo lo patea
y se gusta en la embriaguez de una gran pelea,
y corre por las noches bajo la promesa de una luna
en las lóbregas horas que se sientan con él a la mesa.

Devora sus anhelos y nunca consigue saciarse,
se alimenta de la miseria del hambre
que solloza como un niño entre las piernas del creyente,
y se arma de fe, y resiste en la libido de la debacle.

Y el primero que abrió sus puertas
creó el mundo en que vivimos,
hermoso y nauseabundo en sus argucias.

La mente no tiene principio

¡Oh Preciado y Venerable Dharmakirti!
Dime que la mente nos arrastra por caminos sin fin,
dime que somos la ruta empedrada, polvorienta,
abrupta y efímera del hilo que dejamos atrás
para engendrar las causas del origen y el destino
con el vago devanar de olvidadas hilanderas.

¡Oh Preciado y Venerable Dharmakirti!
Por muy acertados que sean nuestros cálculos,
por muy afinado que sea el malévolo instrumento
que escudriña la insondable mirada del átomo,
la mente está de paso por órganos, piel y huesos,
la ignorancia es su líquido amniótico en esta placenta
que golpean nuestros puños y rasgamos con el duelo,
la mente no se puede medir, no se puede guardar
en caja alguna de precisión sin que falten números.

¡Oh Preciado y Venerable Dharmakirti!
Dices que la mente no tiene principio porque es mente,
dime entonces que soy un todo indescifrable,
en un instante mi pasado, mi futuro y mi presente,
dime entonces que los años son ilusiones
que traspasan nuestros daños como salvas de oro y plata,
que la mente no tiene ahora, ni luego, ni entonces,
dime que soy lo que soy por el ser atrapado
en el nudo que reúne las costillas con su rítmico corazón.

¡Oh Preciado y Venerable Dharmakirti!
Dime que el Big-Bang todavía no ha terminado
de descargar su rabia en el orden que resuelva
el dolor abigarrado de su sempiterna causa,
dime que la mente está haciendo su trabajo,
que nunca fue nada ni nunca fue algo,
que nunca existió y siempre lo hizo,
pues la mente no tiene duración que la duela
ni eternidad que la mate en la jornada
de senderos y veredas que expande paso a paso.

Venerable, dímelo, porque estoy viendo
en los remansos de mi lucha,
bajo las implacables ruedas de Samsara,
que la mente me envuelve con un manto
de miríadas de voces y acentos,
de miríadas de gustos, olores y tactos,
todo converge en un remoto y cálido tejido
que tapa el frío entendimiento de las horas,
como si fuera la aspiración del cosmos
en la solitaria boca de un mortal suspiro.