La mente no tiene principio

¡Oh Preciado y Venerable Dharmakirti!
Dime que la mente nos arrastra por caminos sin fin,
dime que somos la ruta empedrada, polvorienta,
abrupta y efímera del hilo que dejamos atrás
para engendrar las causas del origen y el destino
con el vago devanar de olvidadas hilanderas.

¡Oh Preciado y Venerable Dharmakirti!
Por muy acertados que sean nuestros cálculos,
por muy afinado que sea el malévolo instrumento
que escudriña la insondable mirada del átomo,
la mente está de paso por órganos, piel y huesos,
la ignorancia es su líquido amniótico en esta placenta
que golpean nuestros puños y rasgamos con el duelo,
la mente no se puede medir, no se puede guardar
en caja alguna de precisión sin que falten números.

¡Oh Preciado y Venerable Dharmakirti!
Dices que la mente no tiene principio porque es mente,
dime entonces que soy un todo indescifrable,
en un instante mi pasado, mi futuro y mi presente,
dime entonces que los años son ilusiones
que traspasan nuestros daños como salvas de oro y plata,
que la mente no tiene ahora, ni luego, ni entonces,
dime que soy lo que soy por el ser atrapado
en el nudo que reúne las costillas con su rítmico corazón.

¡Oh Preciado y Venerable Dharmakirti!
Dime que el Big-Bang todavía no ha terminado
de descargar su rabia en el orden que resuelva
el dolor abigarrado de su sempiterna causa,
dime que la mente está haciendo su trabajo,
que nunca fue nada ni nunca fue algo,
que nunca existió y siempre lo hizo,
pues la mente no tiene duración que la duela
ni eternidad que la mate en la jornada
de senderos y veredas que expande paso a paso.

Venerable, dímelo, porque estoy viendo
en los remansos de mi lucha,
bajo las implacables ruedas de Samsara,
que la mente me envuelve con un manto
de miríadas de voces y acentos,
de miríadas de gustos, olores y tactos,
todo converge en un remoto y cálido tejido
que tapa el frío entendimiento de las horas,
como si fuera la aspiración del cosmos
en la solitaria boca de un mortal suspiro.

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