Valhalla

Putas que arquean sus insinuantes cuerpos
sobre edredones de colores encendidos
y bordados de pretenciosas flores de inocencia,
putas que jadean al compás de violentas embestidas,
sudor que corre por venas ocluidas de rabia,
muñecos y muñecas que saltan de una mano a otra
de la bestia en cuevas de exiguas hogueras,
sombras que se yerguen más densas
y se agachan y se tienden con la luz suficiente
para no golpearse la frente con la leña,
putas que se llevan a la boca el sexo candente,
cerdos que viven como hombres con licencia,
alcohol que agrieta las gargantas secas
y se sirve por barriles en grandes jarras
mientras cantan sin saber lo que suena,
mientras hablan salivando frases sedientas
y comen con el estómago dilatado de ansia,
de putas que se tragan, de putas que se inventan
en las comisuras de sus babas grasientas,
guerras con victorias del filo ensangrentado
de hemorragias en el único interior de sus carteras,
copas que golpean, jarras que levantan
y derraman toda la espuma sobre charcos de ignorancia,
como la calma a la deriva en las olas de una mar crispada,
como el miedo de los perros que se espanta a ladridos,
frustración que aplaude en el fondo del teatro,
culpa que levanta sus herejes crucifijos,
pena que enturbia las aguas que circundan la razón,
pesar que gotea de techos escombrados,
dolor que bebe de su esencia y se revuelve
como ese animal de firmes patas que todo lo patea
y se gusta en la embriaguez de una gran pelea,
y corre por las noches bajo la promesa de una luna
en las lóbregas horas que se sientan con él a la mesa.

Devora sus anhelos y nunca consigue saciarse,
se alimenta de la miseria del hambre
que solloza como un niño entre las piernas del creyente,
y se arma de fe, y resiste en la libido de la debacle.

Y el primero que abrió sus puertas
creó el mundo en que vivimos,
hermoso y nauseabundo en sus argucias.

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