La insidia

Te recorre, te persiste, te destroza,
crees dejarla atrás, repudiada, marginal,
y te das la vuelta apenas unos segundos
para comprobar que es un punto
estorbando la rasante del límite del mal
que no traspasarás desde esa distancia
tan prolongada, interminable entre ambas.

Sí, la insidia que te niega, por un lado,
y por el otro la insidia que te afirma,
ambas separadas por el compromiso
de seguir juntas apartándote.

Quien pensó en el bien y el mal,
no estaba en casa.
Llamaron al timbre y contestó la criada.

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La madeja

Te preguntarás qué hago en estas líneas,
qué palabras podrían abarcarte
y llenar el vacío de esta melancolía,
te preguntarás al leer tal presunción
quién al otro lado dice amarte y calla
con la tapa de un féretro en su abertura,
quién abre y cierra con tanta saña
la esperanza de su hermosa ruina
ahora que el atardecer es su palabra,
la mañana y la desdicha en su victoria;
te preguntarás al imaginarme
en esos labios densos que me ignoran,
quién al otro lado te robaría aquel beso
que se llevará a la tumba mientras viva,
porque tú y yo no somos más que versos
derrochando a ambos lados sus crueldades
entre todos los espacios que nos separan.

La piedad

En minúsculas especias, los aromas y sabores,
el dolor y la paciencia, la locura,
en minúsculas especias de uno mismo
parecemos querer, creemos ser,
presumimos tener, notamos el terror
correr como sangre nuestra
por los confines del vacío que nos arroja
al abismo del petulante y profundo
accidente de una vida o de una broma.

En minúsculas especias de nuestro apetito,
en platos de fe, a bocados de inocencia,
flotando en caldosas victorias o espesas derrotas,
caldos de ingenua grandeza, o caldos de miseria
repoblando el mundo en sus mesas
con hambre, con urgencia, con ausencia,
en minúsculas especias de uno mismo
cae el infinito con el sabor de las horas.