El año que no pudimos ser

No me digas…, no me digas que el año ya ha pasado…
No me digas que es hora de mudanza en mi reloj,
que debo guardar en cajas el tiempo que murió
y no podré llorarlo porque el año cierra los velatorios,
que tronarán los cielos con lágrimas deportadas
a la repudiada patria de la más profunda noche,
y explotarán en estruendosos gritos de un sordo ser
más oscuro entre palmas, serpentinas e hilaridad,
más extraño, más histriónico y sin esperanza
fuera del mundo escondido en el útero del mundo
que yace bajo amenaza de aborto en el hospital,
y los pacientes harán saltar las flemas, correr la sangre
por suelos artificiales como si de un río se tratara
ya lejos de sus casas, ya fuera de su cauce.

No me digas…, no me digas que el año me lleva
como un proscrito más a sus mudas confesiones,
donde nadie las oye, salvo los que aprendimos
a morir en los brazos de una silenciosa madre:
a callar entre delirios de espontáneas curaciones.

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