Año: 2018

La piedad

En minúsculas especias, los aromas y sabores,
el dolor y la paciencia, la locura,
en minúsculas especias de uno mismo
parecemos querer, creemos ser,
presumimos tener, notamos el terror
correr como sangre nuestra
por los confines del vacío que nos arroja
al abismo del petulante y profundo
accidente de una vida o de una broma.

En minúsculas especias de nuestro apetito,
en platos de fe, a bocados de inocencia,
flotando en caldosas victorias o espesas derrotas,
caldos de ingenua grandeza, o caldos de miseria
repoblando el mundo en sus mesas
con hambre, con urgencia, con ausencia,
en minúsculas especias de uno mismo
cae el infinito con el sabor de las horas.

Anuncios

Marcapasos

La rabia discurre tras el pulso
lindante con los intentos de amarnos,
la sangre salta con el agua dulce
de recuerdos imaginarios
y nos convierte en soflamas líquidas
derramándose por las comisuras
del tiempo que llora y sonríe
mientras cerramos la boca
con el gesto inmolado de la anemia,
y las montañas hablan de los ríos
que las circundan, hasta ablandarse
con la pureza del manantial que fuimos,
ahora vasto en distancias
que nos señalan y acusan de perjurio.

La rabia discurre por cada latido
que a ti y a mí nos une sin palabras,
vida de otra vida, año de otro año
consumiendo la fuerza del mañana.

La confabulación del rocío

Vienes a mí incontenible, en pequeñas gotas,
dispersa en sobrecogedoras fórmulas
que hienden los fluidos de nocturnas derrotas,
vienes con el tiempo, a esperarte,
corres por mis hojas mientras te escribo
con el tallo alto, firme y verde de la memoria
que juega a ser tu piel despierta en la dormida,
o tus ojos adentrándose en tímidos crepúsculos
de la frase reprimida con la insistencia
de tus cálidos labios en los labios descarnados
de los sueños que no quieren despertarse.

A pesar de la luz que acompaña a tu sonrisa,
vienes a perderme poco a poco, lentamente,
en las lágrimas que armo de mi melancolía,
en las veces que te quiero sin mirarte,
en las horas de mis manos tristes y vacías
que aprendieron a tenerte y a tocarte
así de viva, así de mía, así de limpia;
vienes cuando llega el día y la hora
y todo lo que viene después y no termina,
porque el tiempo no puede pasar sin ti,
ni nada vivo que al morir poco a poco,
día a día, con decirte adiós reviva.

Vienes a mí, incontenible, en pequeñas gotas,
y así deseo amarte para no ahogarme
en ese otro amor de tu oleaje que me hunde
con los viejos navíos que surcaron sus mares.

Valhalla

Putas que arquean sus insinuantes cuerpos
sobre edredones de colores encendidos
y bordados de pretenciosas flores de inocencia,
putas que jadean al compás de violentas embestidas,
sudor que corre por venas ocluidas de rabia,
muñecos y muñecas que saltan de una mano a otra
de la bestia en cuevas de exiguas hogueras,
sombras que se yerguen más densas
y se agachan y se tienden con la luz suficiente
para no golpearse la frente con la leña,
putas que se llevan a la boca el sexo candente,
cerdos que viven como hombres con licencia,
alcohol que agrieta las gargantas secas
y se sirve por barriles en grandes jarras
mientras cantan sin saber lo que suena,
mientras hablan salivando frases sedientas
y comen con el estómago dilatado de ansia,
de putas que se tragan, de putas que se inventan
en las comisuras de sus babas grasientas,
guerras con victorias del filo ensangrentado
de hemorragias en el único interior de sus carteras,
copas que golpean, jarras que levantan
y derraman toda la espuma sobre charcos de ignorancia,
como la calma a la deriva en las olas de una mar crispada,
como el miedo de los perros que se espanta a ladridos,
frustración que aplaude en el fondo del teatro,
culpa que levanta sus herejes crucifijos,
pena que enturbia las aguas que circundan la razón,
pesar que gotea de techos escombrados,
dolor que bebe de su esencia y se revuelve
como ese animal de firmes patas que todo lo patea
y se gusta en la embriaguez de una gran pelea,
y corre por las noches bajo la promesa de una luna
en las lóbregas horas que se sientan con él a la mesa.

Devora sus anhelos y nunca consigue saciarse,
se alimenta de la miseria del hambre
que solloza como un niño entre las piernas del creyente,
y se arma de fe, y resiste en la libido de la debacle.

Y el primero que abrió sus puertas
creó el mundo en que vivimos,
hermoso y nauseabundo en sus argucias.