La norma

Los comienzos son difíciles, los comienzos son confusos,
parece que perdemos, nos alejamos,
nos atrapa la pereza, la apatía, nos atrapa en su adherencia
y sentimos el peso de la nada como una piel gruesa
recobrando cada músculo, cada gesto al recobrar el aire
que nos deja la pringue del hombre o la mujer que somos,
parece que nos vamos, nos echan,
las sirenas suenan en la calle como una amenaza
en la cavidad nasal de la premura
que reposa encadenada en densos calabozos,
los comienzos nos persiguen con una bata blanca
por la arboleda que esconde a los locos,
y nadie nos cree, ni siquiera nosotros,
estamos hechos de residuos de cordura,
los comienzos son utópicos entre camaleones,
son resbaladizos porque no nos pertenecen,
nos visten, nos señalan, nos dirigen a sus focos,
nos colorean, nos silencian con sus lenguas pegajosas,
cuando quieres gritar ‘soy yo’ otros te dicen ‘tú eres’,
y dudamos hasta dejarnos caer en el pegamento
del deber y sus deudores, de todo lo que nos corrige,
por si acaso alguna vez fuéramos hombres o mujeres libres.

Parece que nos vamos, nos alejan… ¿De dónde?
Esto debe animarnos a continuar.

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La fuerza entre nosotros

Quise ser por un instante el centelleo sobre el agua
al trenzarse el sol con el cabrilleo de las olas,
me detuve en lo alto de un acantilado, me hice al aire,
confundido con las aves que llegaban de muy lejos,
me detuve a ver más allá de toda forma,
y mi cuerpo se mostró como una masa informe
en otro mar de apetecidas islas
donde posar la savia contenida de su deformación,
quise ser la luz a lomos de la bestia,
alejada de sus garras, aferrado a los destellos
como un túnel sin mí a su través,
sin todas las pasiones que quisieron llegar
y cayeron en el suelo frío de cálidas conversaciones,
sin todos los labios que igual cayeron con los míos
como una boca más que engulle y se harta,
sin todos los juegos que me distrajeron de la gran ironía
—la que ensalza al inocente mientras lo descuartiza—
y me convirtieron en el blanco fácil de sus armas,
sin la infancia que un mal padre sustrajo a golpes,
sin el desgarro que me encerró en sus jirones,
sin las copas que bebí cuando era esa ilusión
que se sube a la cabeza y la cabeza una canción
sonando sin parar para no oírme;
sin esa madre doliente a la que limpio las heridas
como si todavía él la estuviera golpeando
con esa mano tosca y sucia, con esa boca maloliente,
a cuchillo en el costado, a disparos apuntándonos…

Quise ser la luz sin que nadie la viera,
a pequeños logros del alba que me despertara,
lejos del interruptor de dioses y demonios,
sin la importancia que otros buscan con avaricia
y que luego apagan a oscuras bocanadas,
mientras resoplan después del mordisco
al cuello de las ventanas de su cómoda tiniebla.

Quise ser esa luz que trabaja con la inmensidad
para que no me encontraran,
y me detuve en lo alto de toda mi firmeza,
me detuve, crucé las piernas, sostuve el tiempo
como el brote de una flor entre mis manos áridas,
tracé la esencia con el polen de mis dedos
en la holgura de mi desaparición,
y dejé de ser desdibujado al calor de otros,
y dejé de ser la gélida estancia
del dolor que divide al ser humano en sus daños.

Quise ser por un instante el centelleo del agua,
me detuve a ser sin forma alguna en mi parada,
y aunque todavía siento la violencia de las olas
contra sobrias cavidades de recuerdos,
y noto la marea de manadas aproximándome
a sus babas o a sus trampas,
ahora puedo saltar de una cresta a otra
al contemplar desde mi devastación
la penumbra que abriga sus pequeñas lámparas.

Y seré eso que llaman amor y que yo enmudezco
para que suene dentro con todas sus palabras,
épicos fulgores en su origen recitando sobre el mar
el valor indisoluble de las moradas del alba.

La espiral en línea recta

Avanzamos, poco a poco, lentamente,
por la oposición de nuestros radios,
avanzamos en las vueltas de una vida sobre otra,
en la emergencia de un ser sobre otro
al que lapida con el rostro del crepúsculo
en deshumanizada por definitiva ausencia,
y con humana prisa ensarta el nuevo eje
de la renovada presencia en sus indicios;
y, allá donde más alto planta la circunferencia,
vuelve a caer y a trepar por la liana de sus muertos,
y luego a tremolar la atormentada levedad,
y a sentir su propio peso gotear
en pequeña rabia del llanto que lo mataba,
y por fin a empezar con la nueva carga que duerme
en la balanza giratoria que nos lleva,
nos enferma, nos consume, nos condena y nos precede.

El giro de la rueda

Siempre volvemos: el radio nos dirige al perímetro.

Aunque tratemos de engañarnos con alternativas aparentes,
compremos hasta hartarnos, vistamos cómodas ropas
y creamos rutas imaginarias al principio del camino
con el polvo imaginado en la piel curtida de su encrucijada;
aunque marchemos sin mirar atrás a patadas con la yerba
que enmudece el dibujo del trayecto que nos deja a salvo,
impostemos contrariados un grito de victoria en medio de la nada,
y corramos por el fondo del reloj como una aguja más
de todas las que pinchan el globo que inflamos,
el mundo moverá la tierra hasta encontrarnos temblorosos
en sus fallas, enjugando las lágrimas que nos restaron
mientras creímos ser entre todas sus vueltas la diferencia,
y volveremos a girar de la misma dureza de nuestro centro
hasta que volvamos al punto que apartamos,
y hagamos lo que tenemos que hacer para vencer el miedo
en toda su distancia, en todos sus radios.

Somos con retraso la respuesta a la amenaza del destino,
el peso que centrifuga la violencia de nuestros giros.

Siempre volvemos. Esto es el mundo.

Conclusión

Me puede el alma, aunque niegue su existencia,
me puede el juego de las calamidades en el patio de recreo,
la carrera, el escondite, la malevolencia al acecho
tras los oscuros visillos de la claraboya en lo alto,
la pugna del bien y el mal al calor de sus preceptos,
me puede el arte de seguir vivo en las casillas del tablero
y avanzar con estos dados mientras juego,
noto algo de algún néctar ascendiendo por el espinazo
a la dulce garganta que es dulce por el verbo,
alguna fuerza me sostiene y canta dentro
como cualquier mañana rebosante de pájaros en sus ramas,
y creo en ella igual que sus crías en el nido de mis manos,
igual que bandadas en mis piernas y riberas de mis lágrimas.

Y digo que no existe el alma, ni dios con su mundana eternidad,
ni cualquier otro ardid de la supervivencia de cuanto existe dentro,
siento que nada de eso hace falta porque existo en el trépano
que cada día obtiene la nueva hondura de mi negación liberada,
cada día revela su propio descubrimiento al correr del año
en el interior de mis huesos alargados, porque les puede el alma.

Y entonces digo que existo. Y basta.
Y entonces soy lo que pueden hacer las estrellas con la oscuridad.

Rúbrica de oscura golondrina

Es así que la ruina nos precede,
infame en la ventisca de recuerdos
aventurándose en planicies amortajadas,
amenazada por el sonoro golpe de cornisas
a los pies ya desprendidos de la huida.

Es así que la ruina nos precede
en su matinal sonrisa
y descabalga las horas,
y arroja la montura tan lejos
como puede el débil impulso del aleteo
de la golondrina a sus atardeceres,
y sin saberlo nos convierte en el polvo
de caminos agotados sin aliento,
continuando por los poros de la muerte
la torpe transpiración.

Es así que la ruina nos precede
y fija el dolor pendiente
con estacas sempiternas a la piel
amoratada de nuestras márgenes.

Símbolos

Sin hablar de ti, a salvo en la cantina de tus exhalaciones,
deambulo en la neblina, atisbo tus perfiles sinuosos,
redoblo la atención a través de empañados anteojos
y busco en tus acentos el verbo proscrito de otro lenguaje.

Canto en las entrañas palatinas campañas de tu efervescencia
que se suman con audacia al amargo compás de mis derrotas,
te dejo sonar en mi mazmorra y tildo tu silencio de conciencia,
te afirmo en sonora soledad, te aparto de todo lo que estorba.

Sin hablar de ti para no tentar la insidia del arrepentimiento,
enfoscada en indicios de tormenta, permaneces enhiesta,
determinada a seguir los intrincados senderos de la tibieza
cuando pierdo en la ardiente indiferencia de pérfidos deseos.

Llueve mientras existes, llueve poco a poco en la humedad,
poco a poco a cubierto te quiero entre símbolos, sin más.

Verdes campos de atracciones

Es la hora que señala la dureza en el fondo ocre,
es momento de aparcar toda ilusión de fortaleza,
toda evasión de nostalgia y sus pormenores,
no llegaremos a tiempo con tanta lengua descarnada
simulando a voces ser la carne de otra carne,
la llave de mil puertas en sus pestillos,
atletas en zapatos nuevos al dejar la calle
con las mismas huellas del viento,
sembrando campos en flor de fértil hambre,
no llegaremos a tiempo de ser cuanto queremos ser
en este absurdo caer donde caemos como imanes.

Y luego qué…

Ordenadas compitiendo con el aire,
puntos glosados, rimas que se enredan
como mirlos en el zarzal, lujuria tras la ventana,
sorbo que sigue a otro sorbo del mismo sabor,
fervor en las manos sueltas, en los codos,
en las uñas, en el sudor, en las babas,
en las rodillas que se clavan con dolor,
despertar que sigue a otro despertar,
barbas que crecen sin plegarias ni admonición,
gritos que redoblan amenazas,
fuerza que acapara la debilidad,
señales que escapan al parpadeo del óleo
en la ignorancia de sombríos bodegones,
ardores, frenesí, temor de imaginarias garras,
impaciencia de demorados rincones
agolpándose en la puerta de la calle,
locura en sus cauces desatada
mientras convive con el curso de vagas razones,
figuras que bailan y beben hasta caer de bruces,
entes superiores que emergen de profundas
charcas en el interior de espiritosas copas,
hombres y mujeres que al llegar la noche
saltan como inesperadas ranas
y se unen a la velocidad hacia cualquier nenúfar.

Después de tanto sangrar llegan a sus arterias.
Y luego, qué…
Volvemos a empezar como peonzas de su látigo.

Y luego nada.

Luna roja

Ahora nos dejas ver tus heridas,
hoy es a tu pesar, uno de esos días
en que sangras con toda tu rabia
y tu corazón late dividido en millones
de astros rompiendo la diástole,
confundidos en la hecatombe de la fe,
levantados contra la paciencia de la luz
entre tenebrosas risas del frugal amanecer,
refugiados en hoces, cañones o grietas
donde confluyen el muro y la lagartija
parapetando la alternancia de la vida;
ahora, vemos en nuestra profundidad
que también como nosotros sangras
de alguna sombría presencia en ti cautiva,
como si fueras el pedestal de la miseria
que triunfante se revela en severas derrotas
de la aspiración del día cuando amanezca,
otra vez, como siempre, en diminutas estrellas
que soportan nuestros hombros cuando sueñan.

Ahora nos dejas ver tus heridas, ahora…
Sobradamente nacidos, adultos, esquinados,
después que te creímos, después que te nombramos
blanca, hermosa, pertenecida como esa gota
de nuestras lágrimas que no se rinde: y luchamos.

Ahora nos dejas ver tus heridas, soliviantada,
porque no hay nada más en el amor que el amor mismo
y no hay cómo llegar, y no hay cómo perderse
para no existir más en la señal de un cruce de caminos,
como a todos nos pasa, tan sola, tan humana.

Tú nos recuerdas la gran pregunta
y de la gran respuesta con esfuerzo nos apartas,
a pesar de la sangre que te arropa así desnuda.