La eternidad sin significado.

“Siempre” es una palabra que debería estar prohibida:
siempre, y aquí me quedo, destronado del diván
que me sostiene en macilentas fórmulas para expresar,
de alguna manera, la imposible continuidad de los contrarios
habitantes de mis catacumbas, de las nuevas normas y leyes
de un desgobierno espoleado por plebeyos
que contraponen las suyas, y un vacío atronador en la urbe
se impone a la autoridad que represento
cuando cae la noche y ordeno a las calles callar
para siquiera intuir el canto de lejanos grillos,
suspiros demorados, gimoteos con cuerpo de alondra
en desconsolados cuartos de algún motel de carretera,
y entonces la cháchara acude a mis pensamientos,
y nubla con el ruido de sus collares contra el pecho
el cielo absorto, pausado, libre y estrellado
de una sola palabra de la que pende todo lo que siento,
en ese instante, en esa forma de no ser nada más
que una insoportable falta tocando los silbatos en el cruce,
zumbando sirenas de ambulancia y las cuerdas vocales
de borrachos, tunantes, putas o mendigos,
una sola palabra que no llega, que no puede: siempre,
y “siempre” parece ser el mito inalcanzable de un gobierno
que aspira a tener nombre y apellidos, ciudad de origen,
país y documento nacional de identidad en mi silencio,
parece ser otra leyenda que nos contaron
cuando abríamos los ojos como platos sin sonrojarnos,
y siempre, siempre, siempre la creímos.

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