Muerte de un colibrí

Te oigo a pequeñas briznas de tu boca en el campo,
llegas tras la huella de las nubes en el rostro del cielo
que te vio a mi lado y luego te vio en sus brazos,
te llevo como una fe en el pecho de las aves
que de un extremo a otro surcan tu creciente descaro
al mirarme mientras te miro, al hablarme mientras oigo
tu paso por la hierba de los parques que quedan de tu mano,
en la ciudad que queda de mí como si fuera el esqueleto
de ese otro cuerpo que tumbamos al amarnos.

Te siento como una brisa en mis pulmones
que trae el oxígeno que falta a los desórdenes
de eso que llamas alma porque es capaz de recordarte.

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