La tenaza del viento

La libertad me denigra, entorpece el uso de mis zapatos,
la presunción de los botones de mi camisa,
la protección del suéter recorriendo el desplante a mis costillas
en renovados huesos que me recuerdan.

Día a día, enarbolo su bandera con los años de sus drizas,
la pongo al sol y parezco un macizo más del planeta
que me asienta en sus recodos, amaneciendo incesantemente
tras las barreras que me impone el intocable tejido de su naturaleza.

La libertad me exige como a un reo en su deshonra,
vuelvo a mirarme en los otros, no sea que la imitación me salve
de ese nudo que aprieta en lo más hondo mi propio nombre,
como si fuera el deber de la piqueta en sus muros.

La libertad me fuerza a ser libre, me oprime, me desgarra
en el fruto escaso y tardío de un invierno usurpador,
y me duele; duele descubrir que la libertad no es libre,
que se pierde, que se busca, que se ofende e insiste en el error.

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