Veintiuno

Es el minuto que acaece al despertar
de todas mis ilusiones,
es la marca de mi tiempo, la seña que levanta
mi cuerpo rebosante de calma
cuando medito y dejo que el infierno
asista a su baño de inocua oscuridad;
es el día que amanezco
con una rosa en la garganta que no pincha,
y descubro que existir sirve más
a mi propio desenlace que la propia vida.

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La holgura que me obliga

Comprendo con la idea justa en torno a la estrecha
negación de la columna que sostiene
el cuerpo del conocimiento; observo en todas
las direcciones de mi saber, veo algo mío
en los espacios que intentan dividirme,
veo algo mío aquí, allí y más lejos,
veo que me expando y me contraigo en un infinito
degradado: el espacio me asigna un tiempo
en el despliegue de sus firmes descampados,
y yo me revuelvo en el costillar de mi rebeldía,
y aspiro a respirar más de lo que respiro,
y me ahogo en la búsqueda de ese límite
fantasmagórico que justifica la recurrente
expansión de mi estructura organizada en el vacío.

Soy lo que no deja de ser, y morir es la intención renovada.

Liberación

Grata sorpresa en esta jornada
de animales escondidos,
oigo el zumbido de insectos
revolviéndose en la atmósfera
de las grandes bestias,
grata sorpresa la del sutil contacto
de las alas de la mariposa
en las lindes del aullido
que sopesan ser el filósofo,
o ser la carne entre los huesos
que devoran los hombres
en el plato hondo de su escondrijo.

Grata sorpresa la de esta lluviosa jornada,
agua de mí que cae entre las ramas,
agua de mí llevándome a la ubicuidad del agua,
aire que espera el movimiento de las alas.

Crímenes contra la necedad

No debería existir nada desmedido
que robe a la existencia su medida,
voy a matarte como se mata
a todo lo que no debió existir: con poesía.

No debería seguir entre nosotros
el deseo que arma los tentáculos
bajo esa tierra seca y asfaltada que saliva,
no debería la tragedia del engaño
trazar en los planos del vagabundo
refugio alguno de mentiras,
no debería ser el odio lo contrario
de lo complaciente, sino su cómplice,
pues solamente odiamos aquello
que no pudo ser de nuestro bando.

No debería la ignorancia acomodarnos
a ningún dios que separe el grano de la espiga
o la palabra de su idea, o la vida breve
de su fuerza en esta espiga que ríe, duele y sueña.

No debería morir lo que ya muere
sin matar a las causas de la muerte
en la búsqueda de alguna eternidad: con poesía.

Que nada desmedido hurte nuestras vidas.

La gran evasión

He aquí que podemos ser y no somos.
He aquí que somos los que comemos,
hacemos lo que bebemos;
henos aquí hechos de lo otro,
utilizándonos como objetos,
amando como devotos del adminículo
de existir cuando no amando como perros.

He aquí que podemos ser y no somos.
Porque ser no es un buen producto,
porque no paramos de movernos
y el acto de ser precisa del reposo
que da al movimiento su sitio,
porque nada es si no persiste
cuando nadie nos ve y estamos solos.

He aquí que resisten y mueren,
y viven como puentes
cruzando el curso de sus vidas
para verse ir desde la ribera,
en el mirar separado del hueso
que progresa dentro del fruto,
en otros ojos, en la espera.

Y cuando llegue la muerte,
pocos sabrán quién ha muerto
en esta droga de síntesis
que fue mirar sin ser visto,
porque pocos sabrán si vivieron.