Versión original

Entre cobrizo cuero soy la piel que me falta,
encerrado en el vientre de millones de alumbramientos
me revuelvo y golpeo sus paredes hasta desconcharlas,
atrapado por la exigencia de los añicos
sigo con el mazo de mis días mal despiertos
apurando las noches en vela,
puedo oír al otro lado el ansiado movimiento
que mis entumecidas piernas ocultaron a los años.

Camino con aparatos de acero para mover la hierba,
igual que un autómata recoge el aire yo respiro,
igual que una máquina reúno cada día sus piezas
para parecer piedra sobre piedra erguido,
tierra sobre tierra el polvo infame que me niega,
año sobre año, siglo sobre siglo el olvido.

Y me resisto a ser el verbo aferrado al eco de palabras
en boca de parturientas que no me desearon,
me resisto igual que una bacteria a su antibiótico
en esta cloaca infectada de vida donde me atraparon.

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La adoración

No puedo quedarme frente a las flores,
no puedo permanecer mirando
como un extraño la piel de tus creaciones,
no puedo ser el manto oscuro
de la fría noche que vagamente duerme
sobre los deseos de tu cuerpo,
no puedo quedarme inoportuno
en esta sombra tuya que me persigue
y me aparta de mis convicciones,
no puedo quedarme como un hombre
frente al sexo de mi peso con su ligereza
sin ser afín a ti en mis tendones,
no puedo quedarme solo en tu holgura
y fijar tu sonrisa en pálidos rosetones
como un templo más de todos los que pisas.

La vertical

Cómo no amar, si el amor me prohíbe,
cómo no contemplar en el insidioso espejo
la imagen pretérita de mi voluntad,
cómo no persistir en esta franca retirada,
si vivo para ser nadie en el cortejo
de los hombres a su grabado en piedra,
si vivo para ser nadie en la estrecha morada
de la indumentaria ceñida a su entierro.

Cómo no amar, si el amor me resiste.

Revelación

Si no fuera porque te he visto,
fértil, extensa, indisoluble en el tiempo,
si no fuera por la natural disposición
de mis ojos a verte libre entre los árboles,
cayendo sobre mí con las lenguas de luz
que murmuran tu presencia entre las hojas,
cuando ni el sol ni la luna aciertan
a fijar la luminosidad justa de tu arbolado rostro
sin dañar de oscuridad al resto del bosque,
si no fuera por la disposición de mis ojos
a ver lo que en silencio sueñan
desde que se abrieron a la espera,
si no fuera por la disposición de mis ojos
a verte en cualquier parte,
no te habría visto de esta manera,
preparado, expectante, leal a mi deseo,
si no fuera porque te he visto,
seguiría preguntando al aire de dónde viene,
respirando las preguntas de la belleza
que esconde la razón por la que vivo.

Bajo las alas

Llueve sobre el manto gris que sirve de abrigo
al día insuficiente, ni han tocado los tejados
las inmensas alas del ave fabulosa
con las que cubre en tierra a sus polluelos,
despertamos indefensos,
diminutos bajo el descubierto vacío
en el que negros vaticinios ensombrecen
la curiosidad perversa de la melancolía.

Llueve sobre este frío denso del desasosiego,
las menudas gotas no alcanzan a limpiar
la ropa tiznada que tendemos,
seguimos desnudos, implacablemente sucios,
en ese otro cuerpo tan lejano de un trenzado
de hilos impertinentes que ocupa el sitio
del guerrero despojado de armadura.

Llueve sobre nosotros sin estar bajo la lluvia,
llueven ojos a la deriva, bocas sin corola,
perplejidad, derrota, redención y angustia.

Llueve lo que somos a los ojos del ave fabulosa,
clavo junto a clavo en los puntales del granero:
hambre de nosotros, hambre a toda costa.

La hora llena

Empezamos a morir, con suficiente lentitud,
con justa suficiencia, empezamos a ser la esencia,
el elixir que remueve la hora postergada
del profundo lecho donde dormían las bestias.

Comienza a salir el sol por encima de los huesos,
la carne antes fresca y elástica parece entumecerse,
y la vista cede bajo las alas del cuervo
cuando empezamos a temblar al borde de la extinción.

Junto al hoyo excavado, de profundidad insondable,
es la hora del yunque atado a la frágil vertical,
mientras la maza golpea y golpea
sobre nuestra espalda cárdena sin piedad.

Empezamos a morir, en algún momento,
no se puede vivir sin sentir la nada alguna vez
atravesando la gravedad como el viento
que remueve todo el miedo que creímos ser.

Y dejamos atrás aquel personaje de mullido asiento,
de mullida cama, en mullido engaño
rematando el gesto de la cara frente al espejo.

Empezamos a morir, o alguna vez empezaremos.

Es el gran comienzo.