Poesía

Manso de rabia

Siempre vivo. Aunque arranque de mi piel la vida a pedazos,
miserablemente vivo en su disciplina. Siempre aguanto,
como el germen de mí mismo haciéndose a cada altura,
bien sea hábilmente alzado, o próximo al cimiento del derrumbe.

Siempre siento en la entraña la bilis derramándose
como el recuerdo vil y necesario de mi fluido,
y en esas despierto cada día el contenido,
ávido, azaroso entre las paredes del recipiente,
escarmentado en sus bordes, avanzando el camino
con el paso torpe del vidrio a punto de romperse,
sin tener claro adónde voy, preso del sendero
que me lleva, dentro del estómago: siempre vivo,
aunque la vida no me digiera y me escupa,
y ahíta de asco me recoja con sus guantes
y me deje a un lado, hasta que aprenda a moverme
en el agua, o en el aire, o en la tempestad o el viento.

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La indomable presencia del amor prohibido

Así de cerca, emulando el contacto,
al acecho de todo lo que importa,
te observo, cabalgo, gimo hasta dejarme ir,
y vuelvo a recuperar la pradera
en los cercados de nuestra breve herejía,
cuando ávidamente nos mirábamos
y retirábamos repentinos la mirada
sin que tú y yo termináramos lo que hicimos
al romper todas las reglas.

Así de cerca, emulando el contacto,
nos buscamos en los recodos de uno mismo,
conforme parezca que vivimos uno del otro,
aunque uno y otro muramos en el mismo sitio
que el mundo quiso entre ambos,
a miles de kilómetros, años, tiempo que susurra
al oído sus finas agujas clavando el planeta.

La feliz miseria

Estaba sola, arrancada del aliento del día
con un sarpullido de intenciones malogradas
en derredor; estaba sola, sentada en la silla
clavada, en la posición de siempre,
superpuesta en la vertical de su declive,
mientras los huesos ganaban terreno y la piel seca
se contraía en su amargura, y la hora de la muerte
se apresuraba, y los hijos de la eternidad
jugaban con sus rostros firmes y limpios,
y mentían un poco más al descontarse el año
que aparta a los viejos para creer sus embustes.

A los hijos de la eternidad les diré
que son mal nacidos por su mal morir,
mal vividos por ese mal feliz de engañarse.

También son esos viejos que abandonan.
Es cuestión de tiempo.

Incendiario

En tus brazos ardiendo, tus brazos evitan la quemadura,
como una fiebre soy el precursor de una larga enfermedad
y en tus brazos ardiendo, tus brazos traerán la cura.

Entretanto, el valor sediento se acurruca en tu sombra,
y observa desde la sequedad de este sol abrasador
el vasto horizonte que ha robado el día nuestro de tu obra.

Me falta el aire, siento la temperatura ascender grado a grado
por mi columna, algo arde poco a poco, hace tiempo que no llevo
en mis adentros más que un bosque donde escondo el joven árbol,
hace tiempo que oigo un remoto crepitar de sus ramas en el fuego.

Oigo mis gritos detrás de la madera, buscando mis raíces
en esos brazos que me envuelvan desde la tierra inamovible.

En tus brazos ardiendo, no me quemo, simplemente canto
tembloroso el caudal de los secretos que apagan el incendio
de mi anhelo en tu silencio, ampliamente devastado.