En el puente

Has pasado por su vientre,
a destellos de barrotes de metal
por las frías barandillas de la aurora;
has pasado, como un duende
sobre el macizo suelo que acoge
la falsa huella del pedestal
con el que sueñas a deshoras,
por la vía justa, adherida al tiempo
que la estrecha con sus juicios y condenas.

Has pasado inevitable por la garganta
que frecuenta la lucha encarnizada
del delirio y la cruda montaña,
con tus machos y tus hembras,
con tus jueces y bastardos,
removiendo los flagelos con dureza
entre los extremos del bien y del mal
que te endurecen,
has pasado por tu criba como arena
que levanta con el agua
la sombría silueta sobre el puente.

Y no quieres llegar a tus límites;
pero llegas, y te apartas con espanto
de las ávidas lenguas que te nombran
y te devuelven taciturno a la pasarela.

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Impedancia

Fuerza, fuerza misma, de donde venga,
de la genuina debilidad
que nos inflige el daño severo
y martiriza nuestra resistencia,
ahí te quiero, fuerza; de ese néctar
que nos vuelve dóciles al dolor
y en dolor arreglamos cuentas
con la decadencia, y avanzamos exigentes
a esa imposible nada de la vida
que baña y limpia nuestra suciedad.

Fuerza de la gravedad que opera
en nuestra masa y aguanta sobre el suelo
la insoportable levedad a la que aspira:
fuerza, inevitable ola que me lleva,
fuerza que me atrae y me repele,
océano crispado que saborea la dulzura
de levantar con saña la herida
hasta la natural idiosincrasia de sus perfecciones.

La inquietante paradoja

Qué curiosa es la vida. Extraña en sus atribuciones,
a veces generosas, a veces enfrentadas,
nos lleva de la mano mientras aprendemos
a contar con los dedos nuestros años,
nos arrastra cuando no sabemos la lección
y no acompaña al crecimiento de los huesos
la altura de sus aspirantes huérfanos.

Encoge el hígado y transforma los humores
en un flujo viscoso, difícil, arriesgado,
que impulsa nuestros órganos a través
de un cimiento blando, y crecemos como calzadas
sobre las que pisamos, o como ese rascacielos
desde el cual caeremos por miedo a mirar abajo.

Qué curiosa es la vida. Que nos da el aliento
para seguir hasta la muerte,
muerte que nos une, muerte que se hace adulta
y complica nuestras fórmulas de estudiantes
en sus aulas, tumba abierta desde que jugábamos
a dispararnos en la nuca, cuando no era la nuestra
y las armas eran las instrucciones del juego.

Qué curiosa la vida, que no dura lo suficiente
y no parece terminar nunca.

Sin ti

Y hasta aquí hemos llegado.
Aquí me quedo.
Desaparecido en los resortes de la profusa
maquinaria que mueve tus hélices,
despojado en el torbellino que arrastra mis pesquisas
con el insoportable desdén de tus ojos.
Y no dejo de mirarte, a lo lejos, donde llega el polvo
en que conviertes cada sueño mientras gira.

Me quedo en la vacante de lo nuestro,
poco a poco menos, poco a poco nada,
nada a lo que aferrarse sin perder
la ambición que cargas en mi pecho
como si el corazón fuera el esclavo
de otro siglo con el peso de ahora,
o la victoria de una épica batalla
en la que haga lo que haga,
inexorablemente, puntualmente pierdo.

Hasta aquí hemos llegado: sin ti.
Y poco a poco el tiempo.
Poco a poco este gran desconocido.

Superluna

Tan blanca, tan blanca…, que soy tu punto negro…
Tan grande, tan grande…, que no me veo…
Tan llena, tan llena…, que no hallo en mí nada nuevo…

Deberías saber — por si no lo supieras —
que eres la reina de los ladrones,
que vienes en la noche más oscura
para que tus secuaces,
agazapados tras sus propias sombras,
secunden el esplendor de tus mandatos
y los amantes se apropien del amor,
y los dolientes se apropien del dolor,
y los malvados se apropien del odio,
y el que quiera amar tenga que buscar
su enseña en infinita rabia e infinita pena,
y el que quiera odiar tenga que arrastrar
por tierra infinito amor en indelebles huellas,
y el que quiera penar tenga que llorar
sin encontrar lágrima que valga su existencia.

Debes saberlo, cuando emerges
como una bestia de la oscura complacencia
y picoteas como un cuervo restos humanos
en el descampado de la risa y las promesas.

Tan blanca, tan blanca; tan llena, tan llena,
que somos los oscuros poseedores de la gravedad
con que caemos cada noche a tus tinieblas.

Denso y liviano

Seguiré amando de tu peso en el alba,
como quien ama ver caer
la pluma del cuerpo de la alondra,
seguiré en el mismo oreo
que sustenta mi gravedad,
mientras amo como sueño,
mientras sueño que te amo,
donde quiera que estés sobrevolándome,
bella entre las lunas
que vas llenando al caer de mis tardes.

La trampa de las casualidades

Resulta que ya te tuve cerca.
Que sonabas a través de mis paredes,
como una dulce cita
con la fortuna adelantada de la voz
que describía tu cara, en el papel
donde te escribo
desde que aprendí a crear de la nada,
y de la nada, el amor sería su mejor obra.

Resulta que ya te oía, y casi te veía,
que podíamos mirarnos
sin que tus ojos sospecharan de los míos,
y no sabes cuántas veces
me hiciste sonreír al inventar tu sonrisa,
ni tantas otras enlazar tu mano
con la historia de la mía, amándote
en silencio desde que el sol
me obligó a protegerme de sus rayos,
desde que tuve miedo a pisar
sin borrar cada una de las pisadas
que me hicieron tuya, aunque doliera.

Resulta que creo amarte. Así, de pronto.
Sin saber de qué me llegas,
sin saber por qué me atrapas,
tan solo conociendo la indiscreción
de una puerta entreabierta
por la que presentaste la grácil muestra
de toda tu belleza repentina,
la cualidad imantada de los secretos
que equiparan todo a tu sonrisa,
un poder ya visto en el hallazgo sonoro
que guarda a buen recaudo
toda la melancolía de las imágenes vistas
desde la opacidad de lo inexplicable,
cuando te oía y tu voz degradada
en mosaicos de esperanza y paz prohibida
te pintaban a las puertas de este hombre,
hecho de ti, sin saber si fue por ti o por nada.

Resulta que creo amarte, y engrandeces la fe
después de verte con el mismo rostro
que anunciaba tu voz delicada a través
de las paredes de la delicada estancia del amor.

Resulta que creo amarte.
Así, de pronto.
Igual que se gana y se pierde
en la ruleta de un tramposo.

El intercambio

Déjame amarte sin pedirte perdón,
con derecho a ser el aval de tus ojos
cada vez que pierdan la agudeza
del primer avistamiento,
cuando nos conocimos a mil años
de distancia entre los dos,
déjame pagarte cuando encuentres
a esta transacción su justo precio,
y no decaigas al saber que ningún dios
interpuso tus labios en los míos,
sino las leyes de hombres y mujeres
que dirigen su sangre al mejor corazón.

Déjame amarte sin pedirte perdón,
porque llevo de ti el daño reparado,
bienes más que suficientes
para saldar cualquier deuda
de esto nuestro que acordamos
y otros llaman inútilmente amor.

Mientes, luego existes.

La verdad, siempre la verdad en sus sinónimos,
en ciernes, a refugio en los cobertizos del campo,
cuando habla el pastor a la cañada
y todas las mentiras balan al pasar mirando
a los postigos que dejan ver su indiviso silencio,
escondido en la oscuridad, recóndito,
pero está ahí, a fe de tierra labrada y apero,
porque nada existe sin un gran trabajo.

Así debe ser, silencio y no cualquier silencio:
el suyo, el propio, aunque suene igual que nada,
porque nada es lo más cierto en un mundo
que da vueltas en torno a cualquier eje,
según se levante el pastor de su descanso,
según duerman las cabezas trashumantes.

La verdad recomienda mentir
y la mentira ya no tiene las patas tan cortas.

¿Qué es qué? ¿Quién es quién?
Es un gran dilema.
Mientes, luego existes.

Hora de morir

La vida me arranca de su cómodo asiento
y la herida que dejo supurando,
muere en mí con toda su sangre,
y toda la sangre ha de volver conmigo
después de velar al cadáver
en la caverna olvidada con el fuego encendido,
cuando algo de mí no era más que un hombre,
y no la calidad del producto expuesta al mejor precio.

Que nadie me hable del bien y del mal.
Es hora de morir. Y ya lo estoy haciendo.

Simplemente vivo.