JE SUIS PARIS

Nosotros, que entendemos el dolor ajeno por el valor de una vida, podemos decirlo. Ellos no, los que siegan vidas y exhiben la crueldad por seña de identidad. Ellos son los hijos de la destrucción y buscan en la nada la totalidad de lo que son para entender siquiera algo de su sinrazón.

Qué pena de vida desperdiciada, vivir contra la vida, vivir entre la sangre de otros y el dolor de todos. Si no fueran tan canallas diría que son idiotas, pero son ambas cosas, el canalla que intenta comprender al idiota, el idiota que intenta comprender al canalla. Cualquier engendro menos un ser humano.

Anuncios

2015: EL AÑO DEL CAMBIO ¿POPULISMO O REALIDAD?

Parece pertinente tal propósito a la vista del monótono rosario de iniquidades, bravatas, necedades y otras excrecencias a las que nos tiene tristemente acostumbrados el escenario político en los últimos e interminables años. Los viejos modelos manejan el término de populismo, algo que yo creo nunca existió (no lo encuentro en la RAE) salvo para aquellos que lo acuñaron para acomodar la democracia a sus intereses y no a los del pueblo que representan.

Entre la vieja guardia me cuesta ver otro programa que no sea el sistemático ataque hacia lo diferente. Me recuerdan a esos pueblos colonizadores que después de la descolonización no dudaban en tachar de raza inferior a aquellos que por ser diferentes amenazaban la hegemonía blanca hasta entonces imperturbable por la fuerza disuasoria de látigos y mosquetones. Defienden la democracia mientras en el juego no participe ninguna otra fuerza que rompa los moldes levantados durante décadas por los intereses económicos y financieros a los que han venido sirviendo con diligencia. A mi juicio, el pueblo únicamente ha servido para componer unas siglas o elaborar un discurso que obviara la participación del mismo para no asumir riesgos durante el mandato, de tal suerte que las personas no han tenido más valor político que la papeleta que entra en una urna. Cómo si no, se puede gobernar dando la espalda a millones de personas que acuden a comedores sociales, a sabiendas de que todas ellas no perciben ningún ingreso; cómo si no, se puede gobernar a espaldas de miles de personas que no pudiendo pagar la hipoteca son arrastradas literalmente a la calle por el rigor en la aplicación de leyes casi medievales, cómo se puede defender la familia y por otro lado desprotegerla; cómo si no, puede el gobernante apelar continuamente al bien común y por otro lado legislar su indefensión, y, cómo si no, el partido político en el gobierno puede calificar de populismo a otro partido que defiende un marco más amplio de democracia y de protección social y por otro lado ejercer el electoralismo aprobando medidas a unos meses de las elecciones que benefician a unos pocos pero vienen arropadas por una importante repercusión mediática, sobre todo en los medios afines a su ideología. Y visto lo visto, ¿quién me asegura que si volvieran a gobernar los mismos todas las prebendas otorgadas durante la carrera electoral no serán compensadas con nuevos recortes diseñados taimadamente en jugadas de trilero?. Es difícil buscar consistencia y solidez en comportamientos contradictorios, muy difícil encontrar solvencia donde hay oportunismo y se suavizan de cara a la galeria propuestas hasta entonces impopulares o se intenta parecer a esos otros que semana tras semana consiguen acrecentar el respaldo ciudadano.

Yo no sé si Podemos o cualquier otra nueva fuerza emergente tiene la solución para conducir al país por la senda del progreso. No tengo la certeza y no poseo el bagaje técnico o teórico para poder debatir, sólo la convicción en la política social como factor ineludible de progreso. Lo que sí sé es que hay máximo interés en difundir un discurso del miedo frente a cualquier otro argumento positivo dirigido a convencer y no a coartar, y cuando esto ocurre es porque algo puede cambiar y los que están se ven incapaces de aportar ya nada nuevo.

Creo que este año es un año particularmente apasionante pues, frente al baile de cifras que se ofrecen como runas de un cambio venidero, llegan las personas que reivindican la realidad de un gobierno para el que la gente no sea un número. Llega el cambio, no el parche, no el envoltorio ni la reculada sino el nuevo tiempo donde el dinero esté al servicio de la gente y no la gente al servicio del dinero, como si fuera la mera gráfica de un balance.

PODEMOS, CLARO QUE SÍ.

Creí que estas cosas no ocurrían aquí, que tendría que creer de los libros en vidas que asumieron un riesgo para servir a otras vidas y por su atrevimiento frente al poder dominante fueron perseguidas o vilipendiadas, y en los peores escenarios torturadas o asesinadas, para convertirse a la postre en mártires, héroes, o referencias de una lucha que inspirarían retos futuros, nuevas épicas de la vieja contienda entre el poder y sus tributarios. Parece la vieja historia, la historia del pueblo levantándose de alguna manera contra los tejemanejes del poder, pero lo que ocurre en estos acontecimientos cíclicos, con el amanecer de líderes capaces de llevar tras de sí el despertar de una fuerza hasta entonces aletargada en la hipnosis colectiva del sufragio universal y las rebajas, es que lo viejo es lo que no termina de morir y ciclo tras ciclo se renueva y cambia de vestimenta para vendernos al demócrata o al filántropo en la hechura de una modernidad conjeturable que mantiene engañado al pueblo; y lo nuevo, es la gente que de repente resurge de su monótona insubstancialidad y ya no son aquéllos que andaban por ahí, somos nosotros, porque han dejado su anonimato para transformarse en ti y en mí, y con las manos vacías y voz en grito dicen basta, y en las calles se arman de paz, se arman de argumento, y son convincentes. Y creen que otro mundo es posible, claro que sí, ¿por qué tenemos que esperar algo de esos otros somnolientos que duermen en las mieles del triunfo electoral y buscan la misma almohada una y otra vez para despertar a la cruda realidad de un país que necesita comer? ¿cuánto tiempo tenemos que esperar para que algo cambie? Sí, para que la riqueza sirva al hombre y no el hombre a la riqueza; para que la política sirva al hombre y no el hombre a la política o a los intereses económicos de la política.

Pablo Iglesias, afortunadamente en otro contexto alejado de la sombra de torturas y condenas sumarias, es ese líder al que ahora persiguen desde la difamación estos mismos a los que ya no les sienta bien el traje, seguramente porque se han quedado en calzoncillos y su apariencia ya no consigue calar en la ingenuidad del vulgo, ni mucho menos crear adeptos con las soflamas de una retórica tan elegante como inverosímil a esta altura del juego.

Independientemente de las acusaciones que se vierten contra él, lo que parece evidente es la urgencia existente por encima del valor informativo de culpabilizar y marcar al individuo; algo que dice mucho a favor de Pablo pues parece que va en el buen camino. Su mensaje, lejos de ser populista, es de una obviedad axial que ha dejado en evidencia la indiferencia, la incompetencia o la premeditación de quienes gobiernan en favor de minorías y dejan las sobras a los que representan. Que todos vivamos con la dignidad del derecho a vivir no me parece populista, me parece una necesidad social, un país empobrecido nunca puede ser un país de oportunidades, un país sin oportunidades es un país sin capacidad de crecimiento, y un país que no crece por su propia fuerza es un país en venta.

Sin duda de aquí a las elecciones asistiremos a campañas que tratarán de distorsionar la imagen de quien parece estar llamado a ser el líder europeo del cambio desde la izquierda. No sé hasta dónde llegará, no sé si será una realidad y no otra cortina de humo; pero sabemos más de él que de cualquier otro: es lo nuevo, y como mínimo hay que darle las gracias por intentarlo.

RED DE REDES

El uso de las redes sociales ha suscitado una cuestión en la opinión pública, o al menos, en el mass media que nutre la opinión pública: ¿se debe regular la libertad de expresión? y, a continuación añado, al fin ¿se debe regular la libertad individual?, y, en caso afirmativo, ¿qué queremos decir cuando hablamos de ‘regular’? ¿perseguir? ¿perseguir qué?¿establecer un orden en el uso de nuestra libertad? ¿cómo se puede ordenar la libertad individual? Parece un contrasentido, pues el ejercicio de la libertad individual demanda su propio orden o de lo contrario no podría hablarse de la libertad del individuo. De tal modo, que tratar de controlar la libertad viene a ser como tratar de controlar el individuo (su voluntad), y, tratar de controlar al individuo conduce al fin ineluctable de un hombre no libre, algo así como un instrumento del poder porque la restricción de la libertad únicamente puede proceder de una fuerza mayor con capacidad de sofocar o domeñar cualquier resistencia que malogre sus objetivos. Podemos crear leyes para organizar la convivencia entre hombres libres, pero cuando se trata de tocar la libertad individual, la estamos negando. Personalmente, es muy degradante encontrar en las redes sociales insultos y amenazas, pero sobre todo, debe ser degradante para el individuo que las profiere, y es degradante para el resto cuando se perfila la sombra de la prohibición porque ¿quén establecerá el límite y cómo? Limitar la libertad de expresión nos aboca a una suerte de subjetividad interpretable en la determinación de esos límites, y propicia una situación de indefensión para todos aquellos que queremos expresarnos del modo que entendemos en cada momento sin tener que sentirnos inmersos en un Big Brother al más puro estilo Orwelliano. Creo que si damos portada y pábulo a la desfachatez, a la barbarie y en muchos casos al fantochismo mediante persecuciones sumarísimas, sólo trasladaremos el problema a cotas de una gravedad insospechada; al final, el supuesto hombre libre acabará atrapado en una red de redes y un hombre atrapado es un hombre que buscará una salida desde su clandestinidad. Haremos bien en conocer al bárbaro, pero ¿qué mejor forma de conocerlo que permitiendo que se exprese? o preferimos el curso subterráneo y alevoso de la comisión de un delito. Si alguien es verdaderamente peligroso lo será se exprese o no; si alguien desea hacer daño, lo hará se exprese o no: porque el problema no es que un individuo se exprese, el problema es que hay una sociedad doliente de la que todos somos responsables y principalmente los poderes públicos, por no realizar políticas que resuelvan los conflictos y las dificultades que plantea la convivencia colectiva, por no estar cerca del ciudadano y verlo únicamente como un número que tributa y participa en la elección de las candidaturas al poder, y por dedicarse a alimentar la crispación atacando al contrario en lugar de explicar su programa ideológico. El problema no es que un determinado perfil se exprese infectando la red de sus vómitos o arcadas mentales, el verdadero problema es que haya alguien capaz de pensar así (o incluso de no pensar) pero a eso nadie le importa, es más fácil perseguir, condenar y de paso recaudar. Será a esto lo que llaman ‘regular’.

Por cierto, nunca me gustó ninguna red, creo que son buenas para pescar.

POLÍTICA

Cuando reflexiono sobre el incendiario panorama político actual me viene a la cabeza el neolítico, y creo que debe ser porque la sociedad, tan intrincada y fragmentaria en su complejidad, ha experimentado un peligroso descenso a lo rudimentario (al rudimento). Bastaron unas decadas para tirar al suelo, como si fuera un sedimento más en nuestra geología, miles de años de evolución desde que el hombre dejó de ser aquel animal bípedo que vagaba en pequeños grupos de una parte a otra del viejo continente en busca de caza para sobrevivir. Es a partir del neolítico cuando el hombre aprende a convivir con el otro y es capaz de trabajar en grupo, organizarse y desarrollar fórmulas de producción en beneficio de la comunidad, así surgieron los primeros agricultores y ganaderos, un salto enorme en la evolución que marca el comienzo del ciclo histórico hasta llegar a nuestros días.

Pues bien, una vez leí una frase de Hegel: «todo lo que el hombre puede aprender de la historia, es que el hombre no aprende nada de ella» , esta frase ha permanecido en mí casi como un mantra, y , quizá explique mi regreso dialéctico al neolítico. Se podría aprender algo si existiesen elementos ajenos al devenir que transcendieran el cómputo de los hechos y permanecieran a modo de baliza a lo largo del tiempo y del espacio, sin embargo, la historia podría considerarse como el resultado de la acción del hombre en su lucha por entender y superar los conflictos interpersonales propios de la convivencia en diferentes formas de sociedad; en tanto que resultado hablamos de hechos y el hecho no tiene continuidad, nunca llegaremos a conocer desde la historia las razones verdaderas que motivaron y suscitaron los acontecimientos, y, de los que podríamos valernos para anticipar un futuro. Dicho de otro modo, mientras nuestros análisis sigan apoyándose en constantes porque el hecho concreto y concluído que ofrece la historia corresponde a variables que sólo pueden adoptar un único valor, la dinámica social seguirá siendo igualmente constante en su comportamiento y la única utilidad que encontraremos en la historia será la opiácea condena a repetir la misma historia.

Siento entrar en contradicción con los que piensan que el conocimiento de la historia nos previene de que se repita. En España hubo una guerra civil, por ejemplo, y mal que me pese, parece que no la hemos superado pues la sociedad en su memoria colectiva se mantiene dividida en dos facciones que siguen apelando a rancios discursos, casi arqueológicos, o bíblicos para el bando más a la derecha. El caso es que viendo lo que pasa en el mundo, siguen reproduciéndose los mismos argumentos para excusar guerras que se esgrimían para justificar otras del siglo anterior e incluso más atrás en el tiempo. La territorialidad continua dominando el cataclismo, a la par que el afán de poder y la ambición desmedida. Bajo la férula de creer que el hombre puede ser más que un hombre, se está olvidando, y es tratado como un medio para un fin, sin más valor que la pieza que hace funcionar la maquinaria, siempre prescindible y reemplazable. La vida humana pasa a ser un accidente y el accidente pasa a ser el sentido de la existencia personal, la riqueza y el poder-religión pasan a copar el puesto más alto en la pirámide de la evolución en detrimento de la conciencia.

Y no quiero extenderme más, porque esto es un blog y éste que escribe un “reflexionador” que apuntará a alguna parte. Nada más me queda cerrar el círculo y diré que la sociedad moderna, de alguna manera, ha vuelto al neolítico. Todos estos años de modernidad han servido para que al albur de ese movimiento de culto a la propiedad, el capitalismo, el hombre se haya dispersado en cada uno de sus objetos de culto, perdido su sintonía y capitalizado la individualidad hasta la disgregación más perniciosa del elemento diferencial humano, y tan presente en su historia, la haya repetido.

Una vez más, nos encontramos en la encrucijada de tener que abandonar el nomadismo del individuo exigido y oprimido para volver a constituirnos en grupo capaz de organizarse para buscar la mejor solución colectiva a los conflictos, la sociedad del bien común. La política hoy es la plataforma en la que el individuo aprende a cazar, y no a cultivar. Olvidemos la historia, y en su lugar, aprendamos a entender al hombre mirándole a los ojos, porque ahí está la causa y su antídoto.

LA INDEPENDENCIA

¿Quién la busca? La encontraremos en nuestro propio coche, quizá; en el vehículo en el que podremos desplazarnos a cualquier lugar siempre que el combustible y la mecánica lo permitan. O tal vez, en la propia casa o en el propio qué sé yo, cualquier oscuro objeto de deseo que nos condujo a plantear la necesidad de satisfacer sus demandas como la vía para sentirnos libres, y cubrir ese tramo del camino en el cual nos enredamos y no supimos avanzar por nuestro propio pie durante el uso de nuestra absoluta, peregrina o imprecisa voluntad. Es cierto que la práctica de elegir, sopesar, decidir y crear, cuanto más asidua y acertada, mayores son las oportunidades de expresarnos y por tanto, de manifestar lo que somos en lo que buscamos. En la comunicación reside el diálogo entre el ser y el no-ser; sin ella, proyectada en nuestros actos, pensamientos, sensibilidades, o en nuestras dudas, seríamos como hojas empujadas por el remolino en cualquier tarde apática de otoño, hombres sin voluntad, autómatas dirigidos o impelidos por fuerzas externas, exactamente lo que lleva ocurriendo en las sociedades modernas desde que alguien se dio cuenta de que vivir era un negocio y creyó en él. A partir de ese momento crucial en la evolución de las sociedades el hombre pasó a ser reconocido como contribuyente o ciudadano cabal, el perfecto alfeñique sobre el que practicar la expresión del poder y dominar fuera lo que no pudo dominarse dentro: la ambición, la avaricia, la frustración o la pequeñez en un mundo de gigantes.

Después, llegó el intelectual de botica y aleccionó a sus congéneres sobre el arte de ser independiente teniendo esto o aquello, haciendo esto y no aquello, comprando aquí, vendiendo allá, adulando a según quien, despreciando o menospreciando a los que no convienen a nuestro asunto, y el ciudadano medio – nuevo grado, no bastaba con ser ciudadano a secas – comenzó a relamerse por ese coche de color metalizado, de asientos abatibles y con dirección asistida para no dejarse el supinador largo del antebrazo en su afán por vender cara la velocidad en las curvas. Quiso intimidad para que no le robasen el nuevo papelón de ciudadano respetable o de héroe del asfalto, o de ejecutivo infalible, o de tantas cosas que convenían a la publicidad de los grandes mercados que se ofrecían en el mass media, y se compró el pisito en el que encerrarse y con el que hipotecar su vida, y, no contento con eso decidió que era el momento de intervenir en lo único que podía poner en duda su entredicho por insatisfecho, camino: la moral. Y en el ejercicio de su idolatría él y otros colegas de tribuna se dispusieron a legislar sobre la moral, a dictar lo que era bueno y lo que era malo, y a la ambición desmedida la tacharón de libertad y a la necesidad humana, de miseria. Y no contentos con eso, para que su moral pudiese calar bien hondo en los indecisos, decidieron servirse de la manipulación emocional y utilizaron en su lenguaje atinados golpes con los que inutilizar el juicio crítico y posibilitar que la amígdala aprobará su ideario y actuara sin pasar por el neocórtex.

Así que, si te compras el coche, y buscas tu casa, y te afanas por conquistar a la mujer o al hombre que debe ocupar ese espacio, ¿quién lo quiere? ¿quién se expresa? ¿tú? ¿o aquellos que te han dominado desde el momento que viniste al mundo y te asignaron la etiqueta que más les convenía?

No son las ruedas las que deben llevarte adonde quieres, sino tus piernas. No son los libros los que deben pensar por ti, ni las doctrinas, ni las ideologías, ni mucho menos los dogmas, sino la voluntad de comprender y encontrar una respuesta. Todo empieza en la voluntad, la que conoce y persigue conocer el mayor misterio de la humanidad: el propio ser humano, su encrucijada, sus debilidades y sus habilidades, porque esa es la única voluntad que puede ser verdaderamente nuestra. La independencia es un acto de ser, una actitud, un convencimiento, el interludio en la composición de la música que subyace a cada mensaje que somos capaces de transmitir para el bien de la vida que nos alienta a seguir a pesar de todo y de todos. La independencia, como la libertad, resiste dentro, en nuestra mente, en lo más profundo de ella, e incluso, en lo más profundo de esa profundidad que no parece tener fin, como la creatividad misma, más allá de la vida, en la propia pregunta.

Yo dejaría el coche y seguiría andando el resto del camino. Como decía Lao Tse en el Tao Te King:

«Quien conoce a los demás, es sensato. Quien se conoce a sí mismo, es sabio. Quien vence a otros, es fuerte. Quien se vence a sí mismo, es poderoso. Quien consigue sus propósitos, es voluntarioso. Quien se contenta con lo que tiene, es rico. Quien no abandona su puesto, es perseverante. Quien no muere ni siquiera con la muerte, posee la Vida.»

«El eterno sentido es la simplicidad sin nombre. Aunque es pequeño, el mundo no osa avasallarlo. Si príncipes y reyes supieran atenerse a él, todo sería tan adaptable como un invitado. Se unirían cielo y tierra y dejarían caer un grato rocío. El pueblo, sin que se lo ordenase nada, recobraría la armonía. El afán de estructurar engendra los nombres. Todo nombre desemboca en el Ser, porque allí todo debe detenerse. Sabiendo dónde parar, ningún peligro se corre. La relación entre sentido y mundo es comparable a los arroyos de la sierra, que se derraman en las corrientes, y a los ríos del valle, que se arrojan al mar»

Esto es el verdadero poder. Todo lo demás, es una enfermedad que transmiten los parásitos.

Quién puede amar eternamente

Qué es la muerte sino aquello que hemos aprendido a enterrar en lo más oscuro y tétrico de nuestro ser, en el mismo rango que cualquier otra abominable amenaza a nuestra ilusoria perpetuidad. Qué es el amor sino la búsqueda de la eternidad para restar al absoluto de cualquier duda que pueda acercarnos a nuestros límites más sombríos. Amor y muerte son dos conceptos que se buscan, morimos por amor, amamos hasta la muerte, e incluso más allá de ella porque no queremos que esa experiencia acabe, pero la muerte siempre figura en nuestro discurso más secreto como si fuera el estribo sin el cual nos es imposible trascender la naturaleza misma, lo inevitable.

Me pregunto cuántos morirían por amor como dicen, y hasta qué punto la frase no deja de ser una frase, una declaración de intenciones espoleada por las pasiones, las ataduras o apegos sobre los que asentamos las bases de nuestra aparente vida normal. Pero, por otro lado, qué otra salida le queda a la propia muerte si no es la aceptación de nuestro destino y junto a él, el único sentido que le queda al término de nuestras vidas: amar. Supongo que amar y morir son las dos caras de la moneda que echamos a suerte cuando nos sometemos a los avatares de nuestra existencia, salga la cara que salga detrás está la otra que completa nuestro pago. Dicho esto, podríamos concluir que la vida sin amor no es posible porque no es posible vivir eternamente: si no estuviéramos condenados a un fin, ¿tendría sentido el valor de lo que entendemos por amor en una pareja?; si no viéramos ese fin aproximarse en los acontecimientos de los que somos testigos en mayor o menor distancia, o incluso sus protagonistas, ¿tendría sentido prolongar nada?; si no viéramos en la belleza que se muestra ante nuestros sentidos el fin inmediato junto a su emergencia, ¿tendría sentido buscar su eternidad?. Dicho de otro modo, si no amáramos, ¿tendría sentido buscar la eternidad?.

Quizá necesitamos esa moneda de la que hablaba para poder satisfacer el precio de una vida dedicada a recrear la belleza hasta cotas insospechadas por el hombre, y es que, gracias a esa pretensión de vivir sin fin manifiesta en la sensibilidad humana a través de vehículos como el arte o el carácter del individuo, casi lo hemos conseguido, cada vez que somos capaces de fundirnos en un beso como si esos labios fueran todo lo que existe, si no hay nada más después de algo así, si no hay nada después que permita señalar el final ¿quién puede decir que la vida puede acabarse?. Cada momento mágico es único y de esa unicidad parte el sentido equivocado y trágico de lo que entendemos por muerte, pero no es muerte, se trata de algo único que nunca podríamos repetir y, por tanto, nunca podremos echarlo en falta, cada experiencia vital se ofrece para ser irrepetible. Por eso nosotros nos vamos, pero la belleza continúa gestándose, creciendo, multiplicándose y superándose porque se nutre de lo singular como elemento inspirador de lo trascendente. Qué es morir sino contribuir a la belleza que encierra toda existencia, incluso la propia muerte, un nuevo compás que completa el ritmo de la vida. Amar sin miedo a morir, morir sin miedo a amar, en este cruce de caminos se encuentra el sentido de la propia vida, el secreto por desvelar, nuestra inspiración para crear el nuevo orden de la evolución humana. El instante es eterno en sí mismo porque no persigue su continuidad.

LA CONJURA INICIÁTICA

Los años pasan casi sin decir adiós si no fuera por nosotros. Salvo por esa diferencia que marca la celebración de un fin de año, los días parecerían continuarse uno tras otro, indiferentes a nuestra percepción del tiempo tan parecida a la eternidad. Sin embargo, una vez más, nos encontramos ante esa encrucijada del hombre moderno, la celebración para conjurar el año moribundo en el aquelarre de su última noche y pedir a nuestro daemon – poder superior de naturaleza divina que orientaba a Sócrates – que los días del próximo transcurran vigorosos y agradables a nuestros sentidos. Quizá, el fin de año sea uno de esos raros acontecimientos en que deseamos que el tiempo tenga nombre y un término, se detenga en su legítima pretensión de sobrevivir, para comenzar un nuevo ciclo que deseche aquello que hasta ese segundo cero del último son de la medianoche nos sirvió mal, y en cambio, renueve la esperanza de que ese error en el cálculo de nuestra felicidad no volverá a repetirse. Como si el tiempo estuviera repartido entre los vástagos de una madre fértil e intemporal, ajena al destino perecedero e infausto de su descendencia.

Desde que el hombre es hombre y escribe la historia ha dedicado parte de su esfuerzo a medir y organizar el tiempo (su tiempo de trabajo, tiempo de ocio, tiempo de una meta, tiempo y más tiempo para salir el sol y que se ponga, tiempo para llegar a tiempo etc), a localizarse en él como una forma de conjuro para espantar los malos augurios. El tiempo que puede medirse puede utilizarse y esto confiere al individuo una sensación de poder sobre el objeto, lo cosifica y pierde la capacidad de abstracción de la que se nutre la inseguridad por lo desconocido. El primer paso para enfrentar el miedo que nos produce una amenaza es poder reconocerla, localizarla en el mapa para encontrar la salida de emergencia. No tenemos miedo a ser devorados por un león porque sabemos que está enjaulado o debidamente custodiado lejos de nuestro ambiente, otra cosa sería su supiéramos de buen grado que por nuestras calles anda suelto uno. Nuestros antepasados en la escala evolutiva aprendieron a dominar el miedo porque vivían expuestos a esa emoción, el miedo era necesario para sobrevivir. Nosotros, desde la posición que nos otorga la aparente vida normal del salón de nuestra casa, frente al televisor o cualquier otro artilugio que distraiga nuestras mentes, dedicamos el aparente recorrido interminable de nuestra búsqueda vital a crear situaciones que eviten en lo posible un conflicto con el tiempo, un riesgo que nos aboque a considerar un final.

De vez en cuando, como en estas fechas, buscamos a nuestro daemon, lo sentamos frente a las felices copas de vino, lo compartimos para dotarlo de fuerza, escudriñamos en la lejanía esos sueños que parecieron resistirse, esbozamos un gesto de complicidad con el rictus todavía frágil de nuestra sonrisa, y persignamos la mesa con un brindis para que nuestras alegrías nos lleven como aguas procelosas de un río caudaloso a su alegre también, desembocadura. Y pese al empeño del hombre en controlar el tiempo, demostramos que el tiempo nos sigue controlando y nos introduce en sus fauces para devorarnos, pues al fin no hemos hecho más que seguir los dictados de su voracidad –parar y tener prisa – y lo que hicimos fue hecho porque era el tiempo de hacerlo, y lo que no hicimos fue porque llegamos tarde.

Que la felicidad llegue a nuestros corazones como sea, cuando sea, y donde sea. Sea bienvenido el nuevo año.

EL OCASO DEL TIEMPO

Es el tiempo, ahora sí: el tiempo de escucharme, de silenciar cualquier forma de participación extraña en el discurso sonoro del perfecto silencio frente a la persistencia del mundo en su devoción al caos, como esa parte del universo prístino que asomó su cabeza de entre los pedazos que aún expande el big bang.

Me asiste Bach, y tal vez, una ventana que me acerca la vida detenida; quiero estar vivo pero sólo lo parezco, me siento a esperar y no hay nada que despierte el interés por ninguna alternativa; una parte de mí – una parte de algo – acude en mi auxilio a una esperanza que parece golpearse con los acordes del adagio del concierto para piano y cuerda en re menor que tratan de sonar conmigo. Lo que intento hacer se mantiene al margen de cualquier manifestación de equilibrio, como si la armonía fuese la declamación del maleficio del demonio interior que pretende usurpar la identidad trágica en la que me siento libre de sucumbir a las derrotas de la felicidad.

Busco vivir pero en la búsqueda aún sigo inerte. Quizá la búsqueda es el objeto de la desazón en la que me sumerjo, quizá el tiempo de escucharme no sea más que el tiempo de esperarme sin saber exactamente qué cosa soy ni el sentido de lo que he venido a hacer a esta vida capaz de expresar la grandiosidad de su belleza con la misma contundencia con que refleja la crueldad más sofisticada: ¿cómo esperar algo cuyo aspecto desconozco? o peor, ¿cómo esperar algo en un mundo tan inverosimil?.

Sigue sonando Bach y la ventana escucha ese adormecimiento del mal al otro lado; me siento seguro y, quizá sea la seguridad la causa de este sopor que me conduce a creer que estoy vivo y la creencia a la vivencia de mi relatividad, de mi insuficiencia en el esquema de ese artefacto que los monstruos del orden convinieron en llamar sociedad. Quizá sea conveniente salir, sin más. Respirar. Y cuando digo salir no digo abrir la puerta y confundirse con la multitud, sino salir, dejar todo lo que puede sujetarme, detenerme, limitarme, coartarme, definirme o intimidarme; no soy el modelo que a diario lleva corbata y plancha sus camisas; no soy el modelo que a diario busca despuntar, significarse en el maná de los significados al que nos tienen acostumbrados los adoradores del yo; no soy el anti-yo que es otra forma de no-ser al que nos tiene acostumbrados la insoportabilidad de ser lo que otros imponen con sus prácticas de aislamiento; no soy la pretensión de los pretenciosos, ni el deber de los rectos, ni el derecho de los pobres, ni la libertad de los oprimidos. No soy el nombre en el que se detienen las legítimas aspiraciones del ser humano ni soy la palabra que torpemente da voz al mensaje silenciado, porque nadie puede ser el instrumento de ser.

Soy aquí y ahora, y eso no tengo que buscarlo, ni esperarlo ni esperanzarlo, ni soñarlo, ni sofisticarlo, ni apropiármelo. Sigue sonando Bach, y ahora lo escucho.

MÍO

Mi dinero, mi coche, mi moto, mi perro, mi casa; mi mujer, mi hijo, mi marido, mi chica, mi chico, mi madre, mi padre, mi familia, mi amor; mi sitio, mi tiempo, mi vida, mi honor, mi deber, mi derecho, mi verdad, mi mérito, y así indefinidamente, mientras haya algo que quepa en nuestras manos y podamos llevárnoslo a la boca para, de alguna manera, deglutirlo.

Probablemente, esta partícula del adjetivo o pronombre posesivo, sea junto con «tú» y «yo» de los elementos del lenguaje más utilizados en nuestra cotidianidad. Una de las trampas del lenguaje ha sido servir a la comunicación indiscriminada, a la labor de divulgar tanto las debilidades como las extravagancias, vilezas, atrevimientos o presunciones del hombre de la civilización. El lenguaje ha sido modulado por la resistencia a la evolución en el marco de la convivencia social, de modo que han prevalecido aquellas interpretaciones ligadas al discurso de los estratos dominantes (político, patriarcal, paterno-filial, grupal, familiar, y de cualquier índole jerárquica, en general) que acostumbran ser los más reticentes al cambio. Así, el sentido de la propiedad que ha caracterizado la pujanza entre aquellos colectivos y conciencias sujetos a las leyes del mercado – la lucha por ideales materiales de felicidad -, ha permanecido impresionado en las bases subconscientes que rigen el uso y entendimiento de la herramienta con la que nos comunicamos, pues la necesidad inconsciente de mantener los cimientos del anhelo de control (grado de poder) ha exigido una transmisión leal para apartar del camino a sediciosos de la programación neurolingüistica que pudieran desviar la atención a otros discursos menos lucrativos.

En la sociedad actual, lo mío, ha dejado de ser de uso convencional para convertirse en una parte substancial de la semántica, se ha cosificado para ser una entidad fuera de toda discusión. Digamos que se han invertido los papeles: el lenguaje ha pasado de ser un instrumento de comunicación al servicio de la dialéctica, para convertirse en el centro al que sirve un pensamiento atrincherado y necesitado de coherencia interna. Sin quererlo, el ansia por alcanzar el ideal de la felicidad – acentuado por los modelos sociales más constringentes que esta misma ambición impone, como la pescadilla que se muerde la cola, y que malogra la seguridad de las mayorías en favor de minorías – ha pervertido el lenguaje al que sirve, y lo mío adquiere carta de naturaleza cualquiera que sea el elemento que lo sigue, ya hablemos de cosa, persona o animal. Todo es susceptible de ser apropiado por la ambición, y justificado por el lenguaje.

El pensamiento que ciegamente se aferra al lenguaje conduce a la cultura del dogma, a fórmulas rígidas e inamovibles que tratan de evitar su cuestionamiento. El concepto de libertad, en los casos concretos del abuso de «lo mío» o del «yo», es sólo una palabra en un esquema gramatical que ha dejado paso y peso a la adjetivación y nominalización de su influencia, a constituirse en oración y retórica que garantice la prevalencia del propietario sobre la propiedad, del individuo frente a la conciencia colectiva, del estar frente al ser, de la manipulación frente a la colaboración. En esta línea, sirviéndome del ejemplo más claro en nuestros días, al decir «mi mujer», más importante que la mujer es el sentido de ser mía, y esta idea de propiedad queda imbricada en el argumentario interno que subyace a la conducta de muchos quienes otorgan a la mujer un valor utilitario.

Quizá, cuando nos demos cuenta de que aquello que nos afanamos por poseer es sólo el absurdo que nos ha poseído desde el momento que lo perseguimos, podremos ser más libres para pensar, más inteligentes para decidir y más comprometidos con el entorno, y dar una utilidad a las cosas y a nuestras relaciones mucho más entusiasta, natural y fructifera. Es bueno tomar conciencia del peso que tiene el significado de lo que hablamos en nuestra rutina para poder dar al lenguaje su propio respiro, y sobre todo, para poder dotarlo de sentido. En la medida que llega oxígeno a nuestra expresividad, también nuestra mente se oxigena y podrá construir un pensamiento más libre, coherente y responsable. Al fin y al cabo – y es bien sabido – en la medida que nuestro papel en los entresijos de la vida es provisional, pues nacemos para vivir brevemente, nada nos podemos llevar y nada nos pertenece.