La rivalidad

Se cierne en su mausoleo, opípara, redundante,
al resguardo de sus propias defensas;
observa precavida el movimiento,
señala con bordón las barbas del horizonte
cuando el sol sale con el primer temblor
de sus sedimentos bajo la corteza musculada,
se cierne como un rey depuesto ante el vasallaje
de un mediocre reino de pobres batallas,
golpe a golpe en la misma herida,
daño a daño con la misma sangre
de la voluntad contraída por la paradoja:
estar vivo en el seno de la amenaza
de una muerte segura, entre dos enemigos
bajo el mismo fuego de su carnaza;
morir a cada lado de una delgada línea roja
que separa la ignorancia de su discusión,
disparando, combatiendo, razonando,
sintiendo, abreviando la humana víscera
en la humana aspiración a ser más que humana.

Pobres deidades corrompiendo el foso del castillo
que otrora levantara la fuerza del tropismo,
ahora símbolo, ruina, empuñadura de otro siglo.

Ahora, preguntas sin respuesta al galope en nuestros campos.

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Cloroformo

Cinco partes de edulcorante,
tres de alucinógenos,
y tres más de estimulante
diluidas en hipocresía soberana.

Se da vueltas con cucharilla de plata
o se agita con nerviosismo,
se bebe a sorbos, con la sed de la saña,
poco a poco se traga y nada se come,
poco a poco parece y sólo suyo parece
y el hambre se adhiere con sus babas,
poco a poco quema y arde el corazón
en la severidad de una cueva intacta.

Cinco partes en endulzada voz
que se arma insidiosa de embuste
y dispara relatos de fervor
hincando las rodillas en el otro,
perorando como momias al sol
la diatriba de vidas honorables
mientras escucha el alcanfor
en el armario de ropas colgadas.

Duermen en azules sábanas,
sueñan con espumillones
junto a la delgada llama
del fuego que esconden,
sueñan entre nubes que se salvan
cuando quema la verdad
tras ese yo bien digo y ellos callan.

Y si no callan caerá el estúpido lingotazo
en el garguero o cinco partes más de azúcar
y tres culpables en el paladar amargo,
tragar, tragar despacio y bailar la rumba.

La escuela de idiotas sigue funcionando,
sale a cuenta mentir con desvergüenza,
nuevas promociones salen cada año.

Dulce presencia

Es amar la única forma de llegar
a esos ojos de tu mirada tibia,
dime si no cómo hacerte mirar
a estos otros que no te olvidan
y esbozan otra realidad
en la caverna de sus mentiras,
como que no existes sin soñar,
como que eres algo mía.

Desolación

Son las diez de la noche y no vuelve,
fuera crepitan madejas de yerbajos
a su paso por la fría soledad de los caminos,
nadie es el reino de la calle desarmada,
la corona del tirano levanta sus puntas
hasta clavar su veneno en alas descuidadas,
nadie llama a la puerta, nadie pregunta,
nadie dice, nadie calla, nadie vive aquí,
suena el teléfono y nadie levanta el auricular,
fuera crepitan las nubes al paso de los coches,
la espera se eriza y erosiona el torso,
los párpados caen como persianas
en el hogar adonde nadie regresa,
nadie gana su batalla y son las diez de la noche,
cada jornada martillea la misma hora
y amanece a golpes con el trino y las voces.

La noche devuelve la esperanza.

Gabriel (D.E.P)

Que la mar sea tu afluente
y el río te deje en tierra,
que la pesca sea abundante
en el tiempo que te lleva,
y vuelvas con tus padres;
a tierra firme, a la carrera,
como siempre, como antes,
como el niño a su naturaleza.

Y ahora: la mar es tuya,
solamente tuya, inmensamente tuya.

El adulto lactante

Nada parecía real en este cementerio,
el cielo plomizo abotargaba la certeza,
la tierra parecía cubrir invernaderos
y el anulado gorjeo ensordecía la hierba.

La humanidad se extinguía esta mañana,
los ojos se evitaban, las bocas enmudecían,
los autómatas palidecían de esperanza,
una vela indiscreta alumbraba la mirada sombría.

Padeceríamos para llorar luciérnagas,
nunca espinas de un rosal en la cuneta,
no era ese el plan trazado en la infancia
por la piel ceñida al juego sin fronteras.

Nunca fueron las pequeñas manos pequeñas
por aprender a contar con los dedos las estrellas.

La casa

Eco lento del manantial del tuétano,
indomable flaqueza que erige el torso
de la titubeante jornada del vencejo,
eco lento cuyo chorro suena en lontananza,
sorbo a sorbo, boca a boca y beso a beso,
confirmando el bulo de nuestra leyenda
al pasar el tiempo con sus plumas empapadas
sobre el papel de afectada tinta negra,
llueve con la lluvia encinta del cielo incendiado
y descansamos sobre cómodos perfiles
de correctos toboganes y esponjosos pensamientos.

Eco lento del manantial del tuétano
deslizando su cavernosidad por el cerebro.

El hábito de lo extraordinario

Amar, ocaso, ecos encontrados, desconcierto,
contumaces intentos de dar caza
al imparable trasiego de fugaces prodigios,
felicidad estrechando las líneas de las manos,
piel a piel en el reloj de arena y sal,
beso a beso de la promesa en su cumplimiento,
sorbo raudo al lento gozo, verbo al desencanto,
hiedra resistiendo en las fachadas de la vanidad,
cuerpo al cuerpo, voladura, resto al resto:
amar, ocaso, ecos encontrados, desconcierto,
alba en la costumbre de mirar,
alba en la costumbre de existir
como un objeto más de todos los que caen
y al caer se dicen todo lo que pesan.

Transformar las frescas costumbres en gemas
para el gran espectáculo de bellas construcciones,
verbo para quedarse en la boca y en escena,
cópula para traer al pubis sus propias contracciones
y nacer en el ser marmóreo de paso por la urgencia,
verbo para fijarse a tiernas ensoñaciones
y despertar con una frase más de la cadena
que nos ata al muro de poderosas ilusiones.

Amar otra vez: cuidado con pronunciarlo.
No hagamos de la única noche, un hábito.

Veinte años

Que ocurrió. Que ocurría. Que voló mi tren contra la vía.
Que la noche cayó sin caer, dejando un resquicio
entre nuestros límites y la voracidad de la luna.
Veinte años que se sumaron a la rosa del primer día,
veinte espinas recogiendo el tiempo en su contractura,
veinte ramblas, veinte, veinte veces veinte a cada cuenta,
como si el olvido tuviera dedos para su memoria,
y uno a uno juntara nuestras manos huesudas
contra el cristal de lo vivido sin saber si estamos vivos,
o somos el vago intento de alguna suerte de supervivencia.

Que volvía a nacer y moría. Que llegué a mi destino.
Que los días se sucedieron como áureas sortijas
de cada encuentro, de la vaporosa estancia
de mis sueños en las calles de Barcelona,
veinte años de otra ciudad en otro planeta,
veinte años de una aguja clavada en mi entraña
que recorrió las despegadas horas de una esfera,
que sonaron con la misma sirena de ambulancia,
infectando el sonido diario de cruces y avenidas,
de pasos subterráneos, anegando el campo abierto
con su urgencia cuando la enfermedad se esmeraba
en jugar a ser la llaga sobre el tablero de la muerte
y los dedos de la vida nos cambiaban de casilla.
Veinte años que te amaron en la audacia de un instante.

Que ocurrió. Que ocurría. Que voló mi tren contra la vía.