Magma

El mundo nos arrastra a su centro,
el mundo nos arrastra con todas sus armas,
al mundo no le gusta el aire,
al mundo le gusta los pies pateando el suelo
y viste el despeñadero de sonrojada piel,
de esponjosa densidad, de sexo,
al mundo le gusta seguir girando la montaña
y el agua de la ciénaga entre sus muslos de enebro,
el mundo nos hace palpitar con tierra temblorosa
rozando nuestra carne apilada en las costumbres,
y el temblor resquebraja la cómoda superficie
de la mansedumbre en profundas fallas;
cae la masa descompuesta en sus soledades
a la profundidad de la anoxia de ninguna parte,
el placer resiste y muestra su abotargada cara
mientras las raíces lo elevan a suelo firme,
entre las piernas, esperándole, como siempre,
el mundo no deja de girar y no descansa,
al mundo no le gusta el aire,
al mundo le gusta la gravedad del hombre
cayendo una y otra vez en la misma náusea.

Al mundo le gusta girar sus montañas.
El mundo es una trampa en la astuta belleza
o la cándida belleza en la pantanosa trampa.

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Aparentemente normal

Clavándose, más fuerte, cuidadosa y lentamente,
me inflaman las cadenas que adhieren mi piel a lo cotidiano,
como un daño más de los que subliman al hombre
a cotas insospechadas de vaporosidad sobre el mostrador
atestado de cañas con los bordes manchados de viernes;
clavándose, más adentro, cada vez más cerca del átomo,
la soledad del último trago se rodea de gente
que imita la norma con la hilarante rigidez del espasmo,
a voces, apartando los ojos a codazos entre dientes.

Clavándose, este clavo estrecho entra en mis costillas
como un hueso más del músculo que pierde mi esqueleto,
y mi osamenta será la más recia, y también la más querida.

Y la muerte mía. Solamente mía.

El extranjero

Soy el hombre aparte entre los hombres que recorre paseos recoletos
y huele con esfuerzo las magnolias; si pudiera ser como mis congéneres,
llenaría los carrillos de esta inmunda desazón y tragaría el humo,
entraría en un bar y con el ceño fruncido pediría un whisky doble,
tomaría el vaso entre mis manos, vería el licor agitarse en un mar diminuto,
vería el sol en sus adentros, sumergido con toda la carga diaria de expectativas,
vería perros entre las flores, pajarillos sobre el asfalto, el tiempo a la carrera,
niños y niñas jugando a ser hombres y mujeres de este mundo,
mochilas y pulóveres en las aceras marcando postes de falsas porterías,
vería ancianos sonriendo a bebés, mansas plantas en autárquicas jardineras,
vería los años irse sin espera, vería a timoratos rezando en las iglesias,
vería a ignorantes accionando con las manos en terrazas atestadas,
como diciendo algo, como si tuviera importancia en mi litoral de vidrio.

Si fuera como cualquier hombre vería ebrio a todos sobrios,
entretenidos con lisonjas que germinan en labrantíos de ironía.

Y si fuera lo que soy, ¿quién sería sino mi desilusión?,
el fatal sueño apresurándose desesperado a su escisión
en la mitad que se lleva la belleza inalcanzable,
en la mitad que cargo a cuestas como si fuera un cadáver.

Si fuera entero y no hecho como todos a ratos de ingratas complacencias,
no me importaría la pequeñez de una hormiga fuera de su hormiguero,
vería que todos frecuentamos alguna vez los mismos túneles de la existencia.

Sombras chinescas

Qué fácil es combinar los dedos de las manos,
saludar o despedirse, alzar o bajar los hombros,
usar los puños, reclinar la cabeza,
qué fácil vivir contra el fondo blanco
y convertirse en sombrías siluetas
a coro convulsas, a coro lúgubres,
mientras la piel se dobla como un papel
y como un papel al fin se deja la letra,
qué fácil es volver al mismo teatro
y perder el guion ante el aforo
de tantos personajes en la cuenta.

Qué difícil llegar al final
y no moverse sin parecer una sombra
confundiéndose en la oscuridad,
y no creer que terminó la obra.

Y no gritar. Y no llorar hasta dejar otra mar bajo la luna.

Así parecen esas vidas que van y vuelven y no se pronuncian.

Y no dicen: yo soy.

Infelicidad

Me haces tan feliz, sin ti no sería nada,
nunca antes siempre cobró tanto sentido,
juntos somos esa rotunda unidad
que a solas no se reconoce,
soy feliz contigo y basta,
mi día comienza al sentir la palidez
de las horas pensadas para ti,
otro mundo es posible
en la gravedad de la biosfera
que gira entre mi pensamiento
y el rubicundo deseo de tu piel.

Me basta saber que soñar despierto
es el vasto sueño en el que creo
y dormir el daño de soñar que muero.

Me haces tan feliz a tu lado,
que sin ti igualmente
sería tu voluntad,
el acto vacío de substancia,
la idea que no soporto,
la escena avergonzada
que se aparta del horizonte,
la noche revuelta,
la parva del ayer,
el ajonje en la hierba
atrapando pájaros cantores,
sin ti soy esa falacia que dijo
ser feliz contigo y basta.

Sin ti sigo siendo tuyo en la niñez
de los días que no dejaste crecer
con el dolor jugando entre los dedos.

Al amparo de las soledades

Dos fuerzas derrengadas, dos tildes en vuelo sin acento,
dos fatigas aireadas sobre el tapete de ganchillo de la cómoda,
la edad no encuentra el pasador de la puerta
para no dejar entrar los años que ya no pueden disimularse
sobre las torpes piernas de la anciana,
y el hijo permanece como si fuera el vástago de la vejez
contra la boca abierta en la cabezada a deshora,
contra la sombra de lo que fue la resistencia a envejecer,
contra la realidad inmediata hasta hoy disculpada en la distancia,
como si fuera el antídoto contra la separación de lo indisoluble,
el hijo permanece en la gota aislada de una lágrima
que se derrama por las mejillas del niño que sigue siendo,
para frenar la tristeza de las últimas risas de una boca sin dientes
con la palabra mordida de una boca sana que habla de tiempo.

A ratos la anciana ríe. A ratos el hijo se deja envejecer.

A ratos nada más importa y vivir encuentra su fluido
en la ataraxia de dos modos de existir apartados del bullicio.

El secreto

Casi sin saberlo, te amo.
Casi sin quererlo, casi sin dolerlo,
casi sin amarte, te amo.

Amar, amar, amar…

Sin encontrar explicación a su significado
me sumerjo en este extraño verbo,
casi sin esperarte has llegado;
y digo casi, porque nada tan completo
pudo ser si no el vínculo premeditado
en alguna parte de nuestro silencio.

Siento que estos versos sean la anomalía
de todo lo callado entre tú y yo.

Por qué a ti

Por qué tus fuerzas para obtener la fuerza
de tus brazos sin brazos, de tus manos sin dedos,
de tus piernas sin piernas, de tu lengua sin voz;
por qué a ti, esa forma extraña de estar
sin pies para pisar, sin dedos para asir
o tocar la piel de la piel que escondemos.

Te miro y encuentro que mi vida es caprichosa,
absurda hasta quedarme sin oído,
tosca hasta perder el tacto de sus extremos,
estancada hasta perderme en la carrera,
oscura hasta perder la vista en sus espejismos,
y a este punto llega la curiosidad que inspiras
cuando te veo torpe en este mundo tan urgente
de ilustres y afamados egos de pie sobre estructuras
de plástico, metal o caucho a la deriva,
y a este punto me pregunto: ¿por qué a ti?,
y de repente respondes: por todo,
y en ese todo no están mis brazos, ni mis piernas,
ni mis dedos revolviéndose entre lápices
libros, legajos o herramientas,
en ese todo no oigo, ni veo las formas,
en ese todo estoy yo, en una silla de ruedas,
ciego, sordo, insonoro, abyecto,
aferrado a mi propia e ignorada minusvalía,
siendo un hombre a pedazos,
con todo desperdiciado entre mis contrarios.

Por qué a ti: gracias a ti, por ti, contigo.
Por tu valor incalculable.

Pandemónium

Este verde globo, temeroso entre las matas, audaz en el páramo,
afligido en el tiznado conglomerado de marquesinas y semáforos,
este raro meteoro que pesa en el espacio atormentado de su anochecer,
este planeta incierto en la confusa galaxia de pasiones que asustan,
esta hembra en celo que pernocta con íncubos y engendra placer,
esta infame obra del ángel traidor concebida en la cópula con incrédulas
para engendrar sibilinos profetas del apego en las anteras,
en los saltos de agua, en el fruto del primer contacto con el día,
en el vuelo espectral de libélulas sobre pozas y charcas mortecinas,
casi como miradas indiscretas delatándose con impaciencia,
claveteando de luz la estrategia de la penumbra.

Esta rara llama que recorre las arterias y quema con la rapidez de un rayo
sin que la vida note su desfallecer en el corazón calcinado del pálpito cruel,
este buscar en nubes negras de tormenta el cielo añil y raso que quisimos ser,
este caer del ansia como tragos de alcohol en el garguero de nuevos diablos.

Este mundo escaso, este mundo de honor a golpes, de odio a excusas,
este descampado de algazara, esta selva de pastores,
este parnaso cantado a dentelladas como si amar fuera gula,
este lupanar, esta tosca rueda en el asfalto es el cordón umbilical
que liga la resistencia de las pasiones a las meretrices de la destrucción,
es el juicio rápido en la mirada del otro, es la casa de Dios.

Este verde globo a la deriva es un globo que se pincha: una ilusión.

La vulva del ermitaño

Nadie se sintió más preso de su libertad. Nadie.

Nada que pueda liberarse en la vagina. Nadie.
Salvo el propio sexo que obra en sus paredes.

Nada hay abierto salvo la cavidad
donde el placer trabaja su ascesis
y el ermitaño su deseo en soledad.

Aun con el gemido empapando gota a gota,
la revelación suena a estertores lastimeros,
placer sin aliento, placer que se ahoga.

Placer roto en los muros de una hembra,
placer cautivo que expía su libertad,
placer sin placer buscándose en la caverna.

El ermitaño goza y la majestad del sufrimiento
con dificultad escucha sus plegarias,
y le envía la vulva imaginaria para su consuelo.

El sexo es sexo y si fuera otra cosa no sería libre,
seríamos la búsqueda de mil formas para liberarlo,
la máscara de carnaval para que parezca un despiste,
o el nuevo sacramento en la custodia del ermitaño.