El secreto

Casi sin saberlo, te amo.
Casi sin quererlo, casi sin dolerlo,
casi sin amarte, te amo.

Amar, amar, amar…

Sin encontrar explicación a su significado
me sumerjo en este extraño verbo,
casi sin esperarte has llegado;
y digo casi, porque nada tan completo
pudo ser si no el vínculo premeditado
en alguna parte de nuestro silencio.

Siento que estos versos sean la anomalía
de todo lo callado entre tú y yo.

Por qué a ti

Por qué tus fuerzas para obtener la fuerza
de tus brazos sin brazos, de tus manos sin dedos,
de tus piernas sin piernas, de tu lengua sin voz;
por qué a ti, esa forma extraña de estar
sin pies para pisar, sin dedos para asir
o tocar la piel de la piel que escondemos.

Te miro y encuentro que mi vida es caprichosa,
absurda hasta quedarme sin oído,
tosca hasta perder el tacto de sus extremos,
estancada hasta perderme en la carrera,
oscura hasta perder la vista en sus espejismos,
y a este punto llega la curiosidad que inspiras
cuando te veo torpe en este mundo tan urgente
de ilustres y afamados egos de pie sobre estructuras
de plástico, metal o caucho a la deriva,
y a este punto me pregunto: ¿por qué a ti?,
y de repente respondes: por todo,
y en ese todo no están mis brazos, ni mis piernas,
ni mis dedos revolviéndose entre lápices
libros, legajos o herramientas,
en ese todo no oigo, ni veo las formas,
en ese todo estoy yo, en una silla de ruedas,
ciego, sordo, insonoro, abyecto,
aferrado a mi propia e ignorada minusvalía,
siendo un hombre a pedazos,
con todo desperdiciado entre mis contrarios.

Por qué a ti: gracias a ti, por ti, contigo.
Por tu valor incalculable.

Pandemónium

Este verde globo, temeroso entre las matas, audaz en el páramo,
afligido en el tiznado conglomerado de marquesinas y semáforos,
este raro meteoro que pesa en el espacio atormentado de su anochecer,
este planeta incierto en la confusa galaxia de pasiones que asustan,
esta hembra en celo que pernocta con íncubos y engendra placer,
esta infame obra del ángel traidor concebida en la cópula con incrédulas
para engendrar sibilinos profetas del apego en las anteras,
en los saltos de agua, en el fruto del primer contacto con el día,
en el vuelo espectral de libélulas sobre pozas y charcas mortecinas,
casi como miradas indiscretas delatándose con impaciencia,
claveteando de luz la estrategia de la penumbra.

Esta rara llama que recorre las arterias y quema con la rapidez de un rayo
sin que la vida note su desfallecer en el corazón calcinado del pálpito cruel,
este buscar en nubes negras de tormenta el cielo añil y raso que quisimos ser,
este caer del ansia como tragos de alcohol en el garguero de nuevos diablos.

Este mundo escaso, este mundo de honor a golpes, de odio a excusas,
este descampado de algazara, esta selva de pastores,
este parnaso cantado a dentelladas como si amar fuera gula,
este lupanar, esta tosca rueda en el asfalto es el cordón umbilical
que liga la resistencia de las pasiones a las meretrices de la destrucción,
es el juicio rápido en la mirada del otro, es la casa de Dios.

Este verde globo a la deriva es un globo que se pincha: una ilusión.

La vulva del ermitaño

Nadie se sintió más preso de su libertad. Nadie.

Nada que pueda liberarse en la vagina. Nadie.
Salvo el propio sexo que obra en sus paredes.

Nada hay abierto salvo la cavidad
donde el placer trabaja su ascesis
y el ermitaño su deseo en soledad.

Aun con el gemido empapando gota a gota,
la revelación suena a estertores lastimeros,
placer sin aliento, placer que se ahoga.

Placer roto en los muros de una hembra,
placer cautivo que expía su libertad,
placer sin placer buscándose en la caverna.

El ermitaño goza y la majestad del sufrimiento
con dificultad escucha sus plegarias,
y le envía la vulva imaginaria para su consuelo.

El sexo es sexo y si fuera otra cosa no sería libre,
seríamos la búsqueda de mil formas para liberarlo,
la máscara de carnaval para que parezca un despiste,
o el nuevo sacramento en la custodia del ermitaño.

Eclosión

Hay algo que tiene que salir a la superficie,
algo que lleva años recostado en el endometrio
y la hechura de su tiempo no fue suficiente
para tirar de ese cordón, y sacarlo del sueño.

Hay algo todavía no nacido de mi nacimiento,
la causa de todo lo que frena mi expansión,
la causa de las causas que han cedido su momento,
algo todavía inanimado que se agita en mi desazón.

Algo que está harto, algo que empuja entre los muslos del vacío
como si fueran nubes aterciopeladas y negras a punto de estallar, y romper
en millares de pedazos con millares de abejas el artefacto que he sido.

Algo en mí sigue naciendo, y, letra a letra, termino con esfuerzo de rasgar
la maquinal placenta que me dio trabajo y me quitó la cuna de mi helecho.

Celos

Creí que habrías hecho como yo haría
y otra vez mi par fue mi contrario,
creí tus ojos despiertos en mis pupilas,
creí tu felicidad fuente de mi ingenio
y otra vez la sed delataba su mentira,
creí que te habrías ido lo bastante lejos
y otra vez me ignorabas y volvías.

Habría sido mejor la peor de las tristezas
y no esperar perdido en tu frontera
a que consintieras el paso de mi cautividad,
allí esperaba saciar el apetito de la rabia
con el daño de tu dañina libertad.

En el fondo deseaba tu desidia,
preguntar adónde ibas o qué hacías
para emboscarme en mi selva,
cada pregunta era la hoja ancha
que aguantaba la lluvia
de mis aventuradas sospechas,
y esperé largas jornadas
con el proceloso rumor en las venas
condenando tu traición tras la maleza.

Cuando mis conjeturas fueron claras
de modo que tuvieran su amanecer
en el lecho de mi desahogo,
matando colibríes
saqué las garras de mi propia herida
y desgarré toda tu piel.

Sobre tu espalda – ahora tan mía -,
grabé la promesa de la felicidad
clavando mi espera en la esperanza
de encontrar la llaga que abriría.

La misma esperanza que todavía brota
de mi cuerpo rendido en la espesura,
la misma que busca renovadas fronteras
donde vengar el daño en vuelo del zarpazo.

Una vida no puede controlar a otra,
sin despreciarse, sin perderse,
sin parecer hostil por remota,
una vida no puede dejar de ser vida
y afirmar en la agonía su reforma.

Ya vienen los enterradores,
ya vienen a enterrar su inquina,
bajo el manto de escorpiones
que descansa con sus víctimas.

La manada

Con la tinta en la pluma de un ave migratoria,
el amor firmó su contrato para ser feliz,
se reunieron las partes con la utopía fedataria
y acordaron darse el uno al otro un dichoso porvenir.

La felicidad se prodigaba en los espasmos del deseo,
desnuda en el dormitorio, grácil en las miradas cortas,
pretenciosa en los varones, inmediata en los comercios.

Con la tinta en la pluma de un ave migratoria
el amor firmó su testamento y dejó de albacea
a la felicidad misma pidiendo cambio de pareja;
con la tinta en la pluma de un ave migratoria,
se firmó el contrato de compraventa.

Vivos por el impacto de sucedáneos equilibrios,
compramos un helado cuando vamos descalzos
con la voluntad de unos pies fríos al calor antojadizo,
hacemos que no paramos en la parada de lo transitorio.

Yo no sé lo que es ser feliz y no sé lo que persigo,
me muevo por los parajes interiores de esta aventura,
y digo en alto que la felicidad es una palabra absurda
en la boca de quien sólo a ratos cree sentirse vivo.

Creo que hay que parar el tiempo de este desbocado animal
para saber con qué soñamos si soñamos, o está salivando sin más.

Elías Moller

Elías Moller era un viejo trampero de Brooklyn,
cazaba con sus babas jergones empapados,
descocadas hembras que ceñían la lujuria del cazador
a la firmeza del deseo en sus nalgas tirantes,
hembras con la cintura estrecha de algo inabarcable,
algo no poseído del primitivo asedio de la posesión.

Cazaba cuando dejaba el día su mansedumbre
y los bares enloquecían de carne y sudor,
de manos desgraciadas, de uñas sucias,
y la rabia despoblaba el verbo y atizaba la acción.

No tenía propiedades, tenía hambre, tenía sed,
y un pringoso sombrero de ala ancha,
todo lo gastaba en mujeres y aguardiente,
tenía suficiente dinero, suficiente gracia,
tenía de todo lo que podía perder en una noche.

A Elías Moller le gustaban las mujeres fáciles,
mujeres con los afluentes moldes del delirio
y un sexo tan húmedo como su empapada lengua
rebuscando entre las barbas el bocado escurridizo,
aunque se resistieran y volvieran el rostro
cuando el viejo truhan buscaba sus esquivos labios
para encontrar quizá amor en el amor burlado.

Elías Moller, un mal día cayó enfermo de una larga enfermedad,
y postrado en su butaca y sin dinero no vio hembra alguna,
y todos sus órganos se acabaron pudriendo en la carne extinta
que hasta estas circunstancias fue ignorada gracias a las putas,
cuya piel abierta había sido la única envoltura para sus huesos.

Como buen trampero, Elías Moller cayó en su propia trampa,
hizo de su vida la olla a fuego lento que se fue comiendo
con el hambre que le dejaba la miseria de sus viandas.

Se apartó del mundo siendo a duras penas las mujeres que pagó
y el alcohol que no le dejó siquiera vislumbrar su fugaz consuelo,
aguantó en el mundo confundiendo el deseo con la libertad
cuando el deseo aprendió a servirse de su ingenio.

Recomponiendo los muros del alba

Primero fuimos uno con el dolmen y luego uno con la hiedra,
por más que la existencia intentará defenderse de su reclamo,
por más que la roca intentara defenderse de su dureza,
nos vencerían con los efluvios de una vela en el desamparo,
nos dejarían indefensos las horas de vivir como la piedra,
una sobre otra tan cerca, tan cerca del peligro del espacio,
tan aislados, tan tremendo el olvido de la primavera,
tan derrumbados que comenzamos a amar otra construcción
que escapara de la fatalidad de siglos de tristeza.

Hoy duele lentamente el rascacielos en el suelo de mi descampado,
entre moles insensibles de reflejos que desvelan su maldad
a golpes de recuerdo que desenmascaran el azogue de amor inventado,
aunque le pusieran visillos y el amor sonara a un himno secular.

Me quedé a la intemperie de tanto buscar la arquitectura sin riesgo,
se nos había roto el vidrio del edificio gris que oscureció nuestra cabaña,
los búhos ululaban en el pecho al avistar ratones siguiendo nuestros rastros
de piezas cortantes que reflejaban en sus caras la luna solidaria.

Ahora, con los cantos de un río levanto las defensas de un halcón,
y desde lo alto compruebo la voluntad de los puntos cardinales,
y hoja a hoja construyo espacios inexpugnables para el desamor,
con el corazón de cantero los saco de la tierra y los hago más longevos.

Cuando el amor no es amor en su raíz, es amor en los muros del deseo,
igual que una flor sin su raíz parece una flor, el amor parece amor, sin serlo

Los fisgones

Entre surcos jalonados de matas de rosas,
entre alcornoques arrancados del alcornocal,
entre sabinas en los flancos de la puerta,
entre hierbajos altaneros y zarzas ariscas,
bajo la imponente encina que domina la escena
camina absorto un hombre apartado de los hombres,
a un lado de vecinos anotando en sus colmenas,
entre miradas en los flancos del jardín
que caen implacables del enjambre que le observa.

Se pega al arriate como un tallo más
de algo que quiere brotar si le dejan,
si no le acusan las indiscretas miradas
de aquellos que compiten en humanidad
con las macetas del alféizar
o con la familia unida a la mesa,
de aquellos que estrechan conocidas manos
y hablan como si no se conocieran,
de aquellos que escuchan y miran al dictado
y esperan del otro la misma avenencia
para no caer del racimo, para no caer
del pedestal levantado con la mímica.

Aislados en costumbres y tradiciones,
consienten ser el mismo redoble año tras año,
la mecánica absurda de la maza,
farisaicos bienhechores que arrojan su veneno
contra el vecino nuevo que aprende de la encina.

La humanidad avanza de rodillas mientras se engalana,
como una cáscara cada vez más rugosa
que intacto deja el fruto amargo fuera de toda duda.