Nada que no sepas

Ya ves, han pasado los años

creyendo que no me daría cuenta,

pero pasaron contigo

como esa gruesa cuerda

que ha tirado del cuello rojizo,

apretando lo justo para una muerte lenta,

tan lenta que sigo dentro igual de vivo,

tan lenta que morir ya no me deja,

y el recuerdo me sostiene cuando escribo

así de solo de nada que no sepas.

 

Ya ves, han pasado los siglos,

y el amor persiste a pesar de todo

igual que la mirada de un niño,

igual que los deseos de un loco.

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La extenuación

Te he amado tanto que ya no puedo volver…

Volver a cualquier parte,

volver como si no fuera nadie,

nadie con quien negociar

qué hay de ti en mí,

                                       qué hay de mí en ti.

 

Te he amado tanto, que ya no sabría amar.

Bajo la piel, muy cerca de los huesos.

Y si el amor fuera solamente amor en sus secretos
¿Cómo llegar? ¿Cómo alcanzarlo sin desvelar
el más profundo sino del misterio que lo alberga?
Y si no llegásemos nunca a conocer
la variable que opera esa mecánica endiablada
¿Cómo amar sin perdernos en el vértigo de la ignorancia
y ansiar el apego de enredadas por fingidas almas
en la más honesta de nuestras trampas?

Y si el amor fuera solamente amor sin conocerlo
¿Cómo amar entonces la voz que nos habla
con rabiosas letras de un pretencioso pecho,
encendiendo la pregunta con la muda respuesta
que se enzarza a nuestros ojos
en espinosas ramas de un dulce y delicado fruto?
¿Cómo amar, sin perder ese don incomprendido
en torpes manos incapaces de atrapar
su evasivo cuerpo de pequeño pájaro
saltando sobre los restos de la fruta en nuestro plato?

¿Cómo amar? ¿Quién nos lo cuenta, quién nos lo ha contado
que nos lleva enjutos, ebrios y mentirosos a tanto desengaño?

La tenaza del viento

La libertad me denigra, entorpece el uso de mis zapatos,
la presunción de los botones de mi camisa,
la protección del suéter recorriendo el desplante a mis costillas
en renovados huesos que me recuerdan.

Día a día, enarbolo su bandera con los años de sus drizas,
la pongo al sol y parezco un macizo más del planeta
que me asienta en sus recodos, amaneciendo incesantemente
tras las barreras que me impone el intocable tejido de su naturaleza.

La libertad me exige como a un reo en su deshonra,
vuelvo a mirarme en los otros, no sea que la imitación me salve
de ese nudo que aprieta en lo más hondo mi propio nombre,
como si fuera el deber de la piqueta en sus muros.

La libertad me fuerza a ser libre, me oprime, me desgarra
en el fruto escaso y tardío de un invierno usurpador,
y me duele; duele descubrir que la libertad no es libre,
que se pierde, que se busca, que se ofende e insiste en el error.

Los autómatas

La muerte nos está llamando,
nos llama en la red social del floreo,
por donde cuentan los heraldos
que escriben los nuevos muertos,
y dicen que poco a poco nos vamos,
bajo tierra ya muy dentro,
y creo oírla dulce en su descargo,
casi viva, casi digna del encuentro,
pero es muerte si lo pensamos,
cuando pensar ya no podemos
y sentir queda para el halago.

La muerte nos está llamando,
automática, virulenta,
está entre nosotros con sus mandos.

Muerte de un colibrí

Te oigo a pequeñas briznas de tu boca en el campo,
llegas tras la huella de las nubes en el rostro del cielo
que te vio a mi lado y luego te vio en sus brazos,
te llevo como una fe en el pecho de las aves
que de un extremo a otro surcan tu creciente descaro
al mirarme mientras te miro, al hablarme mientras oigo
tu paso por la hierba de los parques que quedan de tu mano,
en la ciudad que queda de mí como si fuera el esqueleto
de ese otro cuerpo que tumbamos al amarnos.

Te siento como una brisa en mis pulmones
que trae el oxígeno que falta a los desórdenes
de eso que llamas alma porque es capaz de recordarte.

La eternidad sin significado.

“Siempre” es una palabra que debería estar prohibida:
siempre, y aquí me quedo, destronado del diván
que me sostiene en macilentas fórmulas para expresar,
de alguna manera, la imposible continuidad de los contrarios
habitantes de mis catacumbas, de las nuevas normas y leyes
de un desgobierno espoleado por plebeyos
que contraponen las suyas, y un vacío atronador en la urbe
se impone a la autoridad que represento
cuando cae la noche y ordeno a las calles callar
para siquiera intuir el canto de lejanos grillos,
suspiros demorados, gimoteos con cuerpo de alondra
en desconsolados cuartos de algún motel de carretera,
y entonces la cháchara acude a mis pensamientos,
y nubla con el ruido de sus collares contra el pecho
el cielo absorto, pausado, libre y estrellado
de una sola palabra de la que pende todo lo que siento,
en ese instante, en esa forma de no ser nada más
que una insoportable falta tocando los silbatos en el cruce,
zumbando sirenas de ambulancia y las cuerdas vocales
de borrachos, tunantes, putas o mendigos,
una sola palabra que no llega, que no puede: siempre,
y “siempre” parece ser el mito inalcanzable de un gobierno
que aspira a tener nombre y apellidos, ciudad de origen,
país y documento nacional de identidad en mi silencio,
parece ser otra leyenda que nos contaron
cuando abríamos los ojos como platos sin sonrojarnos,
y siempre, siempre, siempre la creímos.

El año que no pudimos ser

No me digas…, no me digas que el año ya ha pasado…
No me digas que es hora de mudanza en mi reloj,
que debo guardar en cajas el tiempo que murió
y no podré llorarlo porque el año cierra los velatorios,
que tronarán los cielos con lágrimas deportadas
a la repudiada patria de la más profunda noche,
y explotarán en estruendosos gritos de un sordo ser
más oscuro entre palmas, serpentinas e hilaridad,
más extraño, más histriónico y sin esperanza
fuera del mundo escondido en el útero del mundo
que yace bajo amenaza de aborto en el hospital,
y los pacientes harán saltar las flemas, correr la sangre
por suelos artificiales como si de un río se tratara
ya lejos de sus casas, ya fuera de su cauce.

No me digas…, no me digas que el año me lleva
como un proscrito más a sus mudas confesiones,
donde nadie las oye, salvo los que aprendimos
a morir en los brazos de una silenciosa madre:
a callar entre delirios de espontáneas curaciones.

Black Friday

Quién pudiera reflejarse en el agua
y no volver a ser opaco,
quién pudiera refugiarse en la savia
y no volver a ser el hacha
del nuevo día en su nueva rabia.

Quién pudiera sentarse en la hierba
sin morir de pena
por todo el asfalto de su desamor,
quién pudiera ganar el aire
sin comprarlo tan escaso
y no vivir del oxígeno en botellas.

Quién pudiera ser, sin más.

La insidia

Te recorre, te persiste, te destroza,
crees dejarla atrás, repudiada, marginal,
y te das la vuelta apenas unos segundos
para comprobar que es un punto
estorbando la rasante del límite del mal
que no traspasarás desde esa distancia
tan prolongada, interminable entre ambas.

Sí, la insidia que te niega, por un lado,
y por el otro la insidia que te afirma,
ambas separadas por el compromiso
de seguir juntas apartándote.

Quien pensó en el bien y el mal,
no estaba en casa.
Llamaron al timbre y contestó la criada.