MEDITACIÓN Nº 22

Oracion

El dolor siempre tiene efecto rebote. Si dejamos de oponer resistencia al golpe recibido, tal como llegó se irá, con la exigencia de una serena quietud en la que descansa, como una pausa en la febril corriente de nuestros anhelos, la respuesta evitada, el sentido de lo inevitable, la esperanza recobrada.

Para ser feliz, hay que dejar de serlo. Jugar con la vida y la muerte como si hubiéramos nacido hace cinco minutos. Resistirse al sufrimiento es sumarse al sufrimiento, y hacerse suyo.

El sufrimiento juega contigo al escondite, y tú no lo sabes. La ignorancia cuenta diez y no encuentra a nadie, aparte de lo que cuentan de ti.

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Resonancias

Ya no estaba el amor cuando recordabas,
cada vez que volvías a los mismos lugares
ya no estaba, se había ido con tu equipaje,
y en tu agonía su dicha te habría repudiado
si hubieras vuelto a mirarles a la cara,
tan distintos asidos a su instante,
tan felices al no parar en el tiempo
como tú paras cuando los guardas en un cajón
y tu mirar fenece en miradas moribundas
y ni tú ni ella o ni tú ni él podéis ser ya los mismos.

Somos los hijos del tiempo y nos puede el adiós,
somos hijos del quebranto y de la despedida.
Y nos puede la vida.

Saqueador

Amas y te apropias del sexo,
crees y te apropias del alma,
lloras y te apropias del dolor,
ríes y te apropias del gozo,
prosperas y te apropias del dinero,
como un hombre que hubiese
rugido al dejar el útero
y no pudiera dejar nada
entre los dientes.

Hablas de amor y el sonido te basta,
te han creído como quieren que les crean
y caerán en tus palabras
como cubos en el pozo de un desierto.

La luna de todas las noches

Cuando dejamos aquel portal recoleto de la madrugada
y la calle cenicienta se ocultaba entre acacias y jazmines,
supe que el sol conspiraba contigo entre las ramas,
afilaba en cuclillas las primeras hojas de sus crímenes.

Caía el otoño sobre mi exuberancia viéndote partir
con las primeras líneas del día robando tu figura;
la noche, acogida entre tus muslos, moría al fin
mientras las sombras discutían sobre su sepultura.

Supe entonces del guijarro en el lecho de un río,
de lo efímero y severo, de la palidez del umbral,
y tu rostro, ya incierto hasta palidecer mis labios,
me desangraba confuso con el filo del ayer.

Supe de tu cuerpo en la luna amenazada por el alba,
y de aquella traición de ese albor advenedizo
fluyeron en mi pecho desnudo tus últimas miradas,
y un río arrastró tus ojos con los míos
hasta llevarme tu desembocadura,

y lloré como un niño toda tu hondura.

Qué bien nos despedimos al abrigo de la última vez…

MEDITACIÓN Nº 21

Oracion

Como quien imagina la mañana contemplando las gotas de rocío dejándose caer o secar en la hojas frescas e intuye en ellas el despertar de los penachos en remolones matices ocres y verdes sobre las lomas del campo, y cree verse recorriendo sus pendientes, descansando en sus planicies, o planeando como las aves que ascienden y descienden sin perder altura o emiten sonidos semejantes a un azul titilante que hiciera sonar el melancólico desvanecer de los cirros, y aspira a ser todo eso en el canto de un martillo y le pone nombre, la ilusión es el fracaso del alba. Es mentira.

Incesantemente

Se cierra el telón y el público no aplaude,
queda echar la mirada atrás,
recoger las escenas
que lograron llenar la platea de semejantes
y buscar en lo no-público otra razón para continuar.

Demasiados actos en el bagaje de un solo hombre
para no valer más que la soledad del papel principal,
lo que queda es lo que falta, la voz sin habla,
ese otro ser que habita la última morada
y se deja ver de cuando en cuando
en esquivas miradas y atropellados silencios.

Se deja ver y ocultamos su rostro
con el fatuo gesto de la nada,
apartamos su rotunda insignificancia
con la rotunda máscara de la frivolidad,
y queremos tenerlo todo
como si todo cupiera en nuestras manos,
y actuar como si cada acción fuera nuestra,
y cuando no hacemos ¿qué somos? ¿qué no hacemos?

¿Nada?

En este devenir no existe cesación:
suspendidos en la ausencia de todo,
detenidos en el vórtice de la abundancia
o expectantes en el medio,
yo digo que no existe cesación del ser
porque no fuimos nada que dejara de existir,
ya estaba muerto cuando intentamos traerlo a la vida,
nada existe que no haya cambiado una mirada.

Cuando paran los relojes las manecillas dejan de moverse
pero no el tiempo insolente que cuenta su parada
en furtivas e imperceptibles defunciones:
somos lo que aparece y desaparece, incesantemente.

Desde el primer llanto hasta la última dicha
cambiamos como cambia el mundo
en su historia a la deriva,
y morimos desde el primer alborozo
hasta el último puñado de tierra: incesantemente.

Lo que creemos ser es memoria.

Morimos sin pausa para ser lo que cambia,
para ser entretanto las contradicciones y la ignorancia
en constante renovación,
para ser lo que no somos mientras llenan las butacas,
para continuar interpretando
el papel de nuestros no-fracasos
y penar el papel secundario.

Para seguir creyendo desechamos lo que intuimos cierto,
desechamos la vejez y la muerte y en ese afán morimos,
cada vez que nos negamos al fijarnos
a un nombre atado a una incierta identidad .

Tampoco existe en la hora prímula lo contrario:
la no-cesación del ser que nos encubra
en la búsqueda de algo que niegue la muerte
como si algo fuera una vez más el principio de lo siguiente
y así sucesivamente hasta iniciar el ciclo del ansia,
otra vez el apetito desmesurado y las pasiones al límite,
otra vez la purificación del otro yo que llamamos alma,
o del otro yo que llamamos antes y no ahora,
y así sucesivamente para volver a lo que ya conocemos,
al solemne guión del director que no se llevará el Óscar
porque no encuentra actores que no mueran.

Tantos yoes para sobrevivir al anterior que nos estorba,
tantas identidades para sostener la última
¿no te hace dudar de quien dices ser?

No podemos negar ni afirmar lo que somos,
cualquiera de ambos propósitos
nos conduciría dañado a su contrario
y su contrario a la resistencia de ser
que acentúa nuestros vértices,
y nuestros vértices nos conducirían
a la evitación del contacto,
y la evitación del contacto a la soledad del vértigo,
y el vértigo a la caída en la pendiente de la vida,
y así hasta encontrar el punto de mira
de lo que pudimos ser y no fuimos
y apuntar el arma contra el otro,
nuestra propia violencia de ser es el eje de toda violencia.

Si algo somos lo somos porque no podemos hablar de ello,
y si algo no somos no lo somos porque podemos hacerlo,
la palabra pronuncia tanta verdad como susurra mentira;
es la ley de la no-ley, es la vida de la no-vida,
es el amor del no-amor
que subyace a cualquier impulso o brío del apego,
ser, como respirar, es la espiral que une los extremos.

Pronunciar el nombre de la vida nos llevaría a rechazarla
como se niega al hombre cuando se le designa por su cargo,
o se le dice haz aquí y no allí, haz esto y no aquello,
o se le llora como si el dolor le perteneciera,
o se le graba un título en las sienes como si fueran su límites
y se le dice que a partir de ese momento es esto o aquello,
o se le ignora porque no es esto o aquello,
sabemos que la vida existe porque no la nombramos.

Sabemos que la vida es única porque no podemos tocarla,
cuando crees tenerla escapa por la primera portezuela,
porque la vida no tiene medida no puedes medirla
y no vive en tus esperanzas ni sale en tus cuentas:
es vida, nada más que vida, y muerte, nada más que muerte.

Al fin, somos lo que no sabremos que somos,
incesantemente ¿para qué detenerlo?

(suena el teléfono, el despertador, suenan las ambulancias)

Llegamos tarde y somos memoria.

Sigue la obra y se inaugurarán teatros
para seguir creyendo y callando.

Y el hombre seguirá inclinándose ante el gran público.