Lo sé.

Sé que nadie puede volver atrás,
lo sé porque no puedo apartar la mirada
de tanto que durmió cuando me amabas.
Sé que debería llover en este montón de sal
que cubre las ojeras de la llaga,
y sé que no puedo dejar de buscarte sin otear
en la mirada que perfila tu falta
y te obliga a existir como un todo en la nada.

La longitud de onda.

Aprendí a tirar piedras a mi estanque de carpas
doradas, a escuchar el rumor de algo parecido
al canto extinguido de los pájaros,
el choque de ramas empujadas por el aire levantisco,
el roce de la hierba con diminutos cuerpos
que se unen a la inmensa fuga de los días.

Escucho los ritmos de la decadencia conforme
las ondas crepusculares expanden el impacto,
ondas mayores que me alejan con el tiempo
de su centro, ondas que me atrapan en sus círculos
y me enseñan a reproducir el golpe
a través de mis fluidos con el impulso de un guijarro,
esa alarmante pieza del clamor del suelo
que me devuelve resignado a la gravidez del camino.

Muerte de una vida que danza y se rebela entre las tumbas,
onda de esa muerte que me conduce inevitable por la vida.

La maldición.

Es la hora de la vida en este cuerpo tuyo inerte,
de mi coraje vespertino. Salgo de ti taciturno,
a la par que abundante, bullanguero o insolente,
tus harapientos ojos nunca vieron tal insulto
enfrentarse a tu propia infamia como un hombre;
te fuiste siendo yo un adolescente tímido e inseguro,
infancia que ahuyentabas con tu sombría frente
y el sol a la espalda encorvada de mi yugo.

Eres la hora estricta que te llama papá y no resuena.

Por más que quiera remover las hojas con el aire
de los años concentrados en el alivio que te ausenta,
no me salen las fuerzas de ninguna frase
para orillar la hoja muerta con el otoño de otra letra;
quisiera otro dolor más compasivo, como extrañarte,
empaparme de la preciosa lágrima con preciada pena,
y no siento más que intenciones de matarte,
de devolver el odio al odio para que no vuelvas,
asentar lo que sostuve en vilo entre un hijo y su madre,
el tiempo que nos dio tu muerte para que mueras.

LIBERTO DE LA DISTANCIA.

En este panal de dulces teorías
en que nos convirtió nuestra ciencia
cuando nadie nos creía,
hicimos lo que había que hacer:
transformar la distancia en energía
al fundir nuestros labios en miel endurecida,
cuajados del sabor que gusta
a la amarga cuenta de la melancolía.

Amar era el trabajo de la abeja con el cosmos,
la espera que concentraba su dulzura
en los equinoccios de tu eclíptica,
o ambos fuimos la trampa de nuestro deseo
en los recreos de lo imaginario,
la perversión de la inocencia al fijarnos
a la estrella que titila vanidades a lo lejos,
y de lejos vimos supuestas señales de amor
donde solamente hubo combustión y deslumbramiento.

La distancia llegaba con el aleteo de la abeja en la noche,
amar debía ser el contacto de sus alas con la penumbra,
o amar sería la función de una víscera que nos confunde
cuando la maquinación del recuerdo palpita y actúa.

Y si no lo supiéramos nunca, ¿cuál es la diferencia?
Actuaríamos como abejas entre nosotros,
en el panal que nos trae y nos lleva
a hacer lo único que podemos hacer:
miel en los labios, o labios con sabor a miel.

El papel doblado.

Fui testigo mudo del papel que el miedo otorga a la cobardía,
cada cual tenía el suyo en esta casa; aprendimos papiroflexia
para disimular la doblez en oportunas figuras por inadvertidas,
hasta creí a pie juntillas en los personajes porque jugaba solo
a matar malos de plastilina y conocía la plasticidad de la huida.

Tuve la edad de las veces que escuché puta en los gritos
y filípicas del esperma que hizo el papel de mi padre,
demasiado mayor para ser sin esfuerzo un niño,
la necesidad me enseñó a pintar los colores de mi madre
en el papel que luego iría tiznando con indicios,
poco a poco el miedo se llevaría el color de la sangre,
poco a poco la palidez iría ganando al anciano escrito,
mamá era la herida y yo su creativa arteria, inseparables,
hechos a golpes, al rumor de la escopeta, al costado del cuchillo.

No supe esconderme. A mí me tragó la debilidad del guion,
y permanecí en su estómago, resistiendo entre sus ácidos,
creyendo que eran míos, viviendo de la digestión,
hasta que las paredes traslucidas por la famélica sonrisa
mostraron mis restos a la madurez, cuando la vida me escupió.

Veo que nadie tiene la senda expedita de su destino,
vivimos para escupir a su tiempo el personaje
y abrir en la saliva el atajo a inconsolables parecidos.