Detrás de las creencias.

Pudiera ser que después de todo no haya consuelo,
que el caudal de los sollozos
no fuera el rocío de ningún brote en el tiempo,
que la amargura atesorada
en la caja fuerte del pecho
no conociera combinación y nunca abriera.

Pudiera ser, que llegado el momento
del invierno de los hombres,
no existiera estación de vuelta
y a lo largo del camino todos tus robles
no alzaran más que amenazante madera.

Pudiera ser que tú murieras
con la fuerza del olvido en las cenizas
aventadas por la temida certeza,
y lo vivo ya no tuviera nada que ver contigo
salvo para negar tu existencia.

Pudiera ser que tus apresuradas creencias
no fueran más que el carnaval
adonde acude el miedo a celebrar
el deslumbrante poder de la mascarada.

Plantéatelo, y a ver adónde llegas.
A la nada de ti sin ti: ¿cómo es posible?

Somos lo que vuelve de la tormenta

A veces ocurre, a veces,
que no queda otra salida,
que llevas el aire justo de tu destino,
el último acorde a tu sintonía,
y entonces, duramente deconstruido,
poco a poco escribes un lugar de ti
o pintas los colores que no habías visto
en el diálogo de todo lo que pinta tus afueras.

Y entonces, nada hay más pálido
que la emoción devastada
por tu incomparecencia de tantos años,
y pasa el llanto contenido de tu apariencia
por el rostro traspasado, ya negro y abrupto,
en márgenes de inconsolable tinta.

A veces ocurre con la vida
que no hay más que una,
y es la tuya, febrilmente tuya,
indiscutible, abismada,
y exploras tus orillas
por miedo a caer en ella,
y persigues las excusas de sus bordes,
hasta que comprendes
que sólo puedes hacer lo que eres,
y entonces: aprendes a morir de todo lo demás.

Fuente del video: YouTube. Sensualvibes

El rapto de la esfera

Cuando el sol se eleve hasta su cúspide manantial
y las pequeñas aves del planisferio
vuelvan a la circunvolución donde las dejamos
aquella tarde noctívaga de invierno
que las echó en falta,
cuando las estrellas parezcan acercarse
si bien nuestra oscuridad se erice en los extremos,
y la calidez tantas veces recobrada en las yemas
mientras el frío ascendía por la recobrada altura
brote como flamas frente a nuestros ojos;
cuando todo esto ocurra, después de la pandemia
(o en ella): que nadie suelte un punto de la esfera,
que agarre con sus manos sarmentadas por el tiempo
el dulce fruto, la luz que reverbera
la puntual proximidad del ser humano a sus albores,
que atrape con un rayo cada destello,
que haga acopio en dulces cestos de la uva
al pasarla por sus labios o sus sueños.

Cuando las estrellas parezcan acercarse
y el sol culmine la vastedad del campo,
cuando todos seamos sus vástagos
en la nueva era que comienza cada instante
de todos los engendrados
con las cópulas de tristeza y esperanza;
cuando todo esto ocurra,
que no escape un punto de la esfera,
aunque grite de dolor y llore devastaciones,
aunque sufra, aunque muera.

Fuente del video: YouTube. Phildanker

La profundidad

Nadie la espera porque somos su fracaso,
nos visita cuando nos dejan de amar,
nos rehúye mientras la desafiamos
en cómodas butacas de instruida vanidad.

Nos derrumba la vertical de sus muros,
se deja ver a ratos en la tez sorprendida
por el vacilante goteo del ojo húmedo,
como una lagartija en las grietas de la herida.

Se acerca esperanzada al morir lentamente
en un reloj de arena hecho con polvo
del tiempo cuando cae grano a grano la noche,
hasta que muere en los atajos del embozo.

No la oímos llegar a pesar del ruido de cadáveres,
y por más dolor de fondo, no termina de quedarse.

La inminencia

Todavía me despierta tu inminencia
en la causa de mis huesos y tendones,
tu piel abreviada me resume
en el impulso de una delgadez
que me lleva a ser la huella pautada de tu rastro,
la rebeldía ocupando el lugar preciso en la frontera
que me aparta indivisible de tu cuerpo.

Bajo la piel, las fuerzas te concentran
en el perfil demacrado de nosotros,
reconstruyes el cartílago que precisa
la nostalgia de los huesos,
articulas en el tiempo el desarraigo
con el movimiento adverso
que apresura tu regreso para yo volver.

Y al abrir el día tus poros, advierto la falacia
de esa enfermedad a través del deseo recompuesto
con la fiebre expuesta a tu indiscutible cura.

Todavía me alza tu inminencia,
aunque tardes tanto como yo en morir.

La esperanza

A la par que tú, casi el doble de uno de nosotros
si no fuera por las barreras que corren paralelas
a separarnos, con ese tiempo en la guadaña,
con ese verbo entrecortado, con esa fuerza
que me aplasta en la altura que no alcanza
cuando la soledad ordena sus costumbres
y los ojos murmuran la mirada que les falta,
el reverso de esa otra piel que avanza
para quedarse en la doblez de lo imaginario,
en un mundo más de tantos creados,
lejos de la tierra que nos cubre
ahora que la tierra está dormida y sueña.

A la par que tú, existo por aproximación,
interpelo esa forma de existir a la que aludes
como la fragancia de todo
lo que debiera unirnos y no ocurre.

Fuera

A vida descorrida, en este abandono
del suelo húmedo y el aire fragante
de sus hierbas, en este arte de cenefa
y alzapaño de las ventanas con que pinto
los intentos plausibles de acercarme,
a vida bajo techo, concertada,
encubierta de sus males, macilenta,
respiro el polvo que arde
en los costados incendiarios de mis revueltas,
contemplo el tiempo en aureolas de humo
semejante a las victorias de la nada bajo el todo
que me aguanta en tambores hechos
de algo de mí, o en mí, o conmigo;
o qué sé yo, no puedo mirar más lejos
sin verme dentro, en mi avalancha.