Ternario

Tres, eran tres las partes de la fórmula del agua:
el cielo, la tierra, y la unidad de los amantes,
eran tres las flores marchitas, las voces de fantasmas,
el eco de la dicha en el tiempo cavernoso de desdicha,
tres las causas, tres las islas; tres la tormenta,
la destrucción y la calma.

Tres tú, yo, y el amor furtivo que esconde las armas del delito.
Eran tres las partes de la fórmula del agua,
e inagotables las moléculas que separan y unen nuestras vidas.

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Ibídem

Por más que creo consumar mi lejanía
de la polvareda, devolver su escombro
a la firmeza de ese instante preterido
de la existencia, ser con ese impulso
del parto en la entraña,
llaga que hoy estrecha el cerco de mis daños
y en dolor escapo a otra herida postergada,
no veo signo alguno del final
de la melancolía que me arrastra
como un yerbajo de mí calzado,
y más siento que soy el lugar
de todos los lugares, el impertérrito
viaje que resiste la devastación del peregrino
en el camino que no cesa por el cansancio.

En el puente

Has pasado por su vientre,
a destellos de barrotes de metal
por las frías barandillas de la aurora;
has pasado, como un duende
sobre el macizo suelo que acoge
la falsa huella del pedestal
con el que sueñas a deshoras,
por la vía justa, adherida al tiempo
que la estrecha con sus juicios y condenas.

Has pasado inevitable por la garganta
que frecuenta la lucha encarnizada
del delirio y la cruda montaña,
con tus machos y tus hembras,
con tus jueces y bastardos,
removiendo los flagelos con dureza
entre los extremos del bien y del mal
que te endurecen,
has pasado por tu criba como arena
que levanta con el agua
la sombría silueta sobre el puente.

Y no quieres llegar a tus límites;
pero llegas, y te apartas con espanto
de las ávidas lenguas que te nombran
y te devuelven taciturno a la pasarela.

Impedancia

Fuerza, fuerza misma, de donde venga,
de la genuina debilidad
que nos inflige el daño severo
y martiriza nuestra resistencia,
ahí te quiero, fuerza; de ese néctar
que nos vuelve dóciles al dolor
y en dolor arreglamos cuentas
con la decadencia, y avanzamos exigentes
a esa imposible nada de la vida
que baña y limpia nuestra suciedad.

Fuerza de la gravedad que opera
en nuestra masa y aguanta sobre el suelo
la insoportable levedad a la que aspira:
fuerza, inevitable ola que me lleva,
fuerza que me atrae y me repele,
océano crispado que saborea la dulzura
de levantar con saña la herida
hasta la natural idiosincrasia de sus perfecciones.