Muerte de un colibrí

Te oigo a pequeñas briznas de tu boca en el campo,
llegas tras la huella de las nubes en el rostro del cielo
que te vio a mi lado y luego te vio en sus brazos,
te llevo como una fe en el pecho de las aves
que de un extremo a otro surcan tu creciente descaro
al mirarme mientras te miro, al hablarme mientras oigo
tu paso por la hierba de los parques que quedan de tu mano,
en la ciudad que queda de mí como si fuera el esqueleto
de ese otro cuerpo que tumbamos al amarnos.

Te siento como una brisa en mis pulmones
que trae el oxígeno que falta a los desórdenes
de eso que llamas alma porque es capaz de recordarte.

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La eternidad sin significado.

“Siempre” es una palabra que debería estar prohibida:
siempre, y aquí me quedo, destronado del diván
que me sostiene en macilentas fórmulas para expresar,
de alguna manera, la imposible continuidad de los contrarios
habitantes de mis catacumbas, de las nuevas normas y leyes
de un desgobierno espoleado por plebeyos
que contraponen las suyas, y un vacío atronador en la urbe
se impone a la autoridad que represento
cuando cae la noche y ordeno a las calles callar
para siquiera intuir el canto de lejanos grillos,
suspiros demorados, gimoteos con cuerpo de alondra
en desconsolados cuartos de algún motel de carretera,
y entonces la cháchara acude a mis pensamientos,
y nubla con el ruido de sus collares contra el pecho
el cielo absorto, pausado, libre y estrellado
de una sola palabra de la que pende todo lo que siento,
en ese instante, en esa forma de no ser nada más
que una insoportable falta tocando los silbatos en el cruce,
zumbando sirenas de ambulancia y las cuerdas vocales
de borrachos, tunantes, putas o mendigos,
una sola palabra que no llega, que no puede: siempre,
y “siempre” parece ser el mito inalcanzable de un gobierno
que aspira a tener nombre y apellidos, ciudad de origen,
país y documento nacional de identidad en mi silencio,
parece ser otra leyenda que nos contaron
cuando abríamos los ojos como platos sin sonrojarnos,
y siempre, siempre, siempre la creímos.

El año que no pudimos ser

No me digas…, no me digas que el año ya ha pasado…
No me digas que es hora de mudanza en mi reloj,
que debo guardar en cajas el tiempo que murió
y no podré llorarlo porque el año cierra los velatorios,
que tronarán los cielos con lágrimas deportadas
a la repudiada patria de la más profunda noche,
y explotarán en estruendosos gritos de un sordo ser
más oscuro entre palmas, serpentinas e hilaridad,
más extraño, más histriónico y sin esperanza
fuera del mundo escondido en el útero del mundo
que yace bajo amenaza de aborto en el hospital,
y los pacientes harán saltar las flemas, correr la sangre
por suelos artificiales como si de un río se tratara
ya lejos de sus casas, ya fuera de su cauce.

No me digas…, no me digas que el año me lleva
como un proscrito más a sus mudas confesiones,
donde nadie las oye, salvo los que aprendimos
a morir en los brazos de una silenciosa madre:
a callar entre delirios de espontáneas curaciones.

Black Friday

Quién pudiera reflejarse en el agua
y no volver a ser opaco,
quién pudiera refugiarse en la savia
y no volver a ser el hacha
del nuevo día en su nueva rabia.

Quién pudiera sentarse en la hierba
sin morir de pena
por todo el asfalto de su desamor,
quién pudiera ganar el aire
sin comprarlo tan escaso
y no vivir del oxígeno en botellas.

Quién pudiera ser, sin más.

La insidia

Te recorre, te persiste, te destroza,
crees dejarla atrás, repudiada, marginal,
y te das la vuelta apenas unos segundos
para comprobar que es un punto
estorbando la rasante del límite del mal
que no traspasarás desde esa distancia
tan prolongada, interminable entre ambas.

Sí, la insidia que te niega, por un lado,
y por el otro la insidia que te afirma,
ambas separadas por el compromiso
de seguir juntas apartándote.

Quien pensó en el bien y el mal,
no estaba en casa.
Llamaron al timbre y contestó la criada.

La madeja

Te preguntarás qué hago en estas líneas,
qué palabras podrían abarcarte
y llenar el vacío de esta melancolía,
te preguntarás al leer tal presunción
quién al otro lado dice amarte y calla
con la tapa de un féretro en su abertura,
quién abre y cierra con tanta saña
la esperanza de su hermosa ruina
ahora que el atardecer es su palabra,
la mañana y la desdicha en su victoria;
te preguntarás al imaginarme
en esos labios densos que me ignoran,
quién al otro lado te robaría aquel beso
que se llevará a la tumba mientras viva,
porque tú y yo no somos más que versos
derrochando a ambos lados sus crueldades
entre todos los espacios que nos separan.

La piedad

En minúsculas especias, los aromas y sabores,
el dolor y la paciencia, la locura,
en minúsculas especias de uno mismo
parecemos querer, creemos ser,
presumimos tener, notamos el terror
correr como sangre nuestra
por los confines del vacío que nos arroja
al abismo del petulante y profundo
accidente de una vida o de una broma.

En minúsculas especias de nuestro apetito,
en platos de fe, a bocados de inocencia,
flotando en caldosas victorias o espesas derrotas,
caldos de ingenua grandeza, o caldos de miseria
repoblando el mundo en sus mesas
con hambre, con urgencia, con ausencia,
en minúsculas especias de uno mismo
cae el infinito con el sabor de las horas.

Marcapasos

La rabia discurre tras el pulso
lindante con los intentos de amarnos,
la sangre salta con el agua dulce
de recuerdos imaginarios
y nos convierte en soflamas líquidas
derramándose por las comisuras
del tiempo que llora y sonríe
mientras cerramos la boca
con el gesto inmolado de la anemia,
y las montañas hablan de los ríos
que las circundan, hasta ablandarse
con la pureza del manantial que fuimos,
ahora vasto en distancias
que nos señalan y acusan de perjurio.

La rabia discurre por cada latido
que a ti y a mí nos une sin palabras,
vida de otra vida, año de otro año
consumiendo la fuerza del mañana.

La confabulación del rocío

Vienes a mí incontenible, en pequeñas gotas,
dispersa en sobrecogedoras fórmulas
que hienden los fluidos de nocturnas derrotas,
vienes con el tiempo, a esperarte,
corres por mis hojas mientras te escribo
con el tallo alto, firme y verde de la memoria
que juega a ser tu piel despierta en la dormida,
o tus ojos adentrándose en tímidos crepúsculos
de la frase reprimida con la insistencia
de tus cálidos labios en los labios descarnados
de los sueños que no quieren despertarse.

A pesar de la luz que acompaña a tu sonrisa,
vienes a perderme poco a poco, lentamente,
en las lágrimas que armo de mi melancolía,
en las veces que te quiero sin mirarte,
en las horas de mis manos tristes y vacías
que aprendieron a tenerte y a tocarte
así de viva, así de mía, así de limpia;
vienes cuando llega el día y la hora
y todo lo que viene después y no termina,
porque el tiempo no puede pasar sin ti,
ni nada vivo que al morir poco a poco,
día a día, con decirte adiós reviva.

Vienes a mí, incontenible, en pequeñas gotas,
y así deseo amarte para no ahogarme
en ese otro amor de tu oleaje que me hunde
con los viejos navíos que surcaron sus mares.

Valhalla

Putas que arquean sus insinuantes cuerpos
sobre edredones de colores encendidos
y bordados de pretenciosas flores de inocencia,
putas que jadean al compás de violentas embestidas,
sudor que corre por venas ocluidas de rabia,
muñecos y muñecas que saltan de una mano a otra
de la bestia en cuevas de exiguas hogueras,
sombras que se yerguen más densas
y se agachan y se tienden con la luz suficiente
para no golpearse la frente con la leña,
putas que se llevan a la boca el sexo candente,
cerdos que viven como hombres con licencia,
alcohol que agrieta las gargantas secas
y se sirve por barriles en grandes jarras
mientras cantan sin saber lo que suena,
mientras hablan salivando frases sedientas
y comen con el estómago dilatado de ansia,
de putas que se tragan, de putas que se inventan
en las comisuras de sus babas grasientas,
guerras con victorias del filo ensangrentado
de hemorragias en el único interior de sus carteras,
copas que golpean, jarras que levantan
y derraman toda la espuma sobre charcos de ignorancia,
como la calma a la deriva en las olas de una mar crispada,
como el miedo de los perros que se espanta a ladridos,
frustración que aplaude en el fondo del teatro,
culpa que levanta sus herejes crucifijos,
pena que enturbia las aguas que circundan la razón,
pesar que gotea de techos escombrados,
dolor que bebe de su esencia y se revuelve
como ese animal de firmes patas que todo lo patea
y se gusta en la embriaguez de una gran pelea,
y corre por las noches bajo la promesa de una luna
en las lóbregas horas que se sientan con él a la mesa.

Devora sus anhelos y nunca consigue saciarse,
se alimenta de la miseria del hambre
que solloza como un niño entre las piernas del creyente,
y se arma de fe, y resiste en la libido de la debacle.

Y el primero que abrió sus puertas
creó el mundo en que vivimos,
hermoso y nauseabundo en sus argucias.