El surco.

Veo tierra a un lado y a otro,
arena de todas las texturas
y mi mano dentro,
tratando de guardar en un puño
un trocito de mi victoria sobre el hoyo.

Tierra que me rodea, que me cae,
que derramo, tierra que me trago,
arena de mis ojos,
compro tierra con el precio de mi polvo,
soy la tumba abierta, cuerpo de su estrato,
que me pasen las hormigas,
que entre por mi oído el escarabajo
y llegue a mi cerebro el rumor de sus élitros,
veo tierra en mi interior,
barro de mi ánimo,
horas que lleno de lágrimas
y me baño en la humedad
igual que una bacteria en su cultivo,
así de pequeño, así de inmenso,
parte de ese todo que me cerca,
ese todo que me quita el sitio.

Abierto en canal por sus aceras,
pienso en alto, sueño en alto,
pierdo en alto, muero en alto,
y veo tierra, tierra que me pasa,
tierra que me ahoga,
tierra que me cubre,
tierra que me calla para siempre.

El paso fronterizo.

Pienso en el amor,
y el amor se olvida de que pienso.
Creo en la vida
más allá de todo lo que acaba,
y el final ignora mi creencia
como una fina daga
atravesando la pulpa del recuerdo.

Y vuelvo al amor,
que recubre mi cerebro
con su película de cremoso helado
para unos labios secos y agrietados,
y el amor olvida todo lo que temo.

El amor es ese paso estrecho
que tiene sabor, pero mala memoria.

El amor es eso que se lleva y nos desgarra,
y eso que nos trae sin que nadie vuelva.

Alegaciones.

Quién podría alegar en su defensa
que no sabía de lo inhalado
y sin embargo respiraba;
quién podría alegar ante los jueces
que no podía sentir la causa
de sus sentimientos, que estuvo ausente
cada vez que lloraba por algo,
cada vez que removía su platelminto
por las cavidades del enfado,
hasta enroscar el odio en su columna
y disponer encorvado nuevas leyes
de ser ávaro, de ser a la medida de lo suyo.

Vivir obliga. Y no a comer ni a beber,
y no a sudar el gozo en largas veladas
de evasión; vivir obliga a explorar
cada rincón nuestro que formula su pregunta,
a entender cada epístola del universo
que relata su expansión a través de marginales
cuerpos inclinados a la creencia de que el sol
es lo que se toma en la terraza,
o en concurridas playas para matar la palidez,
y las estrellas alfileres de poemas que nos recuerdan
por rara imitación a todo cuanto escapa al infinito,
y la muerte una falacia mientras no nos alcance.

Vivir obliga a entrar en nuestra casa,
o ser ladrones de otras vidas
y que la vida nos juzgue con el rigor de cada muerte.

La explanada.

No queda ningún desecho
sobre el que sentarse
a esperar la primavera,
no queda ninguna roca,
ningún macadán
en el que ahogar toda mi piedra,
y sentarme a esperar
como uno cualquiera
la hora singular de mi pertenencia
a todo lo que espera.

No queda ningún desecho,
todo lo que hay sirve al tiempo
y el tiempo me lleva
como un espasmo de su incertidumbre
a ser un poco más de lo mismo.

Las niñas para siempre.

Aunque os hayan quitado
la vida con la que jugabais,
aunque el monstruo tuviese
la cabeza de vuestro padre,
nacisteis para quedaros,
la memoria es ese túnel
por el que pasa quien os ama,
y veréis sus luces titilar
como una estrella
de vuestros dulces sueños,
y sabréis volver de alguna forma
que no entiendo;
las bestias sólo conocen la muerte,
mientras vosotras,
bien aprendisteis a nacer al tiempo.

A la indestructible memoria de Anna y Olivia