Conclusión

Me puede el alma, aunque niegue su existencia,
me puede el juego de las calamidades en el patio de recreo,
la carrera, el escondite, la malevolencia al acecho
tras los oscuros visillos de la claraboya en lo alto,
la pugna del bien y el mal al calor de sus preceptos,
me puede el arte de seguir vivo en las casillas del tablero
y avanzar con estos dados mientras juego,
noto algo de algún néctar ascendiendo por el espinazo
a la dulce garganta que es dulce por el verbo,
alguna fuerza me sostiene y canta dentro
como cualquier mañana rebosante de pájaros en sus ramas,
y creo en ella igual que sus crías en el nido de mis manos,
igual que bandadas en mis piernas y riberas de mis lágrimas.

Y digo que no existe el alma, ni dios con su mundana eternidad,
ni cualquier otro ardid de la supervivencia de cuanto existe dentro,
siento que nada de eso hace falta porque existo en el trépano
que cada día obtiene la nueva hondura de mi negación liberada,
cada día revela su propio descubrimiento al correr del año
en el interior de mis huesos alargados, porque les puede el alma.

Y entonces digo que existo. Y basta.
Y entonces soy lo que pueden hacer las estrellas con la oscuridad.

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